Viernes, 10 de Julio 2026

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Licencia para ser papá

Por: Héctor Romero González

Licencia para ser papá

Licencia para ser papá

Hace cinco meses viví uno de los momentos más lindos de mi vida. Supe que mi futura hija venía en camino. Escuchar su corazón detonó una reacción química en mi cuerpo que me desarmó y, poco a poco, nos hemos preparado para su llegada y lo que eso significa para mi familia.

Honestamente, antes de esto nunca había pensado en las licencias de paternidad, ni en cómo estas pueden afectar una dinámica de un hogar.

Sin embargo, mientras más se acerca la llegada de mi hija, más aprendo sobre la realidad de los nacimientos y las paternidades en nuestro país.

México tiene una de las tasas de cesárea más altas del mundo (casi el 50% de los partos); dos de cada diez mujeres pueden enfrentar depresión posparto y muchas más experimentan el llamado “baby blues”; y los primeros días en casa exigen atención constante, sobre todo en la lactancia.

Por eso las licencias laborales a los padres son fundamentales, ya que permiten corresponsabilizarse con la pareja en ese proceso que para ellas es física y psicológicamente más complejo.

Existe una diferencia frente a la licencia de maternidad que, en principio, es comprensible, pero no en esa proporción. La Ley Federal del Trabajo da a los padres apenas cinco días con goce de sueldo, pagados enteramente por el empleador, tras el nacimiento o adopción de un hijo. Las madres, en cambio, tienen derecho a 12 semanas (84 días) financiadas por la seguridad social.

Le pregunté a mi papá cuántos días tomó de licencia cuando yo nací. Su respuesta fue: “fui al parto, estuve un día con tu mamá y regresé a la oficina”. No lo culpo. Nuestra cultura no lo acepta, y menos en la época en que él se convirtió en papá.

Y, a pesar de estas limitaciones legales, un estudio de ManpowerGroup señala que solo uno de cada cuatro hombres busca contar con licencia de paternidad en su trabajo. ¿A qué se debe esto, si es un derecho que nos permite cuidar a nuestra pareja y a nuestro bebé? La respuesta es sencilla: estigma.

Nos educaron para ser proveedores, y frente a una nueva boca que alimentar, sentimos vértigo económico. De ahí nace la urgencia de estabilidad laboral y, con ella, la certeza, probablemente acertada, de que pedir la licencia incomodará al jefe, sobre todo porque es el empleador quien debe cubrir ese salario.

Hace casi tres años, la Cámara de Diputados aprobó una reforma para llevar la licencia de paternidad a 20 días con goce de sueldo, y hasta 30 en caso de complicaciones. Pero la propuesta conserva un defecto de origen: obliga al empleador a soportar el costo de la ampliación.

Mientras esa parte no se resuelva, la reforma seguirá enfrentando resistencias y durmiendo el sueño de los justos en el Senado.

Por eso, seguir discutiendo solo los días, y no quién los paga, es discutir apenas la mitad del problema. El IMCO diagnosticó recientemente este vacío y propuso trasladar el costo a un esquema tripartita entre empresas, trabajadores y Estado; ampliar el periodo a 15 días; e, idealmente, transitar hacia una licencia parental que combine derechos individuales con una bolsa de tiempo compartida para el hogar.

Mientras no se analice el esquema de financiamiento y mantengamos la carga sobre el empresario, seguiremos legislando un derecho que el estigma y el bolsillo se encargarán de que nadie ejerza.

Faltan pocas semanas para que mi hija llegue. Tengo la fortuna de saber que mi equipo me apoyará para equilibrar mi profesión con mi nueva responsabilidad. Pero un derecho no debería depender de la comprensión de un jefe ni de la posición laboral de cada padre. Los papás no deberían tener que elegir entre estar presentes en casa y conservar su lugar en el trabajo.

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