Lunes, 12 de Octubre 2026

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La importancia de Félix Aceves

Por: Xavier Iturbide

La importancia de Félix Aceves

La importancia de Félix Aceves

Hace unos días vi en redes sociales una fotografía del edificio de consultorios que el arquitecto Félix Aceves Ortega construyó para el doctor Rubén Aceves en 1983. La imagen venía acompañada por una carita triste y una lágrima, suficientes para imaginarme lo peor. La siguiente fotografía confirmó la sospecha: el edificio estaba siendo demolido.

Decidí que a la mañana siguiente iría a verlo con mis propios ojos. Me costaba entender que estuviera desapareciendo un edificio de cuatro niveles, en perfecto estado de conservación, con una arquitectura sencilla, pero de enorme fuerza. El concreto se mostraba desnudo, sin recubrimientos ni disfraces, y sobre su superficie había aparecido algo que ningún arquitecto puede diseñar ni ningún material nuevo puede imitar: la pátina del tiempo.

Había pasado frente a ese edificio incontables veces. Siempre volteaba a verlo y muchas veces pensé en fotografiarlo, pero nunca lo hice. Hace algunos años le colocaron un toldo desafortunado y pensé, con demasiado optimismo, que esperaría a que algún día desapareciera para fotografiar nuevamente el edificio como lo había conocido. Dejé pendiente algo que suponía que siempre estaría ahí.

Esperé demasiado. El edificio ya no existe.

Por fortuna, otros sí lo fotografiaron. Cuando publiqué un video lamentando su demolición, muchas personas compartieron el sentimiento. Otras no entendían el motivo del alboroto: para ellas se trataba simplemente de un edificio de concreto. Y justamente ahí comienza la importancia de hablar de Félix Aceves, porque pocos arquitectos mexicanos supieron obtener tanto de un material tan humilde.

Aceves entendía el concreto no únicamente como un elemento estructural, sino como materia plástica. Lo moldeaba y lo texturizaba; conseguía hacerlo pesado o ligero, robusto o delicado, sin necesidad de cubrirlo con colores, placas, imitaciones o acabados añadidos. La geometría, la sombra y las huellas de la cimbra bastaban para construir un lenguaje arquitectónico completo. En eso consiste muchas veces la verdadera dificultad de la arquitectura: en hacer mucho con muy poco.

Quizá por eso el nombre “brutalismo” le hace tan poca justicia a algunas de estas obras. En manos de Félix Aceves podía ser, paradójicamente, el menos brutal de los estilos, porque junto a la masa y la contundencia había proporción, sensibilidad y una sorprendente delicadeza.

El edificio de consultorios Rubén Aceves no era la obra maestra del arquitecto, pero tampoco necesitaba serlo para tener valor. Era una buena pieza de arquitectura: sobria, sólida, proporcionada y reconocible como producto de una época y de una manera de entender la profesión.

Su demolición, sin embargo, importa por algo mucho mayor que la pérdida de un solo edificio. Expone uno de los problemas más graves de la conservación en Guadalajara: nuestra dificultad para reconocer como patrimonio la arquitectura del siglo XX. Las normas de protección y los inventarios continúan privilegiando demasiado la antigüedad sobre el mérito arquitectónico, cuando la edad debería ser apenas uno entre varios criterios para determinar el valor de un inmueble.

De ahí surge una paradoja absurda: construcciones antiguas pueden recibir una protección férrea por pertenecer a determinada época, aun cuando su mérito arquitectónico sea limitado, mientras que obras magníficas, de factura impecable y enorme importancia para comprender la arquitectura tapatía permanecen indefensas simplemente por no haber alcanzado la antigüedad que la norma considera suficiente. Un edificio no adquiere valor arquitectónico mágicamente al cumplir cien años.

Lo verdaderamente grave es que, mientras esperamos a que esas obras envejezcan lo suficiente para reconocerlas como patrimonio, las estamos modificando y destruyendo. Dentro de veinte o treinta años veremos fotografías de la Guadalajara de 2026 y nos preguntaremos por qué tardamos tanto en reaccionar. Para entonces habremos perdido o alterado una parte considerable de la obra de Félix Aceves y de otros arquitectos e ingenieros fundamentales para comprender la ciudad moderna: Ignacio Díaz Morales, Enrique Nafarrate, Jaime Castiello Camarena, Jorge Rojo Santamarina, Eric Coufal, Andrés Casillas, Horst Hartung, Bruno Cadore, Miguel Aldana Mijares, Federico González Gortázar y Jorge Ramírez Sotomayor, entre muchos más, cuyas obras continúan siendo modificadas o demolidas sin protección suficiente.

Hoy lamentamos la desaparición de las grandes villas y chalets del antiguo Boulevard Lafayette y de la avenida Vallarta porque hemos aprendido a reconocer el valor de aquella arquitectura ecléctica. Resulta sencillo ver hoy sus fotografías y preguntarnos cómo fue posible que Guadalajara permitiera semejantes pérdidas.

Lo grave es que estamos repitiendo exactamente el mismo proceso con la arquitectura del siglo XX. Nuestros abuelos y bisabuelos destruyeron buena parte de la ciudad ecléctica de finales del siglo XIX y principios del XX porque no supieron reconocer a tiempo su valor; nosotros estamos haciendo lo mismo con una parte fundamental de la arquitectura moderna.

Todavía estamos a tiempo, pero no por mucho. Hace falta conciencia, difusión y, sobre todo, una norma más robusta que proteja una obra por su valor y no únicamente por su edad. Cada edificio que se modifica o se demuele mientras esa protección no existe empobrece irreversiblemente a la ciudad. No necesitamos esperar otros veinte o treinta años para reconocer lo que hoy ya es evidente: la arquitectura del siglo XX forma parte de nuestro patrimonio y debe ser protegida como tal. La protección no puede seguir llegando después de la demolición. Estamos a tiempo de exigirla.

El edificio de concreto mostraba el genio creativo de Félix Aceves Ortega. ESPECIAL

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