Mucha sangre le ha costado a la humanidad el encantamiento. Desde tiempos remotos, los hombres han levantado templos, creado maravillas y emprendido grandes hazañas movidos por creencias capaces de conferir a la existencia un sentido extraordinario. Pero bajo esos mismos hechizos también se han librado guerras y cometido atrocidades. La historia está poblada de encantadores que supieron convertir sus palabras en certezas y sus ambiciones en destinos colectivos.Encantar es transformar la manera de mirar. Bajo su influjo, la realidad adquiere otra dimensión que aparentemente la trasciende. Las contradicciones se vuelven tolerables, las dudas pierden fuerza y la pertenencia a una causa proporciona una satisfacción que difícilmente admite reparos. No es que las cosas hayan cambiado necesariamente, sino que las contemplamos a través de un lente distinto.Mientras dura el encantamiento, las promesas conservan su brillo, los errores encuentran disculpa y las señales adversas apenas consiguen perturbar la confianza. Hasta que alguna grieta permite que se filtre la realidad y comienza el desencanto.Pocas experiencias resultan tan perturbadoras como descubrir la distancia entre aquello que creíamos y lo que finalmente encontramos. Es una suerte de engaño o autoengaño. Sucede que somos nosotros quienes depositamos demasiadas esperanzas en las personas, las instituciones o las ideas. Es difícil reconocer un error y surge entonces el enojo, porque no solamente se desvanece la ilusión, sino que también desaparece una parte del mundo que habíamos construido alrededor de ella.Roto el hechizo, hay que aprender a caminar nuevamente con los pies en el suelo. Algunas caídas dejan apenas una sensación de tristeza; otras provocan resentimientos capaces de perdurar durante generaciones. Y no todos los que despiertan de un encantamiento alcanzan por ello una mirada más lúcida. Hay quienes, incapaces de soportar el vacío, comienzan inmediatamente a buscar otro.La política conoce bien estas mudanzas del espíritu colectivo. Las sociedades depositan sus esperanzas en dirigentes y movimientos que ofrecen una explicación del pasado y una promesa para el porvenir. Pero la realidad posee una obstinación que ninguna retórica consigue vencer indefinidamente.En Europa se debilita una de las grandes promesas de la posguerra: la convicción de que el progreso económico y la protección social permitirían a cada generación vivir mejor que la anterior. Para muchos jóvenes, aquella seguridad parece ahora un privilegio heredado de sus padres y no una posibilidad al alcance de sus propias vidas.Las expresiones de inconformidad en Francia revelan algo más profundo que las disputas partidistas. La vivienda se aleja, el trabajo pierde certidumbre y el futuro deja de presentarse como una recompensa natural del esfuerzo. A esa inquietud se agrega la inteligencia artificial, cuya expansión anuncia transformaciones para las que nadie conoce todavía una respuesta suficiente.El desencanto político encuentra allí un terreno fértil. Cuando se debilita la confianza en las instituciones, resurgen las voces que prometen devolver a los pueblos una grandeza extraviada. En Rusia, el discurso del poder imperial alimenta una empresa de dominación; en Estados Unidos, Donald Trump ha hecho de la restauración de la grandeza nacional el centro de su convocatoria. En China se evoca la grandeza cultural milenaria. En Medio Oriente se invocan razones religiosas. Son realidades diferentes, pero comparten la capacidad de convertir la nostalgia en una promesa de redención.Lo paradójico es que quienes han sufrido un desengaño no necesariamente se vuelven más difíciles de encantar. A veces sucede exactamente lo contrario. La pérdida de una esperanza deja una orfandad que reclama consuelo, y siempre aparece alguien dispuesto a ofrecerlo.Brasil vive también bajo la tensión de estas emociones colectivas. La disputa presidencial muestra una sociedad atravesada por adhesiones intensas y frustraciones acumuladas. En semejante ambiente, la lealtad puede pesar más que los resultados y el desencanto con una causa puede convertirse, casi sin transición, en entusiasmo por la contraria.En Estados Unidos, el encantamiento promovido por Trump enfrenta las consecuencias de su propio ejercicio del poder. Las promesas de fortaleza, prosperidad y control deben medirse con una realidad económica y política que no obedece a los discursos. Tampoco el lenguaje descarnado del poder está a salvo del desencanto.Mientras tanto, la tecnología ha creado un hechizo de naturaleza distinta. Las pantallas nos acompañan desde el despertar hasta el sueño, ofreciéndonos una sucesión interminable de imágenes y estímulos. Creemos asomarnos al mundo cuando contemplamos, en buena medida, aquello que otros han seleccionado para nosotros. Entregamos nuestra atención a mecanismos que conocen nuestros deseos y temores, y que se apropian silenciosamente de uno de nuestros bienes irrecuperables: el tiempo de vida.Hasta la guerra ha quedado sometida a dependencias que hace unas décadas habrían parecido inconcebibles. En Ucrania, las comunicaciones y las operaciones militares descansan en sistemas satelitales privados, cuya disponibilidad puede depender de decisiones empresariales. Mientras tanto, la muerte sigue su curso cotidiano, convertida en imágenes que desaparecen con el movimiento de un dedo sobre la pantalla.Vivimos entre hechizos que se desvanecen y otros que apenas comienzan. Nunca habíamos dispuesto de tanta información para conocer la realidad ni de tantos instrumentos para deformarla. El desencanto viaja con la misma velocidad que las ilusiones.Tal vez lo más inquietante no sea descubrir que el mundo es menos admirable de lo que imaginábamos, sino comprobar nuestra dificultad para vivir sin atribuirle algún encanto. Necesitamos creer que nuestros esfuerzos conducen a alguna parte y que el futuro conserva posibilidades mejores que el presente.El desencanto puede enseñarnos a mirar con mayor lucidez, pero también volvernos impacientes por encontrar nuevas certezas. Y en esa impaciencia reside uno de los mayores peligros de nuestro tiempo: que después de pagar un alto precio por despertar de un hechizo, terminemos entregándonos, con renovado fervor, al siguiente.luisernestosalomon@gmail.com