Domingo, 09 de Agosto 2026

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El Ahuizote y Caloca

Por: Luis Ernesto Salomón

El Ahuizote y Caloca

El Ahuizote y Caloca

Es la mañana del 5 de febrero de 1903 en el corazón de la Ciudad de México, a unas cuadras de la Catedral y de Palacio Nacional. Abren los comercios y desde las imprentas cercanas sale el olor penetrante de la tinta fresca.

A la vuelta de San Ildefonso, en la calle de Colombia, funcionan la redacción y los talleres del semanario El Hijo del Ahuizote. Allí se mezclan desde la madrugada papel, tinta, metal y café con el debate. Se producen frases ingeniosas destinadas a viajar dobladas bajo un brazo, para ser leídas sobre una mesa, discutidas en un café o repetidas de boca en boca. Sin nuestros dispositivos ni la inmediatez electrónica, aquellas ideas comenzaban su viaje por la ciudad porfiriana oliendo a tinta fresca.

Aquella mañana, quienes pasan frente a la casa encuentran algo distinto al levantar la mirada.

De los balcones cuelgan telas negras. Varios hombres permanecen detrás de la herrería. Es el aniversario de la Constitución de 1857. Se cumplen cuarenta y seis años de su promulgación y, mientras en otros sitios se pronuncian discursos sobre la República y sus libertades, allí han decidido vestirla de luto.

Cuatro palabras pueden leerse desde la calle: La Constitución ha muerto. Alguien podría objetar que aquello era falso. La Constitución, desde luego, seguía existiendo. Podía invocarse ante un tribunal y su aniversario se celebraba oficialmente. Lo que aquellos periodistas denunciaban era algo más importante: una Constitución puede conservar intactos sus artículos y, sin embargo, comenzar una agonía. Entre ellos estaban los que protegían una libertad especialmente incómoda para el poder: la de expresarse, escribir, publicar y criticar.

El nombre del periódico lo decía casi todo. Ahuizote, en una de las acepciones que adquirió la palabra en la Ciudad de México, es alguien que hostiga, incomoda, no deja en paz. Era una buena analogía de la prensa libre: no pertenecer al gobernante al que ayer pudo favorecer ni guardar silencio ante quien hoy ocupa el poder. Conservar siempre la capacidad crítica.

La Constitución de 1857 había declarado inviolable la libertad de escribir y publicar. Originalmente dispuso además que los delitos de imprenta fueran conocidos por jurados, una salvaguarda frente a la posibilidad de que el propio aparato del Estado terminara juzgando a sus críticos. En 1883 esa protección fue modificada y los delitos de prensa pasaron a los tribunales ordinarios. La libertad continuó escrita; las condiciones para ejercerla comenzaron a estrecharse.

Para 1903, Ricardo y Enrique Flores Magón, Juan Sarabia y otros jóvenes liberales habían llevado El Hijo del Ahuizotehacia una oposición cada vez más abierta. Carecían ya de ingenuidad: conocían las cárceles, los procesos y la vigilancia. Por eso, aquella fotografía fue un editorial desafiante colocado sobre una fachada.

Tres días después, el periódico publicó una caricatura. Una doble página preguntaba: “¿Dónde están nuestros derechos? ¿Dónde la Constitución?” Porfirio Díaz aparecía convertido en “Don Perpetuo”. A sus pies, una figura femenina que representaba a la Constitución yacía víctima de la dictadura. Juárez e Hidalgo contemplaban la escena como espectros de una tradición liberal mexicana que aquellos periodistas consideraban traicionada.

El dibujo decía en una imagen más de lo que un editorial necesitaba explicar en varias columnas. La caricatura, como la fotografía, formaba opinión provocando la sonrisa, la indignación o la reflexión.

La respuesta del poder no tardó. Diez semanas después el local fue nuevamente cerrado y Ricardo y Enrique Flores Magón, Juan Sarabia y varios de sus compañeros enviados a prisión.

La tinta siguió corriendo, para gozo de los lectores, aunque quienes escribían estuvieran encerrados. Duró poco. En junio, los tribunales prohibieron la circulación de publicaciones escritas por Ricardo Flores Magón. La resolución dio a aquella frase colgada de un balcón una resonancia agitadora: quienes habían proclamado que la Constitución estaba muerta terminaban perdiendo precisamente la libertad que la Constitución decía garantizarles.

La caricatura exagera, ironiza, incomoda, hace sonreír y, algunas veces, obliga a mirar aquello que preferiríamos no ver. Un buen cartón es también un editorial.

Lo sabía muy bien Rodolfo Caloca, quien durante más de tres décadas ejerció ese oficio desde las páginas de El Informador y que acaba de dejarnos. Queda su obra, pero también el recuerdo de su profesionalismo, de su calidad humana y de la amistad con la que distinguió a tantas personas, entre las que tuve el privilegio de contarme. Su principio era tan sencillo como exigente: señalar, pero nunca ofender.

Caloca perteneció, quizá sin proponérselo, a aquella larga tradición que viene de El Hijo del Ahuizote. Y tuvo además un compañero inseparable: Aby, el pequeño perro que hizo parte de su firma. Mientras Rodolfo afilaba el lápiz, Aby se asomaba desde el papel como un testigo de las contradicciones del día.

Hoy Aby parece decirnos que una sociedad con vocación democrática, entonces y ahora, debe inquietarse cuando quienes escriben tienen que medir sus palabras por temor al poder; cuando una redacción teme publicar; cuando una autoridad pretende decidir hasta dónde puede llegar una crítica o atribuirse la facultad de determinar qué opiniones pueden circular. Porque las libertades pueden seguir inscritas en una Constitución y, al mismo tiempo, ir perdiendo su esencia.

Han pasado más de ciento veinte años desde aquella mañana. Las imprentas cambiaron, desaparecieron los tipos de plomo y buena parte de nuestras palabras circula ahora por pantallas. Pero permanece el debate sobre la libertad de expresión.mY permanece también la fuerza de algo mucho más sencillo. Un lápiz. Ese mismo objeto humilde con el que generaciones de caricaturistas han observado al poder, exagerado sus gestos, descubierto sus contradicciones y formulado preguntas incómodas. Rodolfo Caloca sostuvo el suyo durante décadas desde las páginas de El Informador. Hoy que le despedimos con afecto, vale la pena recordar también lo que representa su oficio.

Porque mientras una sociedad conserve la libertad de afilar el lápiz y dirigirlo, desde los medios de comunicación y sin miedo, hacia quienes ejercen el poder, su Constitución seguirá respirando.

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