Hay algo especialmente valioso en que personas que no piensan igual sean capaces de ponerse de acuerdo. Y algo que muchos compartimos, a pesar de nuestras múltiples perspectivas, es la convicción de que América Latina tiene por delante una oportunidad de crecimiento que no puede desaprovechar.Quizás eso es lo que más destacaría del reciente informe 'Rupturas y oportunidades', impulsado por la CEPAL (Comisión Económica para América Latina y el Caribe de Naciones Unidas). Más allá de sus propuestas y de los desafíos que identifica, el propio proceso ofrece una lección para la región: cuando existe una voluntad real de construir, las diferencias ideológicas no tienen por qué impedir el entendimiento.Los expresidentes de Chile, Michelle Bachelet, y de Colombia, Iván Duque, junto a un grupo de referentes internacionales, han definido un diagnóstico común y planteado herramientas para que América Latina y el Caribe aprovechen mejor sus fortalezas.Lo hicieron junto a otros 13 comisionados de tradiciones políticas distintas y tras más de un año de trabajo: el informe identifica ocho rupturas que están transformando el orden de mundial, de la erosión del multilateralismo al avance de la inteligencia artificial, y plantea 10 propuestas concretas entre ellas las Coaliciones de países dispuestos avanzar en comercio, integración eléctrica o el combate coordinado al crimen organizado.Y esto importa especialmente en una región que tiene mucho que ofrecer al mundo: recursos estratégicos —incluidos minerales críticos—, alimentos, biodiversidad, agua, energías renovables, talento y un mercado de más de 660 millones de personas. Pero disponer de estos activos no garantiza, por sí solo, prosperidad. Hay que convertirlos en inversión, empleo, innovación y oportunidades para la ciudadanía.Para ello hacen falta políticas adecuadas, instituciones sólidas, cooperación regional, capacidad de ejecución y el apoyo de los empresarios. Pero también algo menos tangible y, probablemente, más difícil: un cierto consenso sobre hacia dónde queremos ir.Haber acordado un diagnóstico y 10 propuestas no garantiza su ejecución. Convertirlas en política pública, exigirá voluntad, sostenida en gobiernos con agendas, plazos y prioridades distintos y ese es quizás el verdadero examen que le espera a la región.No hablo de uniformidad. América Latina es diversa, y esa diversidad es una de sus grandes riquezas. No necesitamos que todos los países, ni todas las personas, piensen igual. Necesitamos identificar aquello que compartimos y potenciarlo, incluso cuando discrepamos sobre cómo hacerlo.La coyuntura internacional hace que esta necesidad sea todavía más evidente. El mundo está atravesando una profunda transformación geopolítica, económica y tecnológica. Las reglas que durante décadas parecían relativamente estables están cambiando. En este nuevo escenario, ninguna región puede permitirse actuar de manera aislada o renunciar a sus propias capacidades.América Latina puede y debe ganar relevancia. Pero para hacerlo tendrá que mirar más hacia sí misma y, al mismo tiempo, proyectarse con mayor ambición hacia el exterior. Integrar sus mercados, fortalecer sus cadenas de valor, atraer inversión, impulsar la innovación y aprovechar de forma sostenible sus recursos son algunas de las vías para transformar sus ventajas en crecimiento.También será necesario fortalecer las instituciones y recuperar algo imprescindible para cualquier proyecto de largo plazo: la confianza.Desde mi experiencia como presidenta del Consejo Empresarial Alianza por Iberoamérica (CEAPI), conozco la disposición del sector privado iberoamericano para desempeñar un papel fundamental en ese proceso. Las empresas no solo generan actividad económica y empleo. También crean vínculos entre países, conocen realidades distintas y pueden contribuir a tender puentes allí donde el diálogo institucional no siempre resulta sencillo.Esta experiencia me ha permitido comprobar algo parecido desde otro ángulo, en mi otra responsabilidad al frente de una consultora de comunicación y posicionamiento estratégico a la que CEPAL confió la presentación de este informe en Santiago de Chile. Haber acompañado este proyecto ha permitido vivir de cerca el valor de poner en circulación una conversación que nace, precisamente, del encuentro entre sensibilidades diferentes.Porque la comunicación, cuando está al servicio de un propósito, es mucho más que visibilidad. Puede ayudar a conectar voces, acercar perspectivas y generar espacios para que las ideas se encuentren. En este caso, además, nos ha permitido trabajar con un equipo internacional y llevar ese mensaje a toda Iberoamérica.Para mí, ese es también el sentido más profundo de todo lo que hago: ayudar a que las buenas ideas encuentren interlocutores, generar conversación allí donde es necesaria y contribuir a tender puentes entre quienes tienen algo que aportar. Y ese es también uno de los aprendizajes que nos deja este informe.En tiempos de polarización, necesitamos reivindicar el valor del diálogo. En tiempos de incertidumbre, necesitamos visión. Y ante un escenario internacional cada vez más competitivo, necesitamos cooperación.América Latina no parte de cero. Tiene recursos, talento, empresarios, instituciones, universidades, emprendedores y una enorme capacidad para generar oportunidades. Lo que está en juego es si será capaz de articular todo ese potencial y convertirlo en una estrategia compartida.La oportunidad está ahí y es demasiado importante como para abordarla desde la división. Porque cuando somos capaces de superar diferencias y construir consensos, América Latina puede construir su propio futuro.