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Domingo, 18 de Noviembre 2018

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Si truena, malo, y si no, también

Por: Paty Blue

Si truena, malo, y si no, también

Si truena, malo, y si no, también

Por mucho tiempo pensé que mi querida comadre exageraba, cuando se refería con inquina y sin mucho aprecio a su madre política que eventualmente la visitaba en nuestra ciudad, proveniente del entonces DF. La difamada señora, con quien conviví de manera cercana durante las temporadas que pasaba en nuestro terruño, me parecía una mujer recia, trabajadora, acomedida y sumamente cariñosa, particularmente con su hijo, a quien mimaba a la mínima provocación y por el menor motivo, ponderando sus virtudes y atenuando sus defectos, por el solo hecho de que su pobre “chiquito” cuarentón salía a trabajar todos los días, de Sol a foco, lo que le hacía acreedor de un compendio de atenciones, a todas luces insuficiente para gratificar su titánico esfuerzo cotidiano que, entre otras cosas, justificaba su manía de llegar aventando el saco en el primer sillón, los zapatos a la altura del segundo, la corbata sobre la mesa y pegar el grito para que le arrimaran sus pantuflas.

Era obvio que ni tantita gracia le había hecho que aquella tapatía ojona y sonriente hubiera sustraído del seno materno al más caro motivo de su afecto y, para colmo, lo hubiera hecho desplazarse para residir a casi 600 kilómetros de distancia de sus amorosas atenciones, pero nadie me quitaba de la cabeza que lo que mi comadre sentía hacia su suegra no era más que pura mala voluntad y que, a pesar de su dulzura extrema, aquella señora que a mi parecer era tan buena persona y me trataba con tanta deferencia, no había conseguido granjearse ni una pizca de estimación de aquella arpía desconsiderada, convertida en su hija postiza y madre de sus nietos.

Mi impresión al respecto, que según la comadre obedecía al hecho de que no era yo la nuera de las discordias, cambió radicalmente el día que, en una forzada ausencia de mi entonces también mejor amiga, pasé un día entero en su casa atendiendo a sus hijos y rindiéndole los honores a la anciana capitalina que con su voz tan dulce, solícita y melosa se desbordó en opiniones y señalamientos sobre cada punto de la geografía doméstica, preconizando sus cualidades y lamentando el deplorable estado en el que la señora de la casa lo mantenía. No quedó mueble, cortina, ropa ni traste a salvo del implacable juicio de la inopinada interventora, y fue entonces que asumí cuánta razón tenía la esposa de su hijo que, como dicen que sucede a los coheteros (que si truena, malo, y si no, también) ni haciendo su mejor esfuerzo podía quedar bien a los ojos de la rígida pariente que se echó encima.

Han pasado los años suficientes para que tales episodios no me anduvieran danzando en la memoria, si no fuera por los empeñosos (as) detractores de nuestro flamante presidente electo que es hora que no se cansan de dispensar, y seguir difundiendo con generosidad y poco seso, sus tirrias y repeluses hacia el señor, por lo que hace, dice que hizo y planea hacer en un ejercicio político que ni siquiera ha comenzado.

Convertidos en analistas sin argumentos ni cerebro (y perversamente colados de nuevo a mi muro de donde los había borrado), hasta el copete me tienen con sus mensajitos, memes, comparaciones y conclusiones sobre lo que se nos viene encima, en cuanto la banda presidencial se mude a lucir sobre otra panza, y los jinetes del apocalipsis partan carrera desbocada para cargarnos, directo y sin escalas, con rumbo a la inminente desgracia nacional. Si acaso aprueban tibiamente alguna medida o prevención anunciada, sabemos que el flamígero dedo señalará con bélico acento sus funestas consecuencias. Igualito que la suegra de mi comadre y el desventurado oficio del cohetero, ¡ash!

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