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Lunes, 17 de Diciembre 2018

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Religión y política

Por: Armando González Escoto

Religión y política

Religión y política

Definir al estado mexicano como un estado laico tuvo un costo desmesurado y se realizó en medio de una guerra que arruinó por completo a la nación. Entender lo que es un estado laico y actuar en consecuencia es algo que en México todavía no sucede.

Luego de 160 años deberíamos haber ya madurado en este punto, pero tal parece que hay asuntos en los que la conciencia social mexicana está atrofiada, es decir, no crece, no madura, no fructifica, es como un naranjo enano que solamente tiene tronco y follaje.

Desde luego el primer responsable de esta anomalía ha sido el gobierno para el cual el estado laico ha sido solamente una pieza manejable a tenor de sus intereses, dado que la democracia desde la esfera política es otra realidad igualmente atrofiada. El México oficial es un país donde nada es lo que parece, pero si lo que parece es lo que en realidad es, entonces realmente no somos.

En determinados sectores de la sociedad la democracia en cambio ha podido evolucionar desde un concepto de mayoriteo impositivo hasta una sociedad de igualdades y derechos para todos, dejando las decisiones de mayorías a procesos electorales y legislativos.

En las acciones de gobierno las reglas son distintas y el primitivismo una constante lo mismo en el tema de la democracia que en el del estado laico. Eso explica que motivar o desmotivar el voto blandiendo banderas religiosas siga siendo un recurso habitual.

Por otra parte, a diferencia de lo que sucedía en el pasado, cuando aún los católicos en el gobierno supieron mantener una postura neutral, son las sectas las que ahora parecieran tener el protagonismo, pues en cuanto sus representantes obtienen un cargo público lo usan para agredir a quienes creen de manera distinta y privilegiar a sus compinches. El gobierno, lo mismo del PRI que de Movimiento Ciudadano, lejos de corregir estas tendencias, las favorece ¿Cómo explicar si no, el que dependencias estatales y municipales otorguen puestos preferentemente a los miembros de una privilegiada secta y no a otros? ¿O el que funcionarios provenientes de tales grupos se dediquen a bloquear contra la ley cualquier permiso legalmente solicitado por los miembros de otra religión? A lo largo de la actual gestión estatal y municipal son muchos y muy diversos los actos de sabotaje, omisión y comisión que estas gentes, empoderadas, han cometido, revelando lo lejos que están de entender lo que significa tanto la democracia como el estado laico. Que el gobierno lo solape no es ignorancia, es corrupción.

Para calificar muchas de estas acciones existe en el español mexicano la palabra “ojete” que describe la conducta desleal de las personas, su capacidad de traicionar lo propio si lo extraño les conviene, de sentarse a comer con los enemigos de sus amigos e incluso alentarlos a seguirlo siendo, “ojete” es el traidor y el convenenciero, el que te entrega en manos de tus detractores. Los políticos de este tipo olvidan que en una sociedad plural, el estado laico es lo único que puede ponerlos a salvo de hacerse cómplices de cuantos so capa de religión atentan todos los días contra el patrimonio cultural de la nación.

armando.gon@univa.mx

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