Domingo, 26 de Julio 2026

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La soberanía de la inteligencia

Por: Luis Ernesto Salomón

La soberanía de la inteligencia

La soberanía de la inteligencia

Esta mañana, antes de salir de casa, cualquiera de nosotros pudo consultar en el teléfono la ruta más rápida para evitar el tráfico, recibir la recomendación de una canción, preguntar qué significa un resultado médico o pedir ayuda para redactar un correo. Al llegar a la calle, quizá un sistema decidió cuánto debía durar el verde del semáforo. Todo eso pudo ocurrir en los primeros minutos del día. Y seguirá ocurriendo, casi sin que lo advirtamos, hora tras hora. Ya casi ni nos sorprende.

La inteligencia artificial se ha vuelto parte de nuestra vida con una rapidez difícil de medir. Ahora, además de usar programas, conversamos con ellos. Preguntamos, les confiamos dudas, les pedimos que traduzcan, expliquen, comparen opciones o nos ayuden a decidir.

Para quienes somos inmigrantes digitales, lo más desconcertante quizá no sea aprender a utilizar estas herramientas, sino comprender la profundidad del cambio que anuncian. Porque las preguntas verdaderamente difíciles ya no pertenecen sólo a la tecnología. Tienen que ver con la forma en que decidamos utilizar un poder que crece con enorme rapidez.

Por eso resulta especialmente relevante el documento que Jensen Huang, director general de NVIDIA, difundió el viernes pasado en defensa de los modelos de inteligencia artificial de pesos abiertos. Más que una posición empresarial, el texto plantea una idea de enorme alcance: la IA transformará todas las industrias, impulsará a las empresas y terminará siendo construida, de una forma u otra, por todos los países.

La expresión puede sonar técnica, pero la idea es sencilla. Durante su entrenamiento, un modelo de inteligencia artificial aprende ajustando miles de millones de valores numéricos, los llamados “pesos”. Cuando esos pesos son abiertos, el modelo puede descargarse, adaptarse y ejecutarse en infraestructura propia. Una universidad puede especializarlo para investigar; una empresa, incorporarlo a sus procesos; un hospital o un gobierno, utilizarlo en sus propios sistemas sin depender para cada consulta de los servidores de un proveedor extranjero. No significa haber creado la inteligencia desde cero, sino tener la posibilidad de hacerla propia. Detrás de esa posibilidad aparece una palabra decisiva: soberanía.

Durante mucho tiempo pensamos la infraestructura estratégica de un país en términos de energía, carreteras, puertos o telecomunicaciones. La inteligencia artificial obliga a ampliar esa lista, porque también harán falta capacidad de cómputo, centros de datos, energía suficiente, talento especializado y la posibilidad de adaptar sistemas a necesidades propias.

Soberanía no significa pretender que cada país construya desde cero toda la tecnología que utiliza. Significa conservar márgenes reales de decisión. Pero disponer de capacidad propia no resuelve la cuestión más difícil: qué hacemos con ella.

La misma tecnología que puede acelerar una investigación médica puede facilitar conocimientos peligrosos; la que detecta una vulnerabilidad informática para corregirla puede ayudar también a explotarla. La facilidad para producir imágenes, voces y videos abre posibilidades extraordinarias para la creación, pero también para el fraude, la extorsión o la manipulación. Y conforme estos sistemas adquieren mayores capacidades científicas, aumentan también las posibilidades de utilizarlos con fines ofensivos, desde ataques cibernéticos hasta la elaboración de sustancias o armas peligrosas. No hace falta imaginar escenarios apocalípticos. Basta reconocer que una tecnología más poderosa exige una responsabilidad a la misma altura.

La cuestión se vuelve todavía más cercana cuando pensamos en niños y adolescentes. Un menor puede encontrar en la inteligencia artificial un tutor paciente, disponible a cualquier hora y capaz de explicar una misma idea de muchas maneras. Pero esa misma herramienta puede convertirse en un interlocutor al que confíe información íntima, del que reciba contenidos para los que no está preparado o cuya aparente cercanía llegue a confundir con una relación real.

La inteligencia artificial amplía nuestra capacidad para crear, aprender y resolver problemas. También amplía nuestra capacidad para manipular y hacer daño.

Sería ingenuo confiar en que el mercado resolverá por sí solo esos riesgos. Pero sería igualmente equivocado responder con una regulación que pretenda decidir desde el Estado qué puede investigarse y qué no. Entre la irresponsabilidad y la prohibición existe un espacio mucho más fértil: regular el daño y los usos de alto riesgo, no la libertad ni la creatividad.

No todos los usos de la inteligencia artificial representan el mismo peligro. No debería recibir el mismo tratamiento un estudiante que desarrolla una aplicación, una empresa que automatiza sus inventarios o un sistema capaz de intervenir en infraestructura crítica. La responsabilidad debe crecer con la capacidad de producir daño.

Ésta es también una razón para no desechar los modelos de pesos abiertos. La posibilidad de examinarlos permite detectar vulnerabilidades, poner a prueba su seguridad, adaptarlos a necesidades particulares y evitar una dependencia absoluta de unas cuantas compañías. Apertura no debe significar indiferencia frente al riesgo, sino una apertura responsable: amplia para investigar, educar, emprender y crear; más exigente cuando puedan afectarse derechos fundamentales o producirse daños extraordinarios. 

La discusión es crucial para México, porque además de instalar centros de datos e impulsar inversiones tecnológicas, la pregunta es si México desarrollará capacidad para comprender, adaptar y construir inteligencia artificial o si terminará siendo solamente consumidor de sistemas, conocimientos y decisiones concebidos en otra parte.

La inteligencia artificial está redistribuyendo conocimiento, productividad y poder. Los países que sepan desarrollarla y utilizarla ampliarán las capacidades de sus empresas, gobiernos y ciudadanos. Los que se limiten a consumirla participarán mucho menos en la creación de su valor y en la definición de sus reglas.

El comunicado de Huang importa a México porque obliga a mirar más allá de la fascinación tecnológica. La pregunta no es sólo qué tan inteligentes llegarán a ser las máquinas, sino quién podrá construirlas, quién podrá adaptarlas, quién controlará la infraestructura sobre la que funcionan y bajo qué principios decidiremos utilizarlas.

Soberanía, libertad y responsabilidad tendrán que avanzar juntas. Mientras seguimos preguntándole a una máquina por el clima o el tráfico, algo mucho más profundo está ocurriendo: estamos decidiendo quién construirá la inteligencia con la que viviremos. Ese es un gran tema de fondo porque en esta revolución no bastará con aprender a utilizar la inteligencia de otros. Habrá que desarrollar la nuestra como la mejor forma de defender la famosa soberanía.

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