Domingo, 22 de Febrero 2026

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Los remedios caseros

Por: Abel Campirano

Los remedios caseros

Los remedios caseros

Vuelvo al tema de la salud. No hace mucho, en estas páginas de EL INFORMADOR, compartí con ustedes algunos recuerdos de los médicos de antaño y también le di una repasadita a las boticas y farmacias.

Ahora les hablaré de algunos remedios.

Para entrar al tema, recordarán que hace años Salubridad, como se le conocía, llevó a cabo intensas campañas de vacunación para erradicar epidemias como el sarampión, el paludismo, la fiebre aftosa y la poliomielitis. Hoy regresó el sarampión y nos tiene a mal traer. Espero que no regrese la polio. Sería el acabose.

Bueno, pues corría el año de 1961 o 1962, no recuerdo con precisión, y a mi escuela llegaron “las de Salubridad”. Mi mamá ya me lo había advertido: van a ir los de Salubridad y no te va a doler ni te asustes, “es solo un pellizquito” y te va a proteger toda la vida. Y tuvo razón.

Los remedios de nuestras mamás eran infalibles y fueron transmitidos de generación en generación. Vamos recordando algunos. Para aminorar las molestias de la comezón cuando el sarampión hacía de las suyas, nada mejor que poner maizena Duryea y almidón, como un talco; era más llevadero el terrible prurito, porque teníamos prohibido rascarnos, ya que podríamos quedar con cicatrices permanentes o infectarnos.

Para aliviar el cansancio de los ojos, rodajas de pepino en los párpados. Hoy muchas personas hacen lo mismo, pero con bolsitas de té de manzanilla. Dolores intensos de las muelas, incluyendo la del juicio, nada mejor que clavo de olor: “Llantén en el cachete, se acaba el dolorete”, decían, y es que la hoja de esta planta, que se escribe con “ele” y no con “elle”, es un analgésico natural igual que el clavo de olor.

Ahora que les hablaba de la maizena y el almidón, había un bebedizo utilísimo para la resaca y la diarrea, y para regular el tránsito: agua de limón con poquita azúcar, una cucharadita de almidón y un poco de vino tinto, dos o tres hielitos, y listo. Efecto rápido y totalmente eficaz.

Para los dolores de estómago también había remedios: cocimiento de estafiate o yerbabuena con un poquito de azúcar o miel, y adiós al dolor. También se utilizaba el boldo y la ruda, y por supuesto la Prodigiosa (Brikellia cavanillesii), muy buena para la bilis, dolor de hígado y hasta para la amibiasis.

Con todo el respeto que me merecen los profesionales de la medicina, tanto alópata como homeópata, las medicinas alternativas, holística y demás, fíjese que los remedios eran y siguen siendo una medicina natural muy eficaz, claro en algunos casos donde no se trata de patologías severas, pero eran parte de los conocimientos transmitidos de generación en generación, fruto de años de experiencia de nuestras abuelas, y eran completamente seguros y debidamente probados.

No sé si recuerden los antiguos de la comarca las lavativas, las ventosas, o cuando se nos introducía agua en conductos auditivos; nos colocaban un cucurucho de papel en el oído, le prendían fuego, obviamente con los cuidados necesarios, y en unos cuantos instantes, antes de que nos llegara la lumbre a los aparejos, santo remedio.

Antaño también se usaban las sangrías. ¿Ustedes las recuerdan? No, no se trata ni de la bebida española ni de la Sangría Señorial, sino de un remedio para mejorar la circulación, las várices y evitar embolias o trombosis.

Las sangrías consistían en colocar sanguijuelas en brazos y piernas, estar en reposo y dejar que estos animalitos de apariencia repugnante, alimentados de nuestra sangre, mejoraran nuestra salud. Los jóvenes que me leen seguramente abrieron los ojos, subieron sus cejas y no me creyeron, pero así era.

Cuando los golpes provocados por caídas nos dejaban un ojo morado o un chipote, no había nada mejor que la “madre de vinagre” producida a través de la piña fermentada o el clásico bistec, que “chupaba la sangre olida”, aliviaba el dolor y no dejaba huella.

Alguien se preguntará: ¿no había médicos, farmacias o boticas antes? Sí, claro que las había y muy surtidas; aún existen. Pero nuestras mamás tenían remedios para casi todo, y solo cuando no había más remedio, se iba al médico.

Las anginas se desinflamaban con gargarismos de carbonato con sal y limón, y si no eran la solución, mi mamá usaba los toques de colubiazol, un anestésico bucofaríngeo. Lo aplicaba envolviendo el dedo índice con algodón, introduciéndolo en mi boca y tocando la garganta; era una sensación desagradable que casi provocaba vómito, pero funcionaba.

Para resfriados, faringitis y laringitis, se ponían cataplasmas de mostaza con jitomate caliente en planta de los pies, y en pecho y espalda se colocaba un parche poroso calentado con velita; poco a poco el parche se hacía pequeño conforme uno mejoraba.

¿Quemaduras? También había remedio: frotarse rebanadas de cebolla de inmediato en la zona afectada, o batir un huevo y aplicar clara y yema en fomentos; no se formaban ampollas y aliviaba el ardor, tan eficaz como el descontinuado Picrato de Butesin.

Como siempre, me queda poco espacio, pero prometo seguir con el tema en otra ocasión. Mientras tanto, gracias por la lectura; ojalá les haya agradado. Aquí, en EL INFORMADOR, nos encontraremos el próximo domingo con cafecito y bisquets bien doraditos con mantequilla y mermelada. ¿Se les antojan?

lcampirano@yahoo.com

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