Martes, 11 de Agosto 2026

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El derecho a aburrirse

Por: Dra. Isabel Álvarez Peña, Decana de la Facultad de Derecho de la Universidad Panamericana

El derecho a aburrirse

El derecho a aburrirse

Las vacaciones están llegando a su fin, en muchas familias ya comenzaron los preparativos para el regreso a clases, compra de útiles, forrar libros, revisar uniformes y poco a poco volver a la rutina.

Antes de regresar a la vorágine de las clases valdría la pena hacernos una pregunta: ¿hemos permitido que nuestros hijos se aburran? Vivimos una época en la que está mal visto que existan huecos en la agenda de niños y no tan niños. Si un niño tiene una tarde libre, rápidamente pensamos en cómo llenarla clases de inglés, deporte, música.

Y no está mal que un niño tenga actividades extracurriculares, lo que está mal es que nos convirtamos en un “manager compulsivo” de las agendas de nuestros hijos. Valdría la pena recuperar un concepto con poco rigor jurídico, pero con una gran dosis de sentido común: el derecho a aburrirse.

El aburrimiento permite en el desarrollo de toda persona, pero en especial de los niños abrir la puerta a la imaginación, cuando no tenemos todas las actividades diseñadas o cuando no sabemos qué hacer tenemos que descubrirlo. El aburrimiento obliga entre otras cosas a crear y a descubrir. Aburrirse no es perder el tiempo, es dar espacio a la creatividad.

No estoy proponiendo que el aburrimiento se vuelva una obligación, o que descuidemos a los niños, sino de permitir que los niños tengan tiempo que no tenga un propósito productivo inmediato. Podemos preocuparnos tanto por el futuro de nuestros hijos olvidándonos que el presente es su infancia.

Jugar sin un objetivo aparente, también tiene un valor; conversar con los abuelos, con los hermanos, con los papás tiene un valor; mirar por la ventana tiene un valor; observar lo que hacen las hormigas en el jardín tiene un valor; inventar historias tiene un valor.

Quizá uno de los mejores regalos para nuestros hijos en estos últimos días de vacaciones sea no llenarles la agenda, permitámosles decir: “estoy aburrido” y cuando eso suceda no caigamos en la tentación de decirles que hacer.

La protección de la infancia no consiste sólo en evitarles peligros, sino en crear las condiciones para que puedan desarrollar progresivamente su autonomía, su creatividad y su capacidad para tomar decisiones. Y para ello se necesita tiempo.

Antes de que termine el verano quizá podamos regalarles tiempo para que jueguen, para que corran, para que lean, para que se ensucien, para que vean el techo, para que se aburran.

Y para el siguiente ciclo escolar valdría la pena meter en la mochila algo más que útiles, tiempo para que nuestros hijos se aburran y descubran quiénes son.

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