Un sinnúmero de publicaciones en redes sociales y medios de comunicación reaccionaron ante la Encuesta Intercensal del INEGI de manera estereotipada y desproporcionada. La frase más común era: “Las mujeres ya no quieren tener hijos”. Y pues sí, las mujeres paren a las infancias, pero decidir tenerlas no es solamente una determinación de las mujeres, sino de personas, parejas o familias. Tener hijos/as no es solo decisión de las mujeres. Sin duda, esta es una realidad mundial que tiene que ver con los modelos de gobernanza y la desigualdad estructural.Pero ¿quién piensa que es sostenible y seguro traer personas al mundo cuando el mundo no te da certezas y condiciones de seguridad para educarlas o generarles condiciones de bienestar? De acuerdo con BBVA, con datos de un estudio del Tec de Monterrey, tener un hijo o hija desde el momento de su nacimiento hasta los 18 años implica los siguientes costos promedio: entre 36 mil y 90 mil pesos en ropa, hasta 3 millones 200 mil pesos en alimentos y aproximadamente 3 millones 500 mil pesos en educación. Todo esto implicaría un costo corriente de entre 5 mil y 12 mil pesos mensuales. A eso súmele la desigualdad estructural en la que crecen las infancias en México y el mundo y que depende del nivel socioeconómico.Hace unos meses, Mario Delgado, secretario de Educación, dijo: “Los niños que no nacen no van a la escuela”, lo anterior al hablar del proceso de envejecimiento de la población y de la falta de necesidad de construir más planteles educativos en México. Y da risa la frase, pero pues es cierto: México está envejeciendo de manera acelerada ante la baja tasa de nacimientos del país. Seremos una nación longeva dentro de algunos años. La gran pregunta es: ¿cómo debemos entonces prepararnos para enfrentar este proceso de envejecimiento?De acuerdo con diferentes voces expertas y con quienes hemos luchado desde hace muchos años por la conformación de un Sistema Nacional de Cuidados, una política integral de cuidados sería el marco más pertinente para enfrentar los procesos de envejecimiento. Lo primero que implicaría este sistema es hacer cambios no solo en el sistema de salud, sino incluso en la formación de especialidades médicas enfocadas en la adultez y en el costo de las enfermedades crónico-degenerativas de larga duración. Lo anterior incluye programas sociales, de salud y de bienestar emocional y mental diseñados como procesos preventivos en la construcción del envejecimiento activo. La transformación de los sistemas y del ecosistema de salud implica una inversión muy fuerte de dinero público para alcanzar 6% del PIB, recomendación de la Organización Mundial de la Salud.El Estado tendría que tener en mente una necesaria reforma fiscal progresiva que permita modificar la economía y los sistemas de protección social desde los cuales se accede a la pensión y/o la jubilación. Esto, a su vez, implica repensar las estrategias contributivas y los esquemas de ahorro, junto con el fortalecimiento de las estrategias sociales que permitan prevenir y combatir la pobreza en el segmento de las personas adultas mayores. Para que todo esto pase, el trabajo y los empleos tienen que cambiar de manera drástica y ahí también está implicada la voluntad de cambio y transformación de la iniciativa privada y el mercado.Para proyectar los desafíos de la longevidad en el país, la infraestructura y las ciudades también tienen que cambiar. De tener centros de cuidado infantil, tendríamos que pensar en tener centros de día para adultos mayores. Las ciudades deben ser transitables y su movilidad tendrá que ser pensada en función de la longevidad. La vivienda se tiene que adecuar a las necesidades de las personas mayores y de aquellas con alguna condición de dependencia.Hoy, en México, envejecer es un proceso atravesado por la clase social y el nivel socioeconómico, porque en los procesos de envejecimiento se acumulan profundas desigualdades estructurales que se viven a lo largo de la historia de las personas. Envejecer con dignidad implica considerar la autonomía y la calidad de vida en entornos de equidad, incluyendo combatir el edadismo como proceso discriminatorio que viven las personas mayores en México y el mundo. No es solo que las personas no quieran tener hijos, es que el país enfrenta el enorme reto de cambiar su diseño y arquitectura institucional para reconfigurarse de cara a nuestro inminente envejecimiento, para el cual el Estado no está preparado.