En la mesa de un restaurante, cuatro personas conversan. La escena cambia en segundos. Un teléfono sobre la mesa se ilumina. Quien lo mira sonríe ante el mensaje que acaba de recibir y responde con un corazón. Otro dispositivo vibra: anuncia una oferta que terminará en cinco minutos. El tercero recibe una llamada, se levanta y se aleja en busca de un poco de privacidad. El cuarto, de pronto solo frente a los platos y los vasos, toma su teléfono y comienza a recorrer las redes sociales.Los cuatro continúan alrededor de la misma mesa, pero cada uno está ya en otra parte. La conversación no terminó. Simplemente fue desplazada. Lo lejano consiguió imponerse.No hay necesariamente descortesía ni desinterés, sino algo más poderoso: una sucesión de estímulos que reclama respuesta inmediata. Un deseo de inmediatez comienza a envolver nuestra vida como un torbellino. La velocidad empieza a modificar nuestra conducta y, con ella, aquello a lo que concedemos importancia.Hace unos días, sentado en ese restaurante, encontré precisamente en uno de esos dispositivos una referencia a la distinción que hacían los griegos entre diferentes formas del deseo. Una de ellas me pareció particularmente sugerente para comprender nuestro tiempo.La llamaban Hímeros: el deseo que despierta aquello que está presente, lo que aparece ante nosotros y provoca una atracción que busca satisfacerse. Su territorio es la intensidad del instante.Una palabra tan antigua parece describir con sorprendente precisión un fenómeno de nuestro tiempo. Hímeros no necesita duración para ser intenso. Aparece, nos atrae, puede satisfacerse y extinguirse rápidamente. Lo veo, lo quiero; cuando deja de ocupar mi atención, otra cosa está lista para ocupar su lugar.Lo novedoso no es ese impulso. Es tan humano como antiguo. Lo verdaderamente nuevo es la formidable capacidad que hemos construido para estimularlo sin descanso.Nunca habíamos tenido tantos instrumentos para colocar una presencia detrás de otra ante nuestros ojos. Se ha creado así una necesidad inducida de acumular experiencias rápidamente: conocer lugares, probar restaurantes, ver series, escuchar conversaciones, comprar objetos, viajar, opinar, fotografiar y compartir. Vivir algo, registrarlo y avanzar hacia lo siguiente.No necesariamente porque la experiencia anterior se haya agotado, sino porque ya apareció otra reclamando nuestra atención.Y entonces comenzamos a medir. Seguidores, vistas, reproducciones, likes. Lo cuantificable adquiere una apariencia de importancia. Una imagen que provoca miles de reacciones parece valer más que una conversación que necesita tiempo; una frase contundente puede imponerse sobre un razonamiento que exige detenerse.Incluso el humor profundo, irónico o sarcástico —ese que continúa trabajando dentro de nosotros después de la sonrisa— compite con la ocurrencia instantánea destinada a desaparecer con el siguiente movimiento del dedo sobre la pantalla.El riesgo está en confundir lo que llama nuestra atención con lo que merece nuestra atención. Entonces la jerarquía de las cosas se altera. Lo llamativo desplaza a lo importante. Lo urgente parece más grave que lo trascendente. La intensidad de la reacción termina confundiéndose con la importancia del acontecimiento. La verdad, el contexto y la reflexión tienen una desventaja evidente: necesitan tiempo.Y quien se detiene corre el riesgo de desaparecer del flujo.Quizá por eso resulta interesante que otra palabra antiquísima haya regresado al lenguaje contemporáneo con un significado renovado: aura.En su origen, aura era aire en movimiento, soplo, brisa. Algo que no podemos sujetar con las manos, pero cuya presencia percibimos cuando pasa sobre nosotros. Con el tiempo, la palabra terminó sirviendo también para nombrar esa impresión difícil de definir que parecen desprender ciertas personas, lugares u obras.La idea es hermosa: el aura no necesita anunciarse. Simplemente emana.El aura originalmente surgía; ahora pretendemos fabricarla. Hemos pasado de percibir una presencia a construir estrategias para ser percibidos.No hay necesariamente algo frívolo en esa búsqueda de visibilidad. Muchos desafíos, gestos o exhibiciones que vemos en las redes pueden contener una necesidad profundamente humana: mírame, esto puedo hacer, aquí estoy. Una afirmación de individualidad y de mérito; quizá incluso una búsqueda de presencia frente a la paradójica soledad del mundo digital.El problema comienza cuando la percepción producida empieza a sustituir lo que somos. El acontecimiento de ayer se vuelve insuficiente ante la necesidad de producir el de mañana. La atención exige otra escena, y después otra.Aparece entonces el verdadero problema: el discernimiento.La capacidad de distinguir entre aquello que aparece ante nosotros y aquello que verdaderamente importa; entre lo que reclama una reacción y lo que merece una reflexión; entre lo que nos impresiona durante unos segundos y aquello que puede transformar nuestra vida o la de los demás.Porque en esa disputa permanente por nuestra atención somos nosotros quienes entregamos el bien más escaso: nuestro tiempo, un fragmento precioso de nuestra vida.Quizá por eso resistir al vértigo de lo inmediato no consiste en renunciar al deseo, a la tecnología ni a la intensidad de vivir. Consiste en recuperar la posibilidad de elegir qué merece nuestra atención y cuánto de nuestra vida estamos dispuestos a concederle.Hay experiencias que sólo adquieren sentido cuando duran. Ideas que necesitan silencio. Conversaciones con pausas. Amistades sin métricas.Y hay personas cuyo verdadero valor quizá sólo descubrimos cuando nos detenemos. Cuando volvemos a observar, sin prisa, desde una mesa, lo que tenemos delante.Entonces, tal vez, podamos sentir otra vez aquella brisa. Su aura.luisernestosalomon@gmail.com