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Lunes, 15 de Octubre 2018

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Orgullo

Por: Jaime García Elías

Orgullo

Orgullo

Se comprende, se explica y se justifica plenamente el orgullo (“sentimiento de satisfacción por algo que se considera de valor o mérito”, nos ilustra la Academia) de miles, quizá millones de mexicanos —y de tapatíos, más particularmente—, por los galardones que el talento de un cineasta mexicano, Guillermo del Toro, y la calidad de su película más reciente, “La Forma del Agua”, cosecharon en la edición 90 de los Oscar.

-II-

El don natural de Guillermo para el cine llamaba la atención desde su infancia y su juventud: siempre se le vio como un niño precoz en el proceso de desarrollar su vocación innata. En todas sus películas hubo siempre calidad intrínseca; en todas resplandeció la impronta inconfundible del talento que quizás en la que le mereció los dos galardones que recogió el domingo, alcanzó el nivel de obra maestra. Ya lo dirá el tiempo.

Resulta comprensible, apuntábamos líneas arriba, la reacción de los mexicanos que estuvieron la noche del domingo en “El Ángel”, en la Ciudad de México, y en “La Minerva”, en Guadalajara, para celebrar los reconocimientos de Del Toro. Si el Premio Nobel de La Paz que se concedió a Alfonso García Robles en 1982, o el de Literatura concedido a Octavio Paz en 1990, no generaron manifestaciones de júbilo tan vehementes —lo que sí ha ocurrido con los triunfos de la Selección Nacional de futbol o de algunos boxeadores en competencias de primer nivel—, la diferencia se explica porque los deportes y el cine son expresiones culturales (valga el calificativo) populares; accesibles a la generalidad de las personas. Cualquiera puede ver y disfrutar un partido de futbol o una película; no cualquiera puede leer poesía ni aquilatar la sensibilidad o el dominio del lenguaje de su autor.

-III-

El hito del que fue protagonista Guillermo del Toro da pie, en todo caso, a reparar en que en México suele haber, ciertamente, muchos más motivos para la vergüenza o las ironías sangrientas de los que querríamos. Si somos proclives a la autodenigración y la cuchufleta suicida, es, muy probablemente, porque en el fondo quisiéramos tener menos motivos o pretextos de los que con excesiva frecuencia tenemos para ser así.

A cambio de tantos episodios de corrupción, violencia, apatía, indolencia y demás lacras de la vida diaria, también hay, pues, timbres de orgullo. Si aquéllos son, lamentablemente, la regla, y éstos la excepción, convendría intentar —siguiendo el ejemplo de Guillermo— revertir las cosas…
 

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