Miércoles, 01 de Abril 2026

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¿Quién responde por el fracaso mexicano en el Clásico Mundial de Beisbol?

Por: Salvador Cosío Gaona

¿Quién responde por el fracaso mexicano en el Clásico Mundial de Beisbol?

¿Quién responde por el fracaso mexicano en el Clásico Mundial de Beisbol?

El diagnóstico está hecho. México falló en el Clásico Mundial de Beisbol 2026 no por falta de talento, sino por falta de estructura, de planeación y de decisiones adecuadas en la construcción del equipo. La pregunta ya no es qué pasó. La pregunta es otra: ¿quién responde por lo que ocurrió y, sobre todo, quién va a corregirlo?

El problema no está únicamente en el terreno. Está en la forma en que se toman —o no se toman— las decisiones. El beisbol mexicano no carece de jugadores; carece de un sistema claro de mando y de responsabilidad. Y eso termina reflejándose en todo.

México enfrenta una realidad que pocas veces se analiza con claridad: no existe un sistema verdaderamente integrado de béisbol profesional. Por un lado está la Liga Mexicana de Beisbol, con reconocimiento de Major League Baseball y Minor League Baseball, pero que, debido a la coincidencia de calendarios con MLB, combina dos dinámicas: peloteros veteranos en etapa de salida o con escasas posibilidades de regresar al máximo nivel, y jóvenes en proceso de desarrollo que buscan abrirse camino, aunque con pocas figuras consolidadas de alto impacto.

Es, además, una liga dispareja, con algunos equipos fuertes —como Charros de Jalisco, Diablos Rojos del México, Sultanes de Monterrey y Toros de Tijuana— y otros que compiten como pueden. Tiene reconocimiento institucional, pero no necesariamente representa el mayor nivel competitivo real.

Por otro lado está la Liga Mexicana del Pacífico, una competencia más corta, más cerrada y con mayor nivel beisbolero, donde participan peloteros en mejor momento competitivo y equipos más sólidos, además de ser la que representa a México en la Serie del Caribe. 

Ahí aparecen organizaciones como Charros de Jalisco, Tomateros de Culiacán, Naranjeros de Hermosillo, Venados de Mazatlán y Yaquis de Ciudad Obregón. Es, en términos deportivos, la liga más fuerte del país, pero no es la que pesa en la estructura de decisiones. Y ahí está una de las fracturas de fondo: México tiene dos ligas importantes, pero no tiene un sistema unificado.

A este escenario se suma un factor crítico: la falta de gestión para integrar talento. Peloteros que podían haber estado, no estuvieron. En posición, nombres como Alex Verdugo, Luis Urías, Ramón Urías, Isaac Paredes, Austin Barnes, Alan Trejo, Marcelo Mayer y César Salazar. 

Es cierto que México contó con jugadores sólidos como Randy Arozarena, Rowdy Téllez, Alejandro Kirk, Jarren Durán y Jonathan Aranda, quienes aportaron capacidad ofensiva y momentos de competencia real. Sin embargo, no fue suficiente. En este nivel no basta con tener buenos jugadores; se requiere profundidad, variantes y equilibrio en todo el lineup, y ahí México quedó corto.

En el pitcheo, la lista de ausencias resulta aún más reveladora: Vicente Belloso, Cody Ponce, Patrick Sandoval, Jorge Romero, José Urquidy, Anthony Banda, Giovanny Gallegos, Luis Cessa, Omar Cruz, Manuel Rodríguez, Jeremiah Estrada y Roberto Osuna. No es una lista menor; es evidencia de un problema estructural. Porque ese es el punto central: México no solo tuvo un problema de pitcheo, tuvo un problema de construcción del pitcheo. Y lo más delicado es que se sabía desde antes del torneo. 

El equipo llegaba con Javier Assad como el único brazo con perfil de as, Taijuan Walker como una opción sólida pero no dominante en este contexto, y Manny Barreda como un pitcher cumplidor, aunque ya en una etapa distinta de su carrera. A partir de ahí, poco más: un bullpen sin profundidad real y un staff sin capacidad para sostener juegos ante potencias.

México podía competir ofensivamente, pero no podía sostener los partidos, y eso terminó por definir su destino.

El manejo también debe formar parte del análisis. Benjamín Gil es un manager con carácter, experiencia y conocimiento del grupo, pero es evidente que hubo errores en el manejo del staff de pitcheo y en la toma de decisiones en momentos clave, particularmente en situaciones que terminaron por costar oportunidades ofensivas o por no saber administrar ventajas o limitar daños. 

En torneos cortos, esas decisiones son determinantes. Por ello, resulta inevitable cuestionar si el manager decidió el roster o simplemente administró lo que le fue entregado, y si en el terreno ejecutó correctamente en los momentos críticos. Si tuvo margen de decisión, hay responsabilidad directa; si no lo tuvo, el problema es aún mayor. 

En cualquier caso, se impone la necesidad de evaluar seriamente su continuidad, no desde la reacción inmediata, sino desde la exigencia de resultados y de manejo competitivo al más alto nivel.

Pero el fondo del problema va más allá del dugout. Hoy, la integración de la selección nacional involucra a la Federación Mexicana de Beisbol, a las ligas, al cuerpo técnico y a diversos factores externos, pero sin una línea clara de mando. Y cuando no hay claridad, no hay responsabilidad.

Tampoco puede ignorarse el antecedente reciente. La llamada oficina presidencial del beisbol, encabezada por Edgar González, no logró consolidar un modelo funcional. Dejó dispersión, falta de continuidad y ausencia de estructura. Esa falta de rumbo sigue pesando.

Y ahí está el punto más delicado: cuando todos deciden, nadie responde.

México no necesita descubrir talento; lo tiene. Lo que necesita es decidir mejor, definir quién construye el roster, quién toma las decisiones finales, quién gestiona a los jugadores y, sobre todo, quién responde por los resultados.

Porque el problema ya no es técnico. Es estructural.

Y por eso, la pregunta final no es incómoda, es inevitable:
¿México tiene hoy la capacidad —y, sobre todo, la voluntad— de ordenar su béisbol y asumir la responsabilidad de hacerlo bien?

@salvadorcosio1
bambinazos61@gmail.com
 

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