No hay que darle muchas vueltas. El aumento del reclutamiento forzado de menores y jóvenes por el crimen organizado responde, en buena medida, al auge de las redes sociales y los videojuegos multijugador en línea.¿Cuántas de estas redes y videojuegos conoces? Facebook, Instagram, TikTok, WhatsApp, YouTube, Discord, Telegram, Minecraft, Free Fire, Roblox, Fortnite y Grand Theft Auto. Y hay más…Todas estas plataformas digitales se convirtieron en el conducto principal para contactar a menores y jóvenes con ofertas falsas o explícitas de empleo en una organización criminal.Dos factores están detrás del enganche de adolescentes: el desconocimiento del mundo criminal y la manipulación adictiva de las redes. Comienzo por lo segundo.Las redes sociales provocan una comparación social crónica con estándares de belleza y éxito inalcanzables. Funcionan como un circuito interminable de validación social.El bombardeo constante de estos estándares de prestigio moldea los deseos e identidad en la construcción del menor. La narcocultura y las estrategias propagandísticas del crimen generan patrones y estilos de vida que un cerebro inmaduro desea imitar.Las infancias y juventudes están ansiosas por tener todas esas oportunidades y recursos dentro de una sociedad que les plantea un ideal de éxito, pero no los medios idóneos para alcanzarlo. Ahí entra la oferta del crimen como un camino abreviado, mortal y falso.La virtualidad es un campo minado al que se suma otro fenómeno: el desconocimiento de las y los menores acerca de lo que vivirán dentro del mundo delictivo a donde entran vivos, pero sólo pueden salir muertos.Por testimonios de víctimas que lograron escapar, sabemos que los reclutas son expuestos a ejercicios extenuantes y suplicios: los tablean y golpean ante cualquier descuido o error. El asesinato, el desmembramiento y el canibalismo son parte del adiestramiento. También las peleas por diversión hasta la muerte como ocurrió con los jóvenes desaparecidos de Lagos de Moreno. Además de privaciones elementales: alimento, agua, cobijo.Todo esto ignoran quienes son atrapados en una red criminal y enganchados a través de una red social. A tal grado lo desconocen, que las víctimas han llegado a mostrar enfado al ser rescatadas, como si se les hubiera arrebatado una oportunidad. Hasta que viven las torturas y el entrenamiento cruel entienden en dónde están. Por eso Jorge Ramírez, investigador de la UdeG, ha llamado “escuelas de la muerte” a estos centros de reclutamiento como el encontrado en el Rancho Izaguirre.Enfrentar este fenómeno requiere una regulación estricta de las redes sociales pues, al menos en México, el argumento sobre una posible restricción a la libertad de expresión no puede estar por encima de la libertad que tienen los criminales para usar esos medios de reclutamiento.También se requieren verdaderas campañas de prevención a la altura de las estrategias de cooptación sofisticadas que usa el crimen. Esto incluye estudios de mercado, mensajes segmentados por edad, videos verticales y estrategias de difusión multiplataforma.Para desafiar al algoritmo se requiere mucho, muchísimo más que sólo infografías en redes sociales como las que promueve el gobierno en sus páginas oficiales.P.D. Las ideas centrales de este texto son de Elena Azaola, antropóloga y psicoanalista, cuya conferencia “El reclutamiento forzado en México” he referido en las últimas dos columnas, y que próximamente estará disponible en el canal de YouTube @QuintoElementoLab.