Domingo, 09 de Agosto 2026

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El dilema de Guadalajara: ¿disminución o crecimiento de población?

Por: Eugenio Arriaga

El dilema de Guadalajara: ¿disminución o crecimiento de población?

El dilema de Guadalajara: ¿disminución o crecimiento de población?

El municipio de Guadalajara es una shrinking city: ha perdido alrededor de 265 mil habitantes desde 1990, lo que representa una disminución cercana al 16% de su población. Siguiendo el conocido “donut effect”, los municipios de la periferia metropolitana prácticamente absorbieron esa pérdida. Tan solo Tlajomulco de Zúñiga recibió cerca de 90 mil nuevos residentes provenientes de Guadalajara. El fenómeno no implica un descenso de la población metropolitana, sino una redistribución de la población en el territorio, que refleja el encarecimiento del suelo urbano central y el crecimiento de la oferta de la vivienda social en la periferia.

Durante décadas, perder habitantes habría sido interpretado como un síntoma inequívoco de decadencia. Hoy, sin embargo, esa lectura resulta insuficiente. La transición demográfica, el envejecimiento poblacional (el grupo de personas de 60 años y más creció 34 % en Guadalajara entre 2010 y 2020), las nuevas dinámicas del mercado inmobiliario y las transformaciones económicas obligan a replantear una pregunta fundamental: ¿debe una ciudad aspirar siempre a crecer o puede prosperar administrando inteligentemente el declive de población?

Dos corrientes de pensamiento ofrecen respuestas distintas a este dilema: las teorías del “Smart Growth” y el “Smart Decline”. Ambos modelos representan formas diferentes de enfrentar el contexto urbano en el siglo XXI.

El Smart Growth, impulsado por urbanistas como Peter Calthorpe y Andrés Duany, surgió en Estados Unidos durante la década de 1990 como una reacción frente al crecimiento suburbano disperso (“urban sprawl”). Ambos autores sostienen que el problema no es el crecimiento en sí mismo, sino la manera en que ocurre. Para Calthorpe, el desarrollo urbano debe organizarse alrededor del transporte público, promoviendo comunidades compactas, caminables y con mezcla de usos de suelo. Su concepto de “Transit Oriented Development” propone reducir la dependencia del automóvil mediante barrios donde vivienda, empleo, comercio y servicios se encuentren integrados al transporte público masivo.

Duany, por su parte, desde el movimiento del Nuevo Urbanismo, argumenta que la ciudad tradicional ofrece una estructura más eficiente y socialmente cohesionada que los suburbios de baja densidad. Calles activas, espacios públicos de calidad y una mayor proximidad entre actividades cotidianas fortalecen la vida comunitaria y reducen los costos ambientales del crecimiento urbano.

Desde esta perspectiva, Guadalajara debería aprovechar la pérdida de población para recuperar vivienda en su zona central, aumentar la densidad donde ya existe infraestructura instalada y contener la expansión periférica que incrementa los costos de movilidad y de provisión de servicios públicos. Para ello, se debe tener en mente que la ciudad tiene 45 mil viviendas desocupadas.

Las fortalezas del “Smart Growth” son ampliamente reconocidas. Favorece una mayor eficiencia en el uso de infraestructura existente, disminuye las emisiones derivadas del transporte, protege suelo agrícola y bosques y genera ciudades más accesibles y dinámicas económicamente. Diversos estudios muestran que la compactación urbana y la aglomeración de personas también fortalecen la productividad al reducir tiempos de desplazamiento y facilitar la interacción entre personas y empresas.

Sin embargo, el modelo también enfrenta críticas. La densificación puede elevar el precio del suelo y acelerar procesos de gentrificación que terminan desplazando precisamente a los sectores de menores ingresos que se busca beneficiar. Asimismo, algunos críticos consideran que el “Smart Growth” conserva una premisa implícita: asumir que el crecimiento demográfico continuará siendo el motor principal del desarrollo urbano. En ciudades como Guadalajara, donde la población envejece o disminuye, esa hipótesis pierde fuerza.

Es precisamente ahí donde emerge el “Smart Decline”.

