La temporada de lluvias en México ha generado ya importantes daños en las pocas semanas que han transcurrido desde su inicio, y falta aún la fase más intensa, que suele presentarse entre los meses de agosto y noviembre. Esta realidad obliga a reflexionar en torno a la experiencia cotidiana de quienes habitan viviendas afectadas permanentemente por la humedad, las filtraciones y el ingreso recurrente de agua proveniente de sistemas de drenaje insuficientes o deficientemente mantenidos.Los datos de la Encuesta Nacional de Vivienda del INEGI muestran que la humedad y las filtraciones constituyen uno de los problemas más frecuentes de las viviendas mexicanas. La cifra es relevante, pero lo más importante es preguntarse qué significa vivir en ellas; es decir, cómo se transforma la experiencia del habitar cuando el hogar carece de las condiciones materiales y simbólicas que deberían caracterizarlo como un espacio de protección.La vivienda es también una atmósfera. En ella se desarrollan los procesos cotidianos que permiten la reproducción de la vida: descansar, alimentarse, convivir, estudiar, cuidar, recuperarse del cansancio y encontrar resguardo frente a las inclemencias del entorno. Cuando la humedad invade ese espacio, la afectación trasciende el deterioro de los materiales y poco a poco se modifica la relación que las personas establecen con el lugar donde viven.La humedad posee una característica singular: rara vez se presenta como una catástrofe. Su acción es lenta, persistente y acumulativa. Habitar una vivienda húmeda implica convivir permanentemente con una sensación de incomodidad difícil de describir para quienes no la experimentan. Esta experiencia se vuelve aún más compleja en aquellas zonas urbanas donde las lluvias provocan inundaciones recurrentes. En esos contextos, la lluvia actúa como un agente que organiza la vida cotidiana. Las personas modifican horarios, rutas y actividades en función de la probabilidad de que las calles vuelvan a inundarse. Caminar deja de ser una acción simple y rutinaria. Cada trayecto implica evitar encharcamientos, calcular profundidades inciertas, proteger documentos, mochilas o mercancías y asumir el riesgo permanente de terminar empapado por el paso de un vehículo.Existe además una dimensión particularmente preocupante. En numerosos casos, el agua que ocupa calles y viviendas no es únicamente agua de lluvia. Se trata de una mezcla en la que confluyen escurrimientos pluviales, residuos acumulados en la vía pública y aguas provenientes de sistemas de alcantarillado rebasados. Cuando esa agua ingresa a las viviendas no sólo deteriora pisos, muebles o electrodomésticos. Introduce también olores, contaminantes y riesgos sanitarios que permanecen mucho después de que la inundación ha desaparecido de las calles.Resulta significativo que las narrativas mediáticas privilegien casi siempre las afectaciones a los automóviles. Mucho menos visible es la situación de las familias que pasan días enteros limpiando lodo e intentando recuperar muebles. Mayor invisibilidad cubre a los efectos emocionales asociados a la incertidumbre que acompaña cada nueva tormenta pues se mantienen siempre la posibilidad real de que el agua vuelva a entrar al hogar.Desde esta perspectiva, las lluvias constituyen también un problema de bienestar y de justicia social. Mientras algunos sectores de la población observan la lluvia desde espacios seguros y adecuadamente protegidos, millones de personas enfrentan condiciones que deterioran simultáneamente su salud física, su tranquilidad emocional y su percepción de seguridad. Pensar la vivienda desde esta perspectiva implica reconocer que la habitabilidad no puede reducirse a la existencia de un techo, muros y acceso a servicios básicos. Habitar dignamente significa vivir en espacios capaces de proteger a las personas de la humedad persistente, de las inundaciones recurrentes y de los riesgos derivados de una infraestructura urbana insuficiente. Las viviendas tienen una profunda función social, que va desde la protección física hasta la generación de atmósferas de protección e integración psicológica y emocional; pero eso se hace imposible cuando la desprotección viene de afuera, y sobre todo, de una política social incapaz de garantizar universal y plenamente los derechos sociales.