Ayer pagué una multa municipal en Guadalajara por una falta que cometí, es decir, bien merecida y justa. No vale la pena dar más detalles: importa más la reflexión que me dejó.Cometí esa infracción al reglamento -pese a todas las atenuantes que expuse en mi defensa- porque en el fondo descreí de las instituciones.Todos los días atestiguamos pruebas de la ineficiencia gubernamental y la desobediencia a las normas: el agua sucia, el semáforo que nadie respeta, la desaparición impune, el desarrollo chueco, el changarro adueñándose de la banqueta. Y no pasa nada.Bueno, a veces sí pasa. Y es lo mejor que nos puede ocurrir como sociedad.Para explicar mi punto usaré el concepto de anomia, usado por Émile Durkheim, sociólogo francés de finales del siglo antepasado. Estoy seguro de que al explicar el término -sí, suena pomposo- lo identificarán de inmediato.La anomia, según Durkheim, ocurre cuando han perdido valor las normas que regulan las relaciones y el comportamiento de una sociedad. En otras palabras, hay una decadencia de los controles a los que se someten los individuos para fijar límites y una sana convivencia.Otros autores lo han definido como un “estado de ánimo” en donde está roto el sentido de cohesión social de las personas. Esto tiene una grave consecuencia: ante la ausencia de normas y estabilidad, se genera una sociedad desorganizada y fragmentada.Los deseos e impulsos del individuo se desbocan. Sin reglas que se cumplan ya no hay forma de distinguir lo justo de lo injusto; el deber del derecho; la responsabilidad de la omisión.En una situación anómica desaparece la cooperación y el sentido de comunidad: la falta de límites a la acción individualista hace que prevalezcan los intereses personales sin considerar al grupo.Entonces cobran fuerza el egoísmo y la brutalidad. Un individuo puede ser “funcional”, pero vivir sumergido en una miseria moral que le impide entender su función en el grupo. Otros prefieren el aislamiento rencoroso, incapaces de mostrar una mejor cara que el gesto adusto del infeliz rutinario que se levanta, trabaja, pasea al perro, pero carece de una misión que le dé sentido a su vida.Durkheim fue un sociólogo que analizó este fenómeno en los inicios de la modernidad, pero su concepto, retomado en discusiones actuales, sirve para entender esas alarmantes señales de desregulación en la que hemos caído como sociedad.Desde un Gobierno que emplea la fuerza bruta en lugar del diálogo para impulsar un desarrollo de vivienda hasta el ciudadano que decidió que ninguna norma está por encima de su engorilada voluntad.Hacer lo correcto después de cometer una falta da una sensación de que las instituciones funcionan. Y que si uno cumple, en última instancia, los demás también deben cumplir para evitar la anomia. El grupo está a salvo y es más fuerte que la miseria individual de unos cuantos.El Gobierno a veces sí hace su trabajo. Y es reconfortante saber que todavía hay reglas y hay que cumplirlas o pagar. Esto paradójicamente me devuelve la confianza en las instituciones. Todo lo contrario a la anomia.Cumplamos las reglas. Y si las rompemos, lo mejor que puede pasarnos es que alguien nos recuerde que la ley se hizo para cumplirse.