Viernes, 25 de Septiembre 2026

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Diego Petersen: La risa como acto político

Por: Diego Petersen

La risa como acto político

La risa como acto político

A Jabaz, Cucho y Falcón, en agradecimiento por su irreverencia

Lo que comenzó como una broma entre adolescentes —modificar fotografías para hacer un chiste— ahora es un acto de subversión política. El régimen de la llamada Cuarta Transformación está muy preocupado por el efecto que puedan tener los chistes y las fotografías transformadas con inteligencia artificial sobre la imagen del Gobierno y de la Presidenta, al grado de legislar qué está permitido y qué no cuando se trata de reírse de ellos.

Comencemos por refrendar que reírse del poder y, por lo tanto, de las autoridades que lo representan, es un derecho de los ciudadanos, un necesarísimo mecanismo de control y equilibrio del poder. Las restricciones al humor son un signo inequívoco de autoritarismo, porque los autoritarios saben que la risa es una forma de resistencia y, al final, de rebelión.

Pocas cosas molestaban tanto al dictador Porfirio Díaz y luego a los Gobiernos de la era priista como el humor, fuera en forma de cartón político, parodia televisiva o sketch radiofónico. Los casos de censura explícita o reclamos airados de la autoridad y de los poderes fácticos que me tocaron como editor en aquellos años tienen que ver con cartones políticos. En los años noventa, la Secretaría de Gobernación prohibió la circulación de la revista “La mamá del Abulón”, que hacíamos en Guadalajara y que era irreverente de punta a punta. La sacó de circulación no por las abundantes peladeces y vulgaridades, sino por considerar que un cartón que mostraba al presidente Salinas, con cara de loco y gritando “ya quiero tirar la hueva”, era ofensivo para la investidura presidencial. La revista circuló subrepticiamente en los tianguis culturales, particularmente en el del Chopo, en la Ciudad de México. El cardenal Juan Sandoval Íñiguez usó todo su poder como cardenal para censurar y bloquear al cartonista Manuel Falcón porque, decía, lo pintaba muy feo.

Son famosas las suspensiones a Manuel “El Loco” Valdés por sus chistes políticos que molestaban al presidente en turno. Lo más censurado y vigilado por los editores eran, y siguen siendo, los cartones políticos, no los textos. Cuando una caricatura pega, el resultado es demoledor, porque no hay razonamiento, dato o réplica que funcione frente al humor. Los políticos y sus asesores de comunicación lo saben y, por eso, los detestan. Hoy el humor político circula en forma de memes y a través de las redes sociales. Son inmediatos y están fuera del sistema de medios. No basta con una llamada, porque no hay a quién llamar, por lo que salen del control de la ley de medios y de los operadores. Por eso Morena está tratando de legislar el uso de símbolos e imágenes gubernamentales.

De entrada, la identidad gráfica y los logos no pueden ser tratados como propiedad intelectual ni derechos de autor. Lo que puede sancionarse, en todo caso, es el uso fraudulento al ponerlos en documentos que se quieren hacer pasar como oficiales. Usar el logo de la Presidencia de la República o de alguna secretaría para reírnos de lo que sea no pone en riesgo a la nación ni constituye un fraude. Ese tipo de regulaciones con penas de cárcel nada tienen que ver, pues, con el Tratado de Libre Comercio, como se ha esgrimido, sino con un afán de controlar contenidos y solo existe en países con gobiernos dictatoriales como China, Corea del Norte, Venezuela, Irán, Rusia o Cuba, no en países democráticos. Obligar a las plataformas a la censura previa es también un despropósito. Sacar de circulación contenido que utilice logos de gobierno va a generar mecanismos de censura que atentan directamente contra la libertad de expresión y es algo muy típico de los países antes mencionados.

Controlar las redes y la difusión de memes es una señal, una más, del autoritarismo rampante de este régimen que se dice hijo del 68, pero ya se olvidó de aquello que tanto cacareaban: “prohibido prohibir”. Reírse de los despropósitos de la clase gobernante es hoy, como lo fue en los años del régimen de partido hegemónico o en la dictadura porfirista, un acto político.

diego.petersen@informador.com.mx

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