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Miércoles, 14 de Noviembre 2018
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Paquetes bomba: terrorismo y discurso de odio

Por: Mauricio Meschoulam

Paquetes bomba: terrorismo y discurso de odio

Paquetes bomba: terrorismo y discurso de odio

En 2017 Trump tuiteó un video en el que se podía apreciar al presidente en un escenario de lucha libre peleando contra CNN y derrotándola por la fuerza. El miércoles pasado, la misma cadena, CNN, recibió por correo un paquete bomba; uno más de una serie de paquetes similares que habían llegado a distintos destinatarios cuyo común denominador es que cada uno de ellos es un adversario político, ha mantenido disputas públicas o ha sido señalado por el presidente como traidor. ¿Se trata de terrorismo? ¿Quién está detrás de los hechos? ¿Es posible conectar un discurso que incita al odio con actos de violencia premeditada?

Un ataque terrorista no se define por la cantidad de víctimas materiales o el daño físico que ocasiona. La violencia terrorista se distingue porque en ésta los blancos son solo instrumentos para provocar conmoción o terror. El objetivo es emplear ese estado de pánico como vehículo para transmitir mensajes normalmente de carácter político, y/o ejercer presión sobre tomadores de decisiones o sectores de una sociedad. Por tanto, la medida de un atentado terrorista está en el tamaño de los efectos psicológicos y políticos generados. Es por ello que el terrorismo incluye actos en los que haya intentos o amenazas creíbles de ataques, aún si éstos no se cometen. Por tanto, el envío de estos paquetes sí es considerado terrorismo. A pesar de aún no existir reivindicación de una persona o grupo, el mensaje transmitido es claro.

Los terroristas pasan por un complejo proceso de radicalización que Moghaddam denomina la “escalera de la radicalización”, una sucesión de fases en las que, a partir de sus percepciones, concepciones e interacciones, van dando pasos hasta decidir que la violencia es necesaria para cumplir ciertas metas o hacer llegar un mensaje específico. La estrategia produce, a su vez, efectos psicológicos varios. Primero, la generación de tensión o pánico. Segundo, se pretende atraer simpatías de otros actores dentro de la misma sociedad estadounidense que ya se encuentran transitando por su propia radicalización, algo que se puede verificar con solo mirar el brutal incremento de crímenes de odio desde 2017. Y tercero, se consigue conectar con simpatizantes “blandos”: aquellos quienes no están de acuerdo con el uso de la violencia, pero quienes, en el fondo, coinciden con el mensaje político.

Es difícil saber si acaso estos ataques podrían repercutir en las elecciones de noviembre. Lo que sí sabemos es que los paquetes bomba atraen el foco mediático, orientan la discusión y en ciertas porciones de la población llevan la conversación hacia donde el perpetrador busca llevarla: hacia los extremos.

En suma, si bien es verdad que Trump condena esta violencia, el entorno producido por su discurso facilita la radicalización de personas y/o grupos. A su vez, este entorno hace que otros actores reaccionen a favor o en contra del presidente, muchas veces haciendo espejo de su conducta. En ese contexto, entre ciertos individuos específicos emerge un proceso psicológico conocido como “moral engagement”, u obligación moral, mediante el cual atacar violentamente (o amenazar) a un “traidor”, a un “alborotador”, a una “criminal” o a un medio que se dedica a “esparcir la mentira”, no solo es legítimo, sino un deber. Basta que unas pocas personas empiecen a pensar de ese modo para descomponer o contribuir en la descomposición de una serie elementos que son la base de la convivencia social, los cuales incluyen el uso de la esfera política para dirimir, de manera pacífica, los conflictos inherentes a la interacción humana.

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