Miércoles, 24 de Junio 2026

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Cuando solo nos falta una pieza

Por: Ricardo Villanueva

Cuando solo nos falta una pieza

Cuando solo nos falta una pieza

Hace unas semanas decidí sumarme a la iniciativa de mis hijas y sobrinos de convertirme nuevamente en coleccionista durante un Mundial. Esta vez no fue con el tradicional álbum de estampas, sino con una colección de 52 simpáticos monitos que vienen dentro de sobres cerrados y cuyo contenido sólo se descubre al abrirlos. Después, cada figura encuentra su lugar en un álbum coleccionador.

Mientras escribo estas líneas me falta una sola pieza para completar la colección: Países Bajos. Podría parecer un problema menor. Después de todo, se trata únicamente de una pequeña figura de plástico. Sin embargo, esa pieza que me falta me ha hecho reflexionar mucho más de lo que imaginaba sobre una de las capacidades más extraordinarias de nuestra especie: la colaboración.

Durante años hemos escuchado que la inteligencia, la fuerza o la tecnología son las razones que explican el éxito de la humanidad. Pero cada vez más estudios coinciden en que nuestra verdadera ventaja evolutiva fue otra: la capacidad de cooperar con personas que no pertenecen a nuestro círculo más cercano.

Los seres humanos no somos los más rápidos, ni los más fuertes, ni los más grandes. Lo que nos hizo dominantes fue nuestra capacidad para construir redes de colaboración.

Curiosamente, el álbum del Mundial o una colección de monitos terminan demostrando exactamente lo mismo. La primera etapa de cualquier colección es profundamente individual. Consiste en comprar sobres, abrirlos con emoción, ordenar las piezas y avanzar poco a poco. En esa fase parece que la ventaja la tiene quien puede comprar más sobres.

Pero conforme la colección se acerca a completarse, las cosas cambian. Las piezas repetidas comienzan a acumularse y las que faltan parecen cada vez más inalcanzables. Seguir comprando sobres ya no es eficiente. La probabilidad de encontrar exactamente la pieza que falta disminuye y los costos aumentan.

En mi caso, la pieza que me falta vale apenas 20 pesos. Sin embargo, conseguirla por mi cuenta resultaría muy costoso. Hice el cálculo. Si siguiera comprando sobres, necesitaría comprar el equivalente a una colección completa adicional para tener apenas un poco más de un 60% de probabilidad de encontrar exactamente la pieza que me falta. Y aun así, podría no aparecer. Para acercarme a la certeza tendría que invertir varios miles de pesos.

La matemática termina revelando una paradoja fascinante: aquello que vale 20 pesos puede volverse extraordinariamente caro cuando intentamos conseguirlo en soledad.

La sociología, en cambio, ofrece una solución mucho más elegante: encontrar a alguien que tenga una repetida…. para intercambiar, para colaborar. Ahí deja de ganar quien compró más sobres.

De pronto surgen grupos de intercambio, conversaciones con desconocidos y cadenas de ayuda entre personas que persiguen el mismo objetivo. Y así empieza a ganar quien construyó mejores relaciones, quien tiene más amigos, quien está dispuesto a intercambiar, quien ayuda a otros a completar sus colecciones. Gana quien entiende que algunas metas son demasiado difíciles para alcanzarlas en solitario.

Durante las últimas semanas he visto centros comerciales llenos de madres, padres, hijas, hijos, abuelos y amigos intercambiando figuras. He visto niños aprender a negociar, a compartir y a colaborar. He visto conversaciones entre personas que probablemente nunca se habrían conocido de otra manera.

Y no pude evitar pensar en la paradoja de nuestro tiempo: mientras pasamos horas conectados a plataformas diseñadas para acercarnos, un álbum o una pequeña colección están logrando algo que muchas veces la tecnología no consigue: reunir físicamente a las personas para ayudarse mutuamente.

Quizá el verdadero valor de los álbumes, las estampas y las colecciones no está en completar una página o conseguir la última pieza. Quizá su mayor enseñanza es recordarnos que las metas más importantes rara vez se alcanzan solos. Y que detrás de cada colección completa existe una red invisible de personas que decidieron colaborar para lograrlo.

Mientras observaba a tantos niños intercambiar figuras junto a sus padres, pensé que quizá estaban aprendiendo algo más importante que completar una colección. Estaban aprendiendo cómo debería funcionar la sociedad.

Porque una sociedad no es otra cosa que millones de personas descubriendo que juntas pueden lograr cosas que individualmente resultarían demasiado costosas, demasiado lentas o simplemente imposibles.

Quizá por eso me gusta tanto ver las plazas comerciales llenas de familias buscando la pieza que les falta. En un momento histórico en el que hablamos constantemente de inteligencia artificial, algoritmos y tecnologías cada vez más sofisticadas, miles de niños están redescubriendo una tecnología mucho más antigua y poderosa: la colaboración humana.

Mientras termino esta columna, Países Bajos sigue siendo la única pieza que me falta. Pero quizá después de escribir esta columna eso ya es lo menos importante.

La pieza más valiosa de cualquier colección nunca es la última que nos falta.

La pieza más valiosa de una colección es reconocer que podemos ayudar a muchos a encontrar la suya y que todavía necesitamos a los demás para encontrar la nuestra.

La pieza más valiosa de una colección es vivir colaborando.

twitter.@rvillanueval
 

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