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Norteamérica cambió: México debe decidir su lugar

Por: Luis Ernesto Salomón

Norteamérica cambió: México debe decidir su lugar

Norteamérica cambió: México debe decidir su lugar

El Tratado de Libre Comercio marcó una época en América del Norte. Su espíritu original fue claro: abrir mercados, multiplicar intercambios y convertir a México, Estados Unidos y Canadá en una de las regiones económicas más dinámicas del mundo. Aquella visión confiaba en que la expansión comercial traería crecimiento, inversión, empleo y modernización productiva. Y sucedió. Más de tres décadas después, ese mundo cambió.

El anuncio de Estados Unidos de llevar la revisión del acuerdo comercial con México y Canadá a un ciclo anual no debe leerse únicamente como una presión bilateral, ni como una disputa técnica sobre reglas de origen, déficits o aranceles. Es parte de algo mucho mayor: Estados Unidos está cambiando las reglas del comercio global.

Durante décadas, el mundo funcionó bajo una idea dominante: abrir mercados, multiplicar cadenas productivas, reducir costos y confiar en que la globalización ordenaría por sí misma los beneficios. Ese ciclo terminó. Hoy el comercio ya no se entiende separado de la seguridad. La industria ya no se piensa separada de la geopolítica. Y los tratados comerciales ya no son solamente instrumentos de intercambio: son herramientas de poder.

Por eso la revisión anual del T-MEC no puede verse como un episodio aislado. Forma parte de la nueva estrategia estadounidense para recuperar capacidad industrial, reducir vulnerabilidades externas y asegurar que los beneficios de sus acuerdos se concentren dentro de su esfera estratégica. América del Norte deja de ser sólo una zona comercial. Se vuelve una plataforma de seguridad económica frente al resto del mundo.

Jamieson Greer lo había adelantado con claridad en enero, en su discurso de Davos. Su intervención no fue un simple mensaje político. Fue una declaración doctrinal. Al reivindicar a Alexander Hamilton y al viejo Sistema Americano, Greer presentó una lectura histórica distinta de Estados Unidos: la de una potencia que construyó su grandeza mediante aranceles, industria, infraestructura, mercado interno y acuerdos favorables a su propio desarrollo. Su argumento de fondo fue contundente: Washington considera que la hiperglobalización debilitó su base productiva y que ha llegado el momento de corregir el rumbo.

Esa visión explica mucho de lo que viene. Estados Unidos quiere cadenas de suministro más cercanas, más verificables y menos dependientes de China. Quiere reglas de origen más estrictas. Quiere cerrar espacios a triangulaciones comerciales. Quiere que las empresas que aprovechan el mercado norteamericano produzcan realmente dentro de la región. Quiere vincular comercio, frontera, energía, seguridad y manufactura en una sola conversación. El T-MEC está siendo evaluado bajo esa nueva lógica.

Para México, el momento es exigente, pero también extraordinario. Nuestro país tiene una posición que pocos pueden igualar: frontera con el mayor mercado del mundo, experiencia exportadora, una base manufacturera robusta, tratados comerciales, talento joven, regiones industriales consolidadas, corredores logísticos y una ubicación que la rivalidad entre China y Estados Unidos vuelve cada vez más valiosa. Lo que antes llamábamos ventaja geográfica hoy puede convertirse en ventaja estratégica.

Pero ninguna oportunidad se aprovecha sola. México tiene el reto de entender el tamaño del cambio y actuar en consecuencia. La seguridad debe ocupar un lugar central en esa agenda.

Durante mucho tiempo fue tratada como un tema separado del comercio. Ya no lo es. Una cadena productiva no puede ser plenamente competitiva si depende de carreteras inseguras, aduanas vulnerables, extorsión, robo de carga o territorios donde la autoridad pública no tiene presencia suficiente. Para atraer inversión no basta ofrecer costos laborales competitivos. También se requiere Estado de derecho, infraestructura confiable, suministro energético, estabilidad regulatoria y capacidad real para proteger personas, mercancías e instalaciones.

Ahí está una de las claves del nuevo ciclo. México tiene el desafío de llegar a la revisión del T-MEC con una propuesta de país. Una propuesta que diga con claridad qué papel quiere jugar en América del Norte: no como simple plataforma de ensamble, sino como socio indispensable para la reconstrucción industrial de la región. No como territorio de paso, sino como potencia manufacturera, logística, energética y tecnológica.

Esto exige un nuevo entendimiento entre sectores. Gobierno, empresas, trabajadores, universidades, estados y municipios deben leer el mismo mapa. Si cada quien interpreta el momento desde su interés inmediato, México perderá fuerza. Si logramos articular una visión común, la presión puede convertirse en oportunidad.

El error sería pensar que Estados Unidos sólo está improvisando, que todo depende de un solo hombre o que las cosas cambiarán automáticamente cuando haya un nuevo presidente allá. Hay discurso, doctrina e intereses detrás de sus decisiones. La política comercial estadounidense está girando hacia una idea antigua con instrumentos nuevos: proteger su base industrial, asegurar sus cadenas productivas y usar su mercado como palanca de negociación. México debe responder con inteligencia, no con reflejos.

El T-MEC entró en otra edad. Pertenece ahora a un mundo económico y geopolítico más duro, más regionalizado y más estratégico. México debe entender el alcance del cambio y replantear con claridad su papel en la región. El tratado nos colocó en una posición central; mantenerla dependerá de nuestra capacidad para convertir ubicación en industria, comercio en seguridad y oportunidad en proyecto nacional.

La pregunta de fondo ya no es sólo comercial. Es estratégica: ¿queremos estar en el centro o en la periferia de la nueva Norteamérica?

luisernestosalomon@gmail.com

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