“El dinero no da la felicidad”. En muchas ocasiones hemos escuchado esa frase e intentamos replicarla en nuestra mente para convencernos de que hay algo más que solo dinero. Sin embargo, en las últimas décadas la creciente crisis económica y la inestabilidad laboral han hecho que esta frase pierda sentido. Nos encontramos en un tiempo donde incluso nuestros vínculos afectivos están atravesados por condiciones económicas.El dinero ha modificado nuestra forma de relacionarnos, comunicarnos y hasta percibir al otro. La privatización de los lugares públicos, la vida social sostenida en constantes gastos y la necesidad de mantener un cuerpo saludable, entre otras cosas, han hecho que el dinero sea la parte central en la experiencia del humano contemporáneo. Una investigación reciente, publicada en la revista “Innovation in Aging” y difundida por “The Washington Post”, encontró que la exposición prolongada a dificultades económicas y al estrés financiero se relaciona con un peor desempeño en pruebas de memoria y velocidad de procesamiento, así como con un mayor deterioro cerebral durante la adultez. No se trata únicamente de no poder costear una vida digna y saludable. La preocupación constante por llegar a fin de mes o garantizar el alimento diario también implica vivir bajo una presión permanente. La falta de dinero produce carencias materiales y una carga mental constante, lo que lleva a sobrevivir para dejar de vivir. Pese a ello, se sigue repitiendo “el pobre es pobre porque quiere”, como si la pobreza fuera únicamente el resultado de decisiones individuales. Esa idea ignora una serie de elementos contextuales, como la precariedad de la oferta laboral y una estructura del sistema que perpetúa la desigualdad, condicionando la forma en que las personas piensan, planean y toman decisiones. Cuando existe un contexto donde sobrevivir al día a día ocupa la mayor parte de la energía mental, salir de la pobreza deja de depender exclusivamente del esfuerzo personal.El problema es que la lógica neoliberal no solo hizo del dinero una herramienta necesaria para vivir, sino una condición para sentir que estamos viviendo bien: medimos el éxito, el bienestar y la felicidad a partir de nuestra capacidad económica. No es casual que, bajo esa lógica, el éxito económico se interprete como un mérito exclusivamente individual y la pobreza como un fracaso personal.El dinero puede ofrecer estabilidad, acceso a la salud, tiempo con tus seres queridos y tranquilidad propia respecto al porvenir. Quizá el debate no radica en si el dinero da o no la felicidad. Lo alarmante es haber reducido la felicidad a la capacidad de consumir y el valor de las personas al tamaño de sus cuentas bancarias. Mientras sigamos capitalizando cada aspecto de nuestra vida, el dinero continuará apareciendo como la condición necesaria para alcanzar pequeños momentos de bienestar y felicidad.