El agua sucia es una preocupación central del habitante promedio del Área Metropolitana de Guadalajara que seguramente tendrá repercusiones en la elección intermedia del próximo año.Creo que la decisión en las urnas estará influenciada por dos factores: la evolución favorable del problema que debe solucionarse para marzo, según el gobierno de Jalisco; y el nivel de irritación que conserve como para salir a emitir un voto de castigo o respaldo al oficialismo local.Tradicionalmente las elecciones intermedias tienen una menor participación, lo que permite a los partidos políticos medir sus fuerzas e intentar inclinar la balanza a partir de la movilización de sus estructuras. Por eso siempre es deseable una mayor afluencia de votantes.Sin embargo, la participación electoral depende también de la existencia de opciones convincentes. Me atrevo a sostener que entre la ciudadanía, más que una preferencia por una u otra expresión política, hay una especie de desesperanza y enojo contra la clase política: todos los partidos han utilizado la crisis para sumar puntos y golpear a sus adversarios, atribuyéndose logros y achacando culpas por igual.La falta de soluciones y respuestas a las inquietudes de la población, en este caso concreto el derecho al agua, ahonda ese desencanto en el electorado. El entusiasmo de salir a votar decae pues existe la sensación de que ninguna fuerza política representa una verdadera alternativa.Si damos por sentado que entre la ciudadanía prevalece la idea de que Movimiento Ciudadano lo está haciendo mal, hay también una intuición inquietante: Morena puede hacerlo peor. Entre esos dos extremos no hay elección.Los políticos labran sus horizontes electorales para competir por un escaño o una alcaldía en 2027, pero una parte considerable del electorado se siente atrapada, sin opciones.Al final, el reto para 2027 no es solo resolver el abasto de agua, sino reconstruir el vínculo entre la sociedad y la clase gobernante. Cuando la única certeza es el desencanto, el mayor peligro para la democracia no es la derrota de un partido, sino la renuncia del ciudadano a creer que su voto puede cambiar algo. Y ese es un lujo que no podemos permitirnos.jonathan.lomeli@informador.com.mx