Autores como Alan Mallach, Justin Hollander y Karina Pallagst cuestionan la idea de que toda ciudad deba recuperar el crecimiento perdido. Su planteamiento parte de una constatación sencilla: muchas ciudades experimentan reducciones demográficas estructurales derivadas de cambios económicos, industriales o demográficos que difícilmente pueden revertirse mediante políticas de atracción de población. El caso emblemático de este tipo de ciudades es Detroit, que ha perdido cerca de dos terceras partes de su población desde 1950.

Mallach sostiene que insistir en estrategias orientadas exclusivamente al crecimiento suele conducir a inversiones poco rentables, sobreoferta de infraestructura y expectativas irreales. En cambio, propone adaptar el tamaño físico y financiero de la ciudad a su nueva realidad demográfica. No se trata de administrar el fracaso, sino de reconocer el nuevo contexto urbano y construir una ciudad más eficiente y con mayor calidad de vida.

Justin Hollander introduce un cambio conceptual aún más profundo: el éxito urbano no debe medirse por el número de habitantes, sino por el bienestar de quienes permanecen. Una ciudad más pequeña puede ofrecer mejores servicios públicos, mayor cohesión social, más espacio público y finanzas municipales más sanas que una ciudad en expansión desordenada.

Karina Pallagst complementa esta visión al señalar que el declive poblacional no constituye una anomalía temporal, sino una nueva condición urbana presente en numerosos países. Desde su perspectiva, las “shrinking cities” requieren instrumentos específicos de planeación que reconozcan la desocupación y el abandono de vivienda, la reducción de demanda inmobiliaria y la necesidad de reutilizar espacios vacantes como activos ambientales, recreativos o productivos.

Las aportaciones del “Smart Decline” resultan especialmente relevantes para Guadalajara. Aunque el municipio central pierde habitantes, conserva gran parte de la infraestructura, el equipamiento y la actividad económica de la metrópoli. El desafío no consiste únicamente en atraer nuevos residentes, sino en administrar de forma eficiente una ciudad cuyo papel económico continúa fortaleciéndose mientras su función residencial se transforma.

No obstante, esta corriente tampoco está exenta de críticas. Aceptar el declive puede interpretarse como una renuncia al desarrollo económico o enviar señales negativas a inversionistas y ciudadanos. Además, la reducción estratégica de infraestructura o servicios puede profundizar desigualdades territoriales si no se acompaña de políticas sociales robustas. El riesgo consiste en que esta adaptación sea considerada una suerte de resignación.

La experiencia internacional muestra que ninguna de las dos perspectivas constituye una receta universal. El crecimiento inteligente ofrece respuestas valiosas para contener la expansión urbana y aprovechar mejor la infraestructura existente, aunque hay que mencionar que para que esta alternativa funcione debe reducirse drásticamente la expansión de la urbanización en la periferia, a través de, por ejemplo, establecer límites a la expansión urbana (“Urban Growth Boundaries”); el declive inteligente, por otro lado, aporta herramientas para enfrentar con realismo la reducción de población que ya experimentan muchas ciudades.

Guadalajara probablemente no necesita elegir entre uno u otro paradigma. Su situación combina elementos de ambos. Mientras la metrópoli continúa creciendo, el municipio central pierde población, particularmente su centro histórico donde perdió casi 13% entre 2010 y 2020. Esa dualidad exige políticas que promuevan la redensificación de zonas consolidadas, pero también una administración más eficiente de una ciudad cuya estructura demográfica está cambiando.

Quizá la mayor enseñanza de este debate sea que el éxito urbano del siglo XXI ya no puede medirse exclusivamente por el número de habitantes. Una ciudad inteligente no es necesariamente la que más crece, sino aquella que sabe adaptarse a las condiciones de su tiempo. Guadalajara enfrenta precisamente ese desafío: ¿dejar de perseguir el crecimiento como un fin en sí mismo y comenzar a construir una ciudad más habitable, más sostenible y más resiliente, independientemente de si su población aumenta o disminuye?

*Eugenio Arriaga Cordero es doctor en estudios urbanos por la Universidad estatal de Portland  y académico de la Esarq.

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