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Una entrañable hermandad literaria

Por: Alonso Solís

Una entrañable hermandad literaria

Una entrañable hermandad literaria

El cerebro de mi hermano (Seix Barral, 2013) es un magnífico y desgarrador informe literario, nacido de la admiración y el amor profundo de Rafael Pérez Gay (Ciudad de México, 1957) por su hermano, un hombre dotado de una mente privilegiada, capaz de traducir con igual destreza a Elias Canetti, Karl Kraus y Robert Musil que a Hermann Broch y Paul Celan; de recitar de memoria decenas de versos de “Piedra de Sol”, o de escribir vigorosos ensayos sobre el Imperio austrohúngaro, la mente alemana moderna o la lógica del genocidio.

José María Pérez Gay (1943-2013) fue el primer maestro en los estudios humanísticos de su hermano Rafael, a quien le llevaba catorce años. Desde que Rafa era niño, le leyó clásicos hispanoamericanos (como Platero y yo) y lo orientó no sólo literaria, sino políticamente, sobre todo durante la adolescencia del hermano menor, impregnada de marxismo dogmático, teatro comunista y culto al Che Guevara. Eran los años setenta, días de radicalismo político y efervescencia cultural.

“Los setenta —escribe Rafael— conservaban fresca la sangre de la guerra sucia y la memoria herida de 1968; el teatro tenía la obligación de ser revolucionario, concientizar al pueblo y crear al hombre nuevo. Una locura ingenua, desesperada, alegre y desde luego ilegal” (El cerebro de mi hermano, p. 98).

José María gritaba contra los entusiasmos revolucionarios de su hermano. Un día le dijo:

“—O te pones a leer o te dedicas al rebaño, tú eliges —expresó con autoridad y verdadera molestia—. ¿Ya leíste a Alexandr Solzhenitsin?

—Puros inventos imperialistas —le dije desde mis dieciséis años” (p. 99).

Así, pues, Rafael tuvo un taller literario en casa. Aprendió el delicado oficio intelectual viendo a su hermano Pepe leer a Freud, Goethe o Thomas Mann, traducir a Joseph Roth o Franz Kafka, o redactar colaboraciones para La Cultura en México o Unomásuno. Allí estaba, en germen, su propia vocación por las letras y el trabajo editorial.

La relación pronto se hizo de pares y devino una intensa amistad literaria que “cubrió el hueso duro de roer de la competencia o de la envidia” (p. 31). La suya es una de las hermandades más entrañables de las letras mexicanas, comparable a la de William y Henry James, o a la de Manuel y Antonio Machado.

Los hermanos Pérez Gay se complementaban y enriquecían entre sí de forma natural: uno era germanófilo, con estudios de filosofía y sociología por la Universidad Libre de Berlín; el otro, francófilo, egresado de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM; uno era traductor y diplomático, académico profesional y director fundador de Canal 22; el otro, editor, periodista cultural, cronista urbano y experto en literatura mexicana del XIX.

En el 2006, sin embargo, la política los separó. José María se hizo amigo cercano y asesor de Andrés Manuel López Obrador, quien prometió al autor de El imperio perdido (1991) la Secretaría de Relaciones Exteriores. Rafael votó por “Liópez” Obrador, pero sospechaba de sus inclinaciones autoritarias, mesiánicas y antipluralistas.

La renuncia de José María a “su pasado de crítico furioso de la iglesia comunista” (p. 101) y de pensador independiente para entregarse a la política activa y la militancia de izquierda es un misterio. ¿Infatuación con un caudillo? ¿Sed de poder? ¿Deseo de reconocimiento? Acaso José María Pérez Gay añoraba salir del nicho especializado y encumbrarse en intelectual público célebre, a la manera de Monsiváis, Fuentes o Paz. Escribe Rafael en Los años oscuros (Seix Barral, 2026): “desde temprano en la vida supe que hay que domar al ego. (…) Mi padre y mi hermano mayor poseían egos enormes” (p. 219). Y en El cerebro de mi hermano, afirma que José María “[s]obrevaloraba la fama y el prestigio, les daba un valor excesivo” (p. 113).

Cuando el autor de La profecía de la memoria (2011) contrajo una temible enfermedad neurodegenerativa, larga y dolorosa, su hermano se volcó en solidaridad con él: superaron las rencillas políticas y recuperaron las comidas familiares, las lecturas, las conversaciones estimulantes, las risas, los recuerdos de la infancia. Aunque acabó por separarlos, la enfermedad les había dado la oportunidad de reencontrarse durante los últimos años de Pepe.

La lección profunda de El cerebro de mi hermano es que la vida es demasiado breve para vivir enemistados con familiares y amigos. Debemos amar a nuestros seres queridos con todo y sus zonas de penumbra. Escribe Rafael: “No podemos entender todo de las personas que queremos. Las regiones oscuras de quienes amamos dicen tanto o más que los espacios transparentes, luminosos, y conviene que aprendamos a vivir con esas sombras.” (p. 102)

El afecto, segunda lección, no implica renunciar a la crítica de los amigos. Confiesa Rafael: “No entendí y sigo sin entender [que José María] no eligiera su legado en la filosofía y las letras, en su presencia como intelectual crítico sin más compromiso que con su forma de pensar y el ejercicio libre del pensamiento, sino en su militancia lopezobradorista” (p. 102).

José María Pérez Gay tuvo la audacia de perseguir su destino a los veintiún años y autoexiliarse en Alemania durante más de una década para convertirse en el gran germanista de la inteligencia mexicana. Ese joven estudiante en Berlín, concluye Rafael Pérez Gay, “encontr[ó] en el humanismo una razón de ser y en la literatura una realización profunda de su alma. La ilustración kantiana fue siempre su escudo de combate: el hombre libre por el don de la razón.” (p. 139)
 

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