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Lunes, 10 de Diciembre 2018

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Mujer de costumbres

Por: Paty Blue

Al llamado Buen fin le pone mala cara porque, según relata una dama cuya identidad me reservo por respeto y cortesía, se trata de una perniciosa dinámica de despilfarro que le recorta sustancialmente sus haberes por un año y, cuando finalmente consigue saldar el compromiso, ya ni siquiera se acuerda de lo que lo originó, y eso le agria los ánimos y le da motivo para despotricar con quien caiga en la desgracia de convertirse en su eventual interlocutor, durante los días previos y posteriores al evento.

Ignoro cuántos años lleve funcionando este mecanismo que atrapa más incautos que moscas en una tira engomada colgante en una carnicería, pero sé que al menos desde hace tres, a la susodicha le he oído hablar del asunto en tonos que van desde el pálido rezongo porque lo que adquirió no era lo que esperaba, hasta la maldición más encendida porque terminó asumiendo que más le habría valido no dejarse enganchar con lo que compró, sin mejor argumento que el apego que dice tener hacia una “tradición” que se le volvió costumbre.

Yo digo que el cacareado fin de semana que promueve la exaltada compradera tiene de “tradición” lo que yo tengo de usar cremas antiarrugas, pero no hay manera de hacer entender a la tenaz señora que eso de atender el reclamo comercial como si fuera una obligación anual, más bien se trata del reciente vicio que agarró, instada por la nostalgia que dice sentir por los muchos años que pasó avecindada en la Unión Americana y experimentó el mismo número de “Black Fridays” en donde los descuentos en las tiendas son tan escandalosos como las tropas de prójimos que pernoctan a las puertas de un establecimiento, con tal de ser los primeros en apropiarse de las ofertas.

Ahora, digamos que muy sus licencias y sus centavos para gastarlos en lo que a la doña le dé su real gana, pero como que la amargada prevención que difunde y el airado refunfuño que posteriormente desperdiga por estas fechas salen sobrando porque nadie, excepto esas costumbres que se le enraízan tan rápido, la obligan a sumarse a esta danza anual del crédito, débito y efectivo, con propósitos realmente beneficiosos para quienes distribuyen las mercancías y administran el dispendio colectivo.

A final de cuentas, quienes tienen el gusto de conocerla y convivir con ella, asumen que la dama en cuestión ha sido siempre una acérrima y rabiosa mujer de usanzas impertérritas y acendradas que no trastoca ni en fiestas de guardar y, además trata de imponerlas como lo más valioso de esta vida. Sea porque así se lo enseñaron, se lo impusieron, se lo recetaron o lo adquirió de sabrá Dios qué fuentes jabonosas y resbaladizas, vive ceremoniosamente atada a eso que simplemente llama hábitos, pero que quienes la conocen definirían más bien como rancias manías que datan de más de medio siglo ha, pero que con orgullo presume y saca a colación a propósito de cualquier cosa.

En este caso aplica puntualmente  lo dicho por el hoy extinto Juan Gabriel, en el sentido de que puede más la costumbre que el amor. Y como bien lo asentó mi hijo menor, que no es tan inspirado y prolífico como el “Divo de Juárez”, en el caso de la fiebre masiva que desata el Buen fin: “Primero ái andan, y luego áistán”, así que si le entran, absténgase de quejumbres y arrepentimientos postreros, porfa.

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