A la tía Meme, esposa de Tolito, la recuerdo siempre vestida de luto, rotunda, culiancha, con un bigote de comandante de Húsares que demostraba quién llevaba los mandos en casa.Tenía una voz de trueno y unas pretensiones del tamaño del mundo, que produjeron que las primas —que ya estaban sazoncitas, frisando los cuarentas— no hubieran conseguido llegar al anhelado matrimonio, lo que la tía justificaba con el hecho de que había muy pocos príncipes reinantes disponibles; de ahí su furia cuando la prima Cuca escapó con un antillano tocador de tumbas y bailarín de ritmos afrocubanos, que a final de todo la largó con la cuenta en un hotel de San Juan de Bramadero y que, para tapar la vergüenza y aprovechando que nadie lo conocía, lo declararon de la nobleza armenia y dijeron que, apasionados los muchachos, se habían casado intempestivamente y durante la Luna de miel habían tenido un accidente automovilístico en el que él falleció y de paso justificaron los golpes con que apareció la prima. No hubo violencia de género porque la que le pegó fue la tía.Era de tal tamaño el funfiate de la tía, que una vez estando en la playa de Santiago, se le reventó la faja y de ahí se desparramó tanta carne que terminaron sintiendo un tsunami todos los que ahí se encontraban. Pero ella se oponía a ser calificada así y decía que era porque estaba mal de la tiroides, lo que pensándolo bien debe haber sido cierto porque de la cantidad que tragaba hubiera engordado más.En otra ocasión, el tío José estaba en el templo Expiatorio haciendo una visita al Santísimo, que estaba expuesto y bajó la mirada para orar en recogimiento y cuando levantó la vista para ver la custodia se encontró con el inmenso derrière de Meme, con lo cual no nada más sintió devoción, sino porque con tal oscuridad, ya que ella traía vestido negro, se sintió preso como si estuviera dentro del Infierno de Dante, en el pasaje que se anuncia que hay que perder toda humana esperanza y ser motivo de la pérdida del recogimiento debe de ser terrible.A las pobres hijas las tenía bajo un control absoluto y como ya sabrá mi solitario lector, tenía todas las pretensiones del universo. Y no eran feas, pero sí diferentes. En aquellos tiempos los hijos tenían que obedecer a los padres, aunque esto último estoy seguro que no me lo van a creer los jóvenes actuales, quienes creen que ahora son ellos los que mandan. En ese tiempo se obedecía a los padres. Y qué decir de las brillantes miradas de las madres, que sin decir una palabra, te echaban con la mirada un discurso más emotivo que la catilinaria al decirte “Quo usque tandem abutere, babiecus, patientia nostra?” (“¿hasta cuándo, babieco, aguantaremos tus necedades?”).En fin y sin que sea crítica, porque yo quiero mucho a la tía, pero sí sus singularidades me rebasaban.@enrigue_zuloaga