Las posibles salidas a bolsa de OpenAI, Anthropic y SpaceX no son apenas un chisme financiero de Silicon Valley. Son una advertencia. Y nos toca leerla desde aquí, desde México y, sobre todo, desde Jalisco.OpenAI ya presentó de manera confidencial su S-1 ante la SEC. Anthropic hizo algo parecido. Y el Financial Times reportó que SpaceX coquetea con una valuación cercana a 1.78 billones de dólares. Sí, billones de los nuestros: millones de millones.La cifra suena a delirio. Quizá lo sea. Ponerle ese precio a empresas que todavía están armando su modelo de negocio se parece menos a un cálculo y más a una profecía. Es como cobrar peaje por una carretera que apenas se está pavimentando, o vender boletos para una ciudad que aún no existe pero que todos sospechan que algún día será la capital del mundo.Esto es lo que debemos analizar. El mercado no paga por lo que estas empresas facturan hoy. Paga por lo que van a controlar mañana: inteligencia artificial, cómputo, satélites, datos, energía, conectividad. OpenAI y Anthropic apuestan a cobrar renta por la inteligencia productiva. SpaceX, a cobrarla por el espacio y la infraestructura que viene.Con ojos tradicionales, esas valuaciones son una exageración. Con ojos geopolíticos, son una señal brutal: el mundo le está poniendo precio a quien va a controlar la productividad del futuro. Mientras unos discuten si valen demasiado, nosotros deberíamos hacernos una pregunta más incómoda. ¿Cuánto vamos a valer si nuestra gente no sabe usar lo que esas empresas construyen?Aquí entra un concepto que asusta: la subclase permanente. No es lo mismo que pobreza, es algo más estructural. Es quedar fuera de las rutas reales de movilidad aunque tengas trabajo, teléfono y conexión a internet. En la era de la IA esa subclase no será analfabeta a la antigua. Estará conectadísima, pero subordinada. Con apps en la mano y sin manera de convertirlas en ingreso, en empresa, en innovación.Ese es el riesgo de México, y en Jalisco pega más fuerte, porque aquí sí tenemos de dónde agarrarnos. No somos ajenos a la economía tecnológica: hay industria electrónica, manufactura avanzada, universidades, ingeniería, talento joven y, desde hace años, esa etiqueta de hub tecnológico que tanto presumimos. La demografía todavía nos da chance: en 2024 Jalisco rondaba los 8.78 millones de habitantes, con 2.24 millones de jóvenes entre 15 y 29 años y una edad mediana de 30.Pero la demografía sola no alcanza. Puede ser bendición o bomba de tiempo. Un joven sin habilidades tecnológicas no es bono demográfico; es vulnerabilidad demográfica. El que no domina inglés, datos, lógica y herramientas de IA no va a competir contra otro joven. Va a competir contra alguien aumentado por la tecnología, que igual está en Guadalajara que en Austin o en Bangalore.Seamos honestos: México no va a inventar el próximo OpenAI mañana, ni tiene caso fingir que cada país fabricará sus propios chips, cohetes y modelos. Pero esa imposibilidad no puede volverse pretexto. Si no podemos fabricar el sol, al menos enseñemos a millones a sembrar con su luz. Si no vamos a construir toda la tecnología, formemos al talento que sepa consumirla en serio: integrarla, traducirla a procesos, aplicarla, auditarla, venderla, adaptarla a los problemas de aquí.Y consumir tecnología no es hacer scroll. No es abrir una app ni pedirle la tarea a un chatbot. Es usarla como herramienta de trabajo y de pensamiento. Que el contador automatice análisis. Que el abogado revise contratos con más precisión. Que el médico se apoye en diagnósticos. Que la PyME venda mejor. Que la fábrica anticipe sus fallas. Que el gobierno decida con evidencia.Por eso el centro del debate no son las IPO. Es el talento. Y nuestro sistema educativo no está a la altura del apuro. La Nueva Escuela Mexicana habla de cultura digital y hasta menciona la inteligencia artificial, internet y los bancos de datos. Pero mencionar no es formar. Tener una plataforma no es una política de productividad digital. Faltan estándares, maestros capacitados, laboratorios, certificaciones y alianzas con empresas.Las universidades tampoco están listas. Siguen operando con planes diseñados para una economía que ya cambió. El IMCO lo ha dicho con todas sus letras: el mercado avanza más rápido que las aulas, las carreras que más se estudian siguen siendo Administración, Derecho, Ingeniería Industrial, Psicología y Contabilidad, los egresados de Ciencias Exactas y Computación apenas llegan al 8%, y cerrar la brecha hacia 2050 exigiría 137% más egresados STEM que en 2024.Dicho de otro modo: estamos formando demasiados jóvenes para mercados saturados y muy pocos para construir la economía que viene. Seguimos entregando títulos cuando el mundo empieza a pedir portafolios. Seguimos contando horas de clase cuando lo que se mide son habilidades.Jalisco debería tratar esto como lo que es: una emergencia estratégica. No basta con atraer inversión si no producimos el talento que esa inversión necesita. No basta con cortar listones en laboratorios si no cambiamos la forma de enseñar. La agenda mínima no es ningún misterio: inglés funcional, alfabetización en IA, pensamiento computacional, análisis de datos, automatización no-code y low-code, ciberseguridad básica, ética tecnológica y mucha práctica con problemas reales. No todos tienen que ser programadores, pero todos deberían entender cómo la tecnología les cambia el oficio.El mayor riesgo no es que OpenAI, Anthropic o SpaceX valgan una fortuna. El riesgo es que esa fortuna termine siendo el precio de nuestra dependencia. Que otros construyan los sistemas, cobren las rentas y pongan las reglas, mientras nosotros nada más aportamos consumidores, mano de obra barata y datos.La subclase permanente no se arma de un día para otro. Se arma despacio, cuando la educación llega tarde, cuando una generación entera aprende para un mundo que ya no existe y la informalidad termina absorbiendo a los que no alcanzaron a actualizarse. No es un fantasma lejano: el INEGI reportó una tasa de informalidad laboral de 54.8% en noviembre de 2025.La salida no es resignarnos. La salida es talento. En escuelas públicas, en universidades, en empresas, en preparatorias técnicas, en cámaras y en gobiernos locales. Talento para crear cuando se pueda y para adoptar cuando haga falta. Talento para que Jalisco no se quede mirando el futuro desde la banca.Las IPO de Silicon Valley parecen lejanas. No lo son. Son el mercado gritándonos que el futuro ya tiene precio. La única pregunta es si nuestros jóvenes van a tener parte en él, o si nada más van a pagar renta por usarlo.Mario A. Rodríguez Bolaños