Series como House of the Dragon, The Crown e incluso Succession ponen sobre la mesa la discusión sobre el poder y quién lo merece. Desde la Revolución Francesa hasta la creación de los Estados nación, la idea de que el poder es algo heredado se fue desvaneciendo en el discurso de la meritocracia. Pareciera que las democracias abolieron la legitimidad de otorgar el poder mediante el nacimiento para sustituirlo por quien demuestra capacidad. Se ha creído durante el último siglo que quien sobresalga es la persona digna de ejercer el poder.Sin embargo, la herencia del poder no desapareció; simplemente dejó de parecer una herencia. Si nos detenemos a observar quiénes están al frente de los países, empresas e instituciones que concentran recursos y decisiones, encontramos que el acceso al poder difícilmente parte de cero. Aunque existe la idea de que trabajar duro, obtener una buena educación y construir contactos son suficientes para ingresar a las esferas de poder, las condiciones de partida también importan. El capital cultural, la educación, el patrimonio, los contactos y las redes pueden heredarse. Si bien ya no se hereda necesariamente un cargo, sí pueden heredarse las condiciones para acceder a él. La democracia democratizó formalmente el acceso al poder, pero no necesariamente democratizó las condiciones para alcanzarlo.Es aquí donde se concentra la paradoja de la sociedad: el poder se aprende antes de ejercerse. No se trata únicamente de recibir dinero, un apellido o un puesto; es más profundo que ello: es aprender códigos, espacios y relaciones que permiten reconocer dónde habita el poder y cómo acercarse a él. Para otros, ese mismo conocimiento debe ser descubierto mucho después —si es que llegan a conocerlo—, y, aun con los códigos descifrados, no se garantiza la permanencia en el poder, ya que necesita de una red para mantener la legitimidad. Así, la desigualdad no comienza cuando dos personas compiten por una posición, sino mucho antes, en las condiciones que se les han enseñado a conseguir.En series como The Crown o House of the Dragon se ve claramente cómo la legitimidad del poder se ancla abiertamente a la sangre, pero si detenemos la vista en Succession o The White Lotus, la narrativa del mérito funciona como una máscara que oculta los mismos códigos de clase. El acceso a las decisiones globales sigue reservado para pocos, con la diferencia de que hoy la estructura nos convence de que cualquiera puede llegar a la cima si se esfuerza y sacrifica lo suficiente. La democracia nos dio a todos el derecho formal de aspirar al poder, pero la estructura mantuvo en privado la enseñanza de cómo ejercerlo.