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Martes, 14 de Agosto 2018

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Tapalpa

Por: José M. Murià

Tapalpa

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No tiene nada de raro que, de esta colorida y altiva sierra de Tapalpa, su cabecera natural, que es la población del mismo nombre, haya sido la primera en todo el Estado Libre y Soberano de Jalisco en recibir el nombramiento de “Pueblo Mágico”. Ello ocurrió en 2002. No es tan solo resultado de su belleza y de la armonía de su arquitectura serrana, también tiene mucho que ver con el corazón y los brazos de sus pobladores, siempre abiertos a los visitantes que se acogen bajo uno de los cielos más estrellados y azules que se puede uno imaginar.

Por su nombre, absolutamente indígena, podemos suponer que Tapalpa cuenta con residentes aún desde antes de la conquista española que, como se sabe, se hizo a sangre y a fuego por instrucciones del propio conquistador de Tenochtitlán, Hernán Cortés. De ahí que, hasta finales del siglo XVIII, los llamados Pueblos de Ávalos, entre los que se cuenta Tapalpa, pertenecieron al Reino de la Nueva España y no al de Nueva Galicia. Ello quiere decir que, políticamente dependían de la lejana Ciudad de México y no de la cercana Guadalajara.

¿En qué se basó principalmente la vida tapalpeña hasta mediados del siglo XIX? Pues en su localización estratégica en lo que entonces era el camino que introducía al “Llano en llamas” de Juan Rulfo y a la feraz agricultura de Tuxcacuesco y sus alrededores.

Así el municipio de Tapalpa aparece consignado dentro del departamento de Sayula desde 1824 y, claro, perdió su condición edilicia cuando el centralismo se impuso en la República Mexicana y suprimió la mayor parte de sus Ayuntamientos.

Hay un remanso en el que se queda Tapalpa un tanto marginada debido a una reestructura de las vías de comunicación, quedando en cierta medida atenido a las propias fuerzas y recursos de la localidad. Hasta que, a fines del siglo XX, Luis Enrique Bracamontes, oriundo orgullosamente de esta población, en su condición de secretario de Obras Públicas, se las ingenió para que se desprendiera de la nueva carretera hacia el Sur de Jalisco el ramal de unas ocho leguas de distancia que sube a la sierra de Tapalpa, a partir de Tepec, y dio pie a que empezara a llegar cómodamente un mesurado turismo de fin de semana atraído por lo que todos ya sabemos, la esplendida serenidad que mucho aprecia quien vive la agitación urbana.

De hecho, Guadalajara quedó a menos de dos horas de distancia de este lugar, que supo ir reconstruyendo su nueva función sin perder de vista el cuidado que debía tener por el respeto a su ambiente natural y físico. El resultado ahí está: su condición de “Pueblo Mágico”, no es la causa de su valor turístico sino el reconocimiento a lo que supieron hacer sus habitantes.

Sin embargo, vale la pena agradecer y recordar con gusto la referida designación pues ha contribuido sobremanera a incrementar la afluencia y el atractivo.

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