Domingo, 18 de Octubre 2026

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Historia, literatura y una plegaria

Por: Augusto Chacón

Historia, literatura y una plegaria

Historia, literatura y una plegaria

De la novela de Enrique Serna, “El dios hambriento”. Corría el año de 1430, 3 Conejo en el calendario de Anáhuac, un vapuleado Netzahualcóyotl medita, debe actuar, salir del marasmo moral y romántico-erótico que lo tiene paralizado frente a los aztecas que cada día lo respetan menos, sus huestes comienzan a perderle aprecio: “O renuncio a participar en la cadena de traiciones o las cometo con sagacidad: lo que no puedo es triunfar con el honor intacto, como quería mi padre. O la derrota honrosa o la victoria podrida, escoja usted, príncipe desencantado.”

Serna es un escritor brillante, un intelectual, al llamarle “príncipe” a Netzahualcóyotl en medio de sus tribulaciones políticas puedo suponer hace un guiño al “Príncipe” de Maquiavelo, que escribió en el capítulo IX: “Agréguese a esto que un príncipe jamás podrá dominar a un pueblo cuando lo tenga por enemigo, porque son muchos los que lo forman; a los nobles, como se trata de pocos, le será fácil.” “Para aclarar mejor esta parte en lo que se refiere a los grandes [nobles], digo que se deben considerar en dos aspectos principales: o proceden de tal manera que se unen por completo a su suerte, o no. A aquellos que se unen y no son rapaces se les debe honrar y amar; a aquellos que no se unen, se les tiene que considerar de dos maneras: si hacen esto por pusilanimidad y defecto natural del ánimo, entonces tú [el príncipe] debes servirte en especial de aquellos que son de buen criterio, porque en la prosperidad te honrarán y en la adversidad no son de temer; pero cuando no se unen sino por cálculo y por ambición es señal de que piensan más en sí mismos que en ti, y de ellos se debe cuidad el príncipe y temerles como si se tratase de enemigos declarados, porque esperarán la adversidad para contribuir a su ruina.”

Según la vida discurre, cada cual echa mano de las referencias que tiene al alcance para resolver lo que se le presenta o para delinear el futuro. Simplifiquemos: al comienzo, las referencias las proveía la Naturaleza, luego, además de aquélla, las experiencias de los demás; después la religión, las religiones, las ciencias, la historia, la literatura. Maquiavelo trata de dar referencias al príncipe con su tratado para que sepa a qué atenerse y ahorrarle pesares. En el siglo XXI, con la acumulación de noticas en circulación global, formales, informales, maliciosas, novedosas… de todas, referencias para obtener enseñanzas no faltan, además de que las tradicionales siguen ahí, al alcance. La cosa es que los “príncipes” y las “princesas” están ensimismados, y en muchos casos como Maquiavelo describió en el siglo XVI: cercados por “nobles” que no ven sino por su fortuna, mientras las princesas y los príncipes se han echado de enemigo al pueblo que ahora en varios países, representado por jóvenes, se manifiesta exigiendo derechos y hasta lo más básico: eficacia de sus gobernantes y que no sean corruptos. La ira contenida que surge aquí y allá hace saber a las claras que los discursos políticos con las bondades que en el porvenir llegarán ya no sirve, nadie lo cree.

El malestar rellena un polvorín que populistas, autoritarios, autócratas y demagogos (mujeres y hombres) son incapaces siquiera de intuir, suponen que el poder que detentan incluye tener la razón, suponen que son incontrovertibles, suponen que son políticamente inteligentes (no son pocos los que ni siquiera son inteligentes a secas). La democracia electoral les parece concesión suficiente, sin reparar en que para las generaciones jóvenes que se están imponiendo en las calles y en las plazas, la relación causa-efecto pierde sentido cuando a la acción exigida, la respuesta de los gobernantes consiste en una reacción que podrá percibirse, si acaso, en meses, en años. Y peor: a quienes hoy tienen menos de treinta y cincos no les importa quienes fueron omisos, ladrones o incompetentes para que la educación, los servicios de salud, la vivienda, la seguridad, el empleo y la calidad y la cantidad de agua estén en un punto crítico: los responsables despachan hoy en los palacios de gobierno, en los Congresos. En este ambiente príncipes y princesas deben hacer lo suyo, la cosa es ¿con el pueblo de enemigo y con los nobles “como si se tratase de enemigos declarados”? La disyuntiva del ficticio Netzahualcóyotl de Serna es pertinente: “O la derrota honrosa o la victoria podrida, escoja usted, príncipe desencantado.”

A quienes gobiernan en sociedades decididas a exigir ya nos les queda tiempo, el llamado a la rebelión es global y parece irresistible para las y los jóvenes, y para muchos que ya no lo son. Mientras se hacen cargo de que la mecha está encendida, tal vez una cuasi oración les venga bien, que la repitan mientras, como prefieren, hacen a un lado los escritos y las voces críticas: No pido mucho. O quizá sí es mucho. Pido estar preparado para darme cuenta cuando el mundo, o de perdida mi estado, o al menos mi ciudad, cambien, y con ellos lo que contienen: la gente con sus ideas y maneras de entenderse en el mundo, en Jalisco, en Guadalajara. Si esta petición no puede ser atendida, pido que, ante la duda sobre la continuidad, o no, de las formas y los fondos de lo que va siendo, me sea concedida la humildad para preguntar por qué no entiendo lo que está pasando. Pido tener a mi lado personas inteligentes que sepan que la duda es principio del conocimiento y que éste es materia imprescindible de las acciones virtuosas; personas tan inteligentes que no sólo respondan con honestidad, con verdad, cada que exhiba mis dudas, que cuando noten que perdí el rumbo no esperen a que les pregunte. Por último: pido que yo y quienes me rodean no tengamos que salir corriendo.

agustino20@gmail.com

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