Jueves, 23 de Julio 2026

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Nicaragua y la izquierda dictatorial

Por: Diego Petersen

Nicaragua y la izquierda dictatorial

Nicaragua y la izquierda dictatorial

Daniel Ortega llegó al poder tras una revolución. La rebelión nicaragüense derrocó al dictador Anastasio Somoza después de una larga y dolorosa lucha armada el 17 de julio de 1979. El entonces joven comandante del Frente Sandinista de Liberación Nacional, Daniel Ortega, tomó la capital y el poder dos días después en medio de una gran expectativa de cambio. En aquella primera junta de gobierno de transición lo acompañaron el escritor Sergio Ramírez, la periodista Violeta Barrios de Chamorro, Alfonso Robelo y Moisés Hassan, así como Tomás Borge como ministro del Interior y dos hermanos sacerdotes de apellido Cardenal, Fernando, jesuita, al frente de la educación del país y Ernesto, poeta y miembro de la orden de los trapenses, como ministro de cultura.

Tal como habían prometido, la junta llamó a elecciones seis años después. Daniel Ortega, llevando en la fórmula como vicepresidente a Sergio Ramírez, se convirtió en presidente electo en 1984 con 66 por ciento de los votos. Tras seis años de un gobierno bastante desastroso fue derrotado por Violeta Barrios de Chamorro y los sandinistas desplazados del poder. 16 años después, un Daniel Ortega reconvertido y un sandinismo radicalizado retoma el poder por la vía electoral en 2006, se reeligió en 2011, cambió la Constitución para poder reelegirse eternamente en 2017 y desde entonces gobierna al lado de su esposa Rosario Murillo, que primero fue electa como vicepresidenta, y en febrero de 2025 cambió su nombramiento por el absurdo título de “copresidenta”.

Ortega acumula ya 37 años en el poder, casi los mismos que su némesis Anastasio Somoza, que alcanzó los 40. Junto con Murillo se han convertido en una de las dictaduras más férreas y represivas de Latinoamérica, y esta semana, en un discurso memorable por antidemocrático, el otrora comandante revolucionario dijo que para evitar cualquier riesgo de derrota electoral cancelaría las elecciones que, si bien eran poco equitativas y controladas por un ministerio de interior terrorífico y represor con María Amelia Coronel Kinloch al frente, mantenía la apariencia de un país con elecciones.

La gran tragedia de los nicaragüenses era que a ningún otro país de la zona parecía importarle gran cosa la monstruosidad en la que se había convertido el régimen de la pareja presidencial. Con la absurda declaración, el presidente Ortega se asumió como parte de la izquierda dictatorial latinoamericana y logró lo que no había pasado en años: que los países de la región voltearan a ver a Nicaragua con preocupación. Solito Ortega se puso en la mira de un gobierno estadounidense ávido de victorias mediáticas y de construir enemigos.

Al igual que con los venezolanos y los cubanos, la pregunta es quién, en esta historia de terror, piensa en los nicaragüenses.

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