Domingo, 09 de Agosto 2026

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Las nieves de Guadalajara

Por: Abel Campirano

Las nieves de Guadalajara

Las nieves de Guadalajara

Los lectores asiduos a esta columna compartirán conmigo el recuerdo de los antiguos expendios de hielo que se localizaban en sitios que por años fueron objeto de visita recurrente y fueron puntos de referencia en los vecindarios.

Eran unos enormes cajones de madera, en donde se almacenaban grandes bloques de hielo y estaban en plena calle en un lugar con sombra, a donde se acudía a comprarlos para poder almacenar los alimentos y bebidas en tiempos en que los refrigeradores eran un verdadero lujo y no estaban al alcance de cualquier bolsillo, como pasó también con los boilers de gas y en su época con las televisiones cuyos precios eran prohibitivos para la mayoría de la población.

Esos bloques de hielo se ponían en las estructuras metálicas que estaban en las tienditas, donde se ponían a enfriar los refrescos y las cervezas; una vez colocado en su interior, se hacía uso del picahielo para desbaratarlo y entreverados estaban los cascos (envases) de las bebidas y se conservaban frías aun cuando el hielo se desrritiese debido al enfriamiento del agua.

Los depósitos se drenaban, se aprovechaba el agua para regar plantas y jardines y se volvía a colocar un nuevo bloque de hielo para completar el ciclo, todo esto antes de que las condiciones económicas permitiesen la refrigeración y algo similar ocurría en las casas que tenían en un lugar fresco una estructura de madera para los mismos propósitos, y donde se podían conservar por más tiempo los alimentos.

La invención del refrigerador no obedece a una sola persona pues surgió y se perfeccionó con el paso del tiempo. La enciclopedia nos dice que fue William Cullen, profesor y médico escocés, el primero en inventar la refrigeración artificial en 1748, partiendo de la base de que la rápida evaporación de un líquido en gas tiene un efecto refrigerante.

A lo largo del siglo XIX se siguieron los pasos del escocés y un científico aleman, llamado Carl von Linde desarrolló un método revolucionario para licuar gases a finales del siglo XIX, y Jacob Perkins en Estados Unidos creó el primer dispositivo de compresión de vapor en 1834.

El estadounidense Fred W. Wolf construyó en 1913 el primer refrigerador eléctrico doméstico, que consistía en una unidad de refrigeración sobre una nevera y William C. Durant presentó el primer refrigerador doméstico con compresor autónomo en 1918, con lo que se inició la producción en serie de refrigeradores domésticos que vinieron a cobrar impulso con el uso del Freón 12, un gas menos tóxico que incluso permitió poco a poco reducir el precio de venta de los refrigeradores.

Sin embargo el uso generalizado en las casas y las industrias no se dio sino hasta varias décadas después. Por eso no deberá causar asombro que comentara que muchos de nosotros íbamos a comprar el hielo a los expendios.

Dejando de lado la historia de los frigoríficos, hablando de cosas heladas y particularmente de las nieves, quiero decirles que muy populares en nuestra ciudad han sido las nieves raspadas y las nieves de garrafa.

Quién no ha disfrutado de un vasito lleno de hielo finamente picado y bañado con almíbar de nuestra fruta predilecta; en la Guadalajara de los calorones nada mejor para calmar la sed y mitigar el calor que una nieve raspada que hasta entume la lengua pero qué rico nos sabe.

¡Y las nieves de garrafa! Una brillante idea que consiste en colocar una estructura metálica, rodearla de hielo, ponerle una buena dosis de sal de grano y otra de fuerza muscular para darle vuelta y vuelta en su interior a la mezcla de frutas licuadas con agua y azúcar hasta obtener una consistencia cremosa.

Los paisanos que viven en otros lares, cuando vuelven al terruño incluyen en su visita una ida a la nieve, sobre todo a las nieves del Parque Morelos, de gran tradición.

Cuenta la historia que a inicios del siglo XX, por allá en 1913, una señora llamada Dolores Vázquez Sánchez conocida como “La Tía Lola” fue la pionera en tener un puesto de nieve raspada en una de las banquetas de lo que en ese entonces era “La Alameda” y hoy conocemos como el parque Morelos.

Cuántas generaciones de tapatíos hemos disfrutado de esa delicia que es la nieve raspada, o la nieve de garrafa o los famosos “helados de cohetito” de los que ya les he platicado antes en estas mismas páginas, que el heladero lleva en su carrito de mano y se encuentran entre hielo picado en un barril de madera, y cuidadosamente, previo remojón en una cubeta con agua, les extrae la parte inferior para colocar en ella un arillo de papel para sujetarlo, luego lo vuelve a introducir y con maestría saca la parte de arriba, y a disfrutar ese helado de nuez o de vainilla con ate.

En nuestra ciudad por todos los rumbos encontramos neverías; ustedes las conocen y algunas son dignas de mención porque nos traen muchos recuerdos y porque ya no están con nosotros como las famosas Danesa 33, o las nieves de Don Adolf H. Horn “Helados Bing” que les puso así en honor a su esposa, la señora Lina Bingham, y que por mucho tiempo fueron los predilectos de los tapatíos porque además los lugares donde estaban eran puntos de encuentro de familias y de amigos.

Las nieves de leche son ricas, pero creo que para tiempos de calor las de agua son más demandadas sobre todo por lo fresco y abundante de sus sabores, pues hay de jamaica, piña, mango, tamarindo, arrayán, fresa, guayaba, coco, mamey y hasta de pepino. Algunas neverías elaboran recetas únicas como la nieve de tequila y rompope.

Como ya decía párrafos atrás, la nieve de garrafa tiene un proceso artesanal; requiere paciencia y destreza, se mezcla y se bate a mano, logrando una textura suave y un sabor más intenso.

Hasta la fecha, las nieves ocupan un sitio especial en nuestro corazón; ¿quién no recuerda las que vendían en los carritos de paletas y nieve a la hora de salida de la escuela?

Las neverías desempeñan un papel distinguido en la vida social y familiar de la ciudad; son espacios de convivencia, donde se celebran cumpleaños, reuniones familiares; forman parte del paisaje urbano, la historia viva y la memoria colectiva de Guadalajara.

Las neverías son guardianas de la historia, tradición y cultura de nuestra ciudad. Conservemos esa herencia. Alguien me dijo, a propósito del tema y con mucha razón, que en cada cucharada de nieve se saborea un pedacito de Guadalajara.

Quihubo, ¿nos vamos por una nieve en la tarde?

Por lo pronto, gracias por leer mi columna, los espero si Dios quiere la próxima semana aquí, en EL INFORMADOR. Disfruten de su desayuno. El mío es de sobra conocido, cafecito y bisquets con mantequilla y mermelada de fresa. Feliz domingo.

lcampirano@yahoo.com
 

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