Miércoles, 16 de Septiembre 2026

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PISA: recuperar la lectura, recuperar nuestra libertad

Por: Ricardo Villanueva

PISA: recuperar la lectura, recuperar nuestra libertad

PISA: recuperar la lectura, recuperar nuestra libertad

Los resultados de PISA 2025 encendieron las alarmas en todo el mundo. Entre 2018 y 2025, el desempeño en lectura disminuyó 25 puntos en los países de la OCDE con datos comparables. No se trata de la caída aislada de dos o tres países. El retroceso atraviesa regiones con distintas culturas, niveles de desarrollo y sistemas educativos.

La magnitud del fenómeno obliga a mirar más allá de las explicaciones locales. Algo está cambiando en la manera en que toda una generación se relaciona con la lectura, el conocimiento y la dificultad de aprender. Son jóvenes que crecieron en distintas partes del planeta, pero dentro de un mismo ecosistema digital.

La primera conclusión podría ser que están aprendiendo menos o que las escuelas ya no consiguen enseñarles a comprender lo que leen. Sin embargo, entre las miles de páginas del informe aparece un dato que ayuda a entender mejor lo que está ocurriendo.

PISA no sólo registra si una respuesta es correcta o incorrecta. También mide cuánto tarda cada estudiante en contestar. Así identifica a quienes responden mal y con tanta rapidez que difícilmente alcanzaron a leer y procesar el texto completo. El informe los llama hasty readers: lectores apresurados.

En 2018 representaban 6.6% de los estudiantes evaluados. En 2025 llegaron a 11.4%. En apenas siete años, casi se duplicaron.

La caída en lectura, entonces, no sólo habla de lo que los jóvenes saben. También revela algo sobre cómo están leyendo. Una generación acostumbrada a responder, reaccionar y pasar a lo siguiente encuentra cada vez más difícil concederse el tiempo necesario para comprender, para reflexionar.

No es un fenómeno exclusivamente escolar. Rose Horowitch advirtió recientemente en “The Atlantic” sobre la llegada de una posible “era poslectora”: una sociedad en la que leer deja de ocupar el lugar central que tuvo durante siglos para conocer y comprender el mundo. La preocupación va mucho más allá de los libros. La lectura profunda no sólo transmite información: entrena la concentración, permite seguir argumentos complejos y expande la imaginación. Perderla sería perder también una manera de pensar.

Sería fácil responsabilizar a los jóvenes, como si se tratara simplemente de falta de interés o disciplina. Pero los adultos construimos el entorno en el que hoy aprenden.

Durante los últimos años pusimos en sus manos dispositivos extraordinarios, capaces de darles acceso inmediato a una cantidad de conocimiento que ninguna generación anterior tuvo disponible. Al mismo tiempo, los conectamos con plataformas diseñadas para mantenerlos frente a la pantalla el mayor tiempo posible.

Sus algoritmos aprenden qué nos emociona, qué nos indigna y qué consigue que deslicemos el dedo una vez más. Buena parte de su negocio depende de capturar nuestro tiempo. Y cada vez lo hacen mejor. La batalla es profundamente desigual.

PISA no demuestra que las redes sociales sean la causa directa de la caída en lectura. Afirmarlo sería irresponsable. Pero el informe ofrece señales que no podemos ignorar. Las mayores dificultades aparecen ante textos largos y tareas que exigen relacionar, evaluar y reflexionar sobre la información. Sólo 60% de los estudiantes afirma que hace un esfuerzo adicional cuando una actividad se vuelve difícil.

La distracción también entró a las aulas. En los países de la OCDE, 28% de los jóvenes dice que sus compañeros se distraen con dispositivos digitales durante la mayoría o la totalidad de sus clases de ciencias. En México, la proporción alcanza 37 por ciento.

No estamos únicamente ante un problema de comprensión lectora. Enfrentamos una dificultad creciente para sostener la atención, tolerar la frustración y permanecer frente a una tarea cuando la respuesta no aparece de inmediato. Por eso no basta con pedirles a los estudiantes que guarden el teléfono y se concentren. La concentración no se ordena: es un hábito que se desarrolla con la práctica.

La escuela necesita recuperar el tiempo para leer sin prisa. Para conversar sobre un texto. Para sostener una idea. Para equivocarse y volver atrás. También debemos revisar qué evaluamos. Si solamente premiamos la rapidez para encontrar una respuesta, podemos terminar reforzando el mismo comportamiento que ahora nos preocupa.

Enseñar a leer significa mucho más que reconocer palabras o localizar información. Implica aprender a distinguir una fuente confiable, relacionar argumentos, imaginar otros mundos y resistir la urgencia de reaccionar ante el primer estímulo. Significa descubrir que algunas ideas sólo se revelan después de una segunda lectura.

Ésta no es una discusión contra la tecnología. Sería absurdo renunciar a las herramientas digitales y a las oportunidades educativas que ofrecen. El desafío consiste en aprender a utilizarlas sin entregarles por completo nuestra atención.

Para conseguirlo necesitamos formar a las y los docentes para trabajar en este nuevo entorno, promover hábitos digitales saludables y devolverle a la lectura profunda un lugar central en la educación. No podemos dejar esta responsabilidad únicamente en las familias, ni esperar que cada estudiante resuelva por sí solo una disputa desigual contra plataformas creadas para capturar su atención.

Los resultados de PISA deberían llevarnos a una pregunta muy concreta: ¿cómo hacemos para que una alumna o un alumno no abandone un texto antes de haberlo comprendido?

Parte de la respuesta está en volver a enseñar algo que parecía obvio: no todo tiene que ocurrir de inmediato. Hay ideas que exigen tiempo. Preguntas que no se resuelven con el primer impulso. Historias que sólo cobran vida cuando somos capaces de detenernos e imaginarlas. En una época que nos empuja a pasar de largo, detenerse a leer también es una forma de recuperar nuestra libertad.

x:@rvillanueval

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