Martes, 07 de Diciembre 2021

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Perdigón al que asoma

Por: Rosa Montero

Perdigón al que asoma

Perdigón al que asoma

Aquí al que saca la cabeza hay que atizarle, como en los juegos de patos de las ferias. Lo llevamos muy metido en la sesera

La otra noche caminaba por Madrid cuando escuché una conversación a mis espaldas. Parecían dos parejas que salían de cenar (estábamos en un barrio muy gastronómico) y uno de los hombres comentaba que en unas terrazas cercanas no recogían las sillas y las mesas cuando cerraban, sino que ponían a un vigilante. “Hay que ver, tener a un hombre ahí toda la noche como un esclavo, en vez de guardar las mesas. Y son los restaurantes de José Andrés. Luego mucho hablar, eso sí. Qué vergüenza”. Todo esto dicho con un tono tan virtuoso, tan de impecable superioridad moral y de pureza bíblica que chirrió en mis oídos.

No conozco al chef José Andrés. Ni siquiera sé a qué restaurantes se refería. Pero enseguida pensé que nos faltaban datos para juzgar a alguien de ese modo; pongamos, por ejemplo, que el vigilante es alguien que vive en la calle (en ese barrio hay varios sin techo), a quien el encargo de echar una ojeada al mobiliario proporciona un ingreso regular y la posibilidad de abandonar la acera. Por otra parte, ese sueldo quizá permita recortar media hora de extenuante trabajo en la jornada de los empleados regulares, al no necesitar recoger nada. También pensé que el alma justiciera que hizo el comentario no debe de tener mucho contacto con la gente que las está pasando canutas en nuestra sociedad, porque de hecho hay tanta necesidad que ni siquiera tienes que vivir en la calle para que la oportunidad de ganar un sueldo fijo como guardia nocturno suponga un verdadero alivio. Por último, también es posible que José Andrés no sea dueño de las malditas terrazas (¿cuántas veces afirmamos pomposa y tajantemente cosas que ignoramos?), e incluso que el famoso chef sea en efecto un tipo abominable. Pero, en serio, ¿podemos deducir algo así a la primera de cambio de un dato tan borroso sin saber qué hay debajo? ¿Sin pararnos a pensar ni a contrastar? Me estremece porque me reconozco: a veces yo también he soltado el latigazo de un juicio sin suficiente base. Qué fácilmente nos sale el linchador.

Lo único que sé de José Andrés es lo que leo en la prensa. Que creó hace años la World Central Kitchen, con la que moviliza a cocineros de todo el mundo para servir comidas a personas en situación de necesidad (solo en la pandemia ha repartido 25 millones de menús). Yo diría que hay que romperse bastante el espinazo para hacer algo así. Por todo ello ha sido nominado al Nobel de la Paz y acaban de entregarle el Princesa de Asturias de la Concordia. Y ahí le duele, me parece. Ahí estamos llegando al núcleo de la escandalizada pureza ciudadana. A la negra nuez de nuestra envidia, ese entretenido deporte nacional. Aquí al que saca la cabeza hay que atizarle, como en los juegos de patos de las antiguas ferias, esa línea de figuritas de hojalata que se iban levantando y a las que había que disparar. Lo llevamos muy metido en la sesera: perdigón al que asoma.

Y aún más, aún mucho más, si lo que se celebra en el personaje es algo positivo, algo relacionado con la bondad. Puede que haya cierta tendencia a ello en otros países, pero en España lo hemos llevado a extremos patológicos: de los buenos actos hay que burlarse, hay que dictaminar que son mentira. Para ser moderno y enrollado tienes que sostener que el bien no existe, aunque haya filósofos como Kant que hablan del imperativo moral con el que nacemos (de la tendencia natural al bien). Pero no. Menudo pánfilo ese Kant. A mí me vas a engañar, nos decimos muy ufanos, sintiéndonos la bomba de inteligentes.

Si hay alguien que parece buena persona, o lo consideramos un malo disfrazado o un imbécil. Desconfiamos y abominamos más de un Amancio Ortega por sus donaciones millonarias que de un escualo como Mario Conde que ha estado en la cárcel por sus tropelías, lo cual es cuando menos curioso. Todo esto viene de muy antiguo: no en vano hemos inventado la picaresca, un género que nos enseña a pensar siempre mal del otro. Podríamos suponer que la picaresca nació de la dureza y pobreza de nuestra vida, y sí, eso debió de influir, pero otras sociedades paupérrimas no crearon algo así, no se empeñaron tanto en vilipendiar el bien y en ensalzar a los malotes. Cómo me aburre este mezquino alarde de listillos, esta manera tan cegata, envidiosa e inculta de ignorar que el bien también existe.

©ROSA MONTERO./ EDICIONES EL PAÍS, S.L 2021

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