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Domingo, 18 de Noviembre 2018

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Tormentos chinos

Por: Antonio Ortuño

Tormentos chinos

Tormentos chinos

Para cuando usted lea esta líneas, querido lector, es probable que ya sepa si el Atlas avanzó o no en la Liguilla del futbol mexicano, en la cual le tocó enfrentar al Monterrey, el llamado “súper líder” de la fase regular. Escribo esto antes de que siquiera ocurra el primer partido de la serie, por lo cual no podrá acusárseme de acomodar mis opiniones al resultado. Así que me limitaré a referir aquí la serie de motivos por los cuales, pese a que he sido partidario de las Chivas durante toda mi vida (y lo seré, ya sin remedio, por lo que me quede), deseo que el Atlas haya ganado esta vez.

A ver: buena parte de mis amigos son atlistas. Me enteré tarde de ello, porque la mayoría fueron, en la etapa en que los conocí, bastante esquivos para confesarlo. No, no todos los aficionados del Atlas tienen la fuerza de carácter como para soportar las burlas continuas y más o menos sangrientas que se les hacen todos los días y repetir sin cesar aquello de “Soy del Atlas aunque gane” o “No vivo de copas...” con que se identifican los atlistas más recalcitrantes. Muchos prefieren conservar su afición en la esfera de la intimidad y no darla a conocer más que en ambientes seguros. Y otros tratan de no comprometerse ni siquiera entre amigos y lanzan comentarios al aire del tipo de “No sigo mucho el futbol pero me gusta la camisa rojinegra, por los colores”, hasta que el grito se les desborda en mitad de un partido y se descubren como lo que son.

Hay que reconocer que, a lo largo de los años, el Atlas ha exigido de sus aficionados una lealtad descomunal, que se refrenda con cada derrota. Mis amigos atlistas han padecido tormentos dignos de un santo cristiano, de esos a los que los paganos metían en ollas de aceite o desmembraban. Y lo han hecho con una paciencia y un sentido del humor notables. Uno de los más cercanos, que se divorció a los pocos meses de haberse casado, por una serie de problemas que fueron de lo anímico a lo financiero, nos decía, con bastante presencia de ánimo: “Obviamente mi ex mujer se quedó con el depa, los perros y la pensión. Y yo me quedé chiflando en la loma, como buen atlista”. No me digan que esto no es muestra de un temple excepcional.

A un viejo profesor, que fue vecino nuestro por años, le detectaron diabetes justo el año en que acababa de jubilarse con una pensión bastante mediocre. A los pocos meses tuvo que sufrir la amputación de su pierna derecha. Me lo topé afuera del hospital, la tarde en que lo dieron de alta, y lo ayudé a conseguir un taxi. Su mujer, abatida, me ayudó a subirlo al asiento trasero. “Soy jubilado, tengo diabetes, me quedé con una sola pata. ¿Pero saben qué? Todo se me hace poco. Soy del Atlas”. Nos lo dijo con una sonrisa radiante. Ese profesor (ha fallecido hace años) era, qué duda cabe, un valiente.

La obcecación con la que han resistido tantos años de derrotas es el mejor síntoma de la fe del atlista ortodoxo. El aficionado de hueso colorado del Atlas se queja de sus jugadores y sus dirigentes pero no se aleja. Se obceca más. Y los otros, los que prefieren no sufrir, regresan al mutismo, al disimulo, a no hablar de futbol por el dolor que les causa. Pero tampoco dejan de creer.

Si con un gol los he visto enloquecer de felicidad, con un título saltarían como conejos. Ojalá algún día, sea este año o alguno venidero, puedan festejarlo.

DR

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