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Lunes, 18 de Marzo 2019

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Martha Cerda

Por: Maya Navarro de Lemus

Martha Cerda

Martha Cerda

Soy Martha Cerda. Mi nombre completo es Martha Elizabeth Cerda González. Martha por parte de madre y Elizabeth por parte de padre. Contaba mi mamá que cuando ella era soltera conoció a una niñita, a la que quiso mucho, que se llamaba Martitha. Y se dijo que cuando tuviera una hija la llamaría así. Mi mamá se llamaba Isabel y no le gustaba su nombre, pero mi papá quería que me pusieran como ella. Mi mamá no quería. Por fin negociaron y quedaron en ponerme Elizabeth. Yo nunca me he identificado con ese nombre, me parece que no soy yo, creo que las Elizabeth deben ser rubias y de ojos azules, como unas muñecas que había cuando yo era niña, que eran marca Elizabeth. Recuerdo que una monja de mi colegio me decía Elizabeth Cerda y yo no entendía a quién le hablaban.

Pero empecemos por el principio, mi padre es don Jorge Cerda Coronado y mi mamá fue Isabel González Márquez. Mi papá tiene 98 años y mi mamá este año cumple 35 de haber fallecido. Yo nací en el Hospital de la Beata Margarita, que hoy es santa, cerca del mercado de la Capilla de Jesús, uno de los barrios más tradicionales de Guadalajara; y me crié en el mero Centro de Guadalajara porque mi papá tenía su negocio en la esquina de Pedro Moreno y Degollado. Mis primeros quince años los pasé yendo y viniendo de la Avenida 16 de Septiembre a la Avenida Juárez, pasando por los portales, el Palacio de Gobierno, el templo de San Agustín, que está en Degollado esquina con la calle de Morelos, el Teatro  Degollado y, obviamente, la Catedral; así que nadie puede decir que no soy tapatía de hueso colorado.

Desde niña me inculcaron el amor a mi ciudad y a sentirme orgullosa de sus valores, conforme fui creciendo, nunca perdí ese amor y ese orgullo por Guadalajara.

Pero, ¿cómo me convertí en escritora? Desde niña me gustaba leer, empecé con las historietas de Disney, y demás caricaturas, de ahí pasé a los periódicos y revistas que había en casa: EL INFORMADOR, Selecciones, Life y cuanto cayera en mis manos. Tengo un hermano que era igual de aficionado que yo a la lectura y en unas vacaciones de verano, sentados cada uno en un sillón de la sala, leímos los 20 tomos de “El Tesoro de la Juventud”, una enciclopedia para niños y jóvenes, que contenía textos sobre Historia, Geografía, Ciencias, Arte, Filosofía, Literatura y todo lo que un niño como yo, que entonces tenía once años, quisiera saber. Ahí empecé a desear ser como aquéllos hombres y mujeres que habían muerto tantos años atrás, pero que seguían viviendo a través de sus letras y habían alcanzado la inmortalidad ¿y quién no desea ser inmortal? Ese fue el acicate que hizo surgir en mí la vocación.

Estudié parte de la primaria, la secundaria y la preparatoria, en el colegio de las Mercedarias, y tuve la suerte de tener una maestra de literatura, la madre Florencia, que me hizo enamorarme de la poesía, del teatro, de los cuentos. El colegio también tenía una biblioteca muy rica en novelas para niños y jóvenes,  yo prácticamente devoraba dos libros por semana. De esa manera, poco a poco, se fue forjando lo que hoy soy.

Muy jovencita leí las obras completas de Shakespeare, de Oscar Wilde, “La Guerra y la Paz”, la poesía de Rabindranath Tagore y otras más, en esas ediciones maravillosas de la editorial Aguilar, con hojas de papel cebolla, que conservo hasta la fecha. De ahí a escribir no fue más que un paso. Escribía en el periódico de la escuela, en cuadernos, en lo que me encontrara y estaba convencida de que cuando fuera grande sería escritora. Llegó el momento de elegir carrera, definitivamente yo quería estudiar Filosofía y Letras, pero sólo la había en la U. de G. y decían que no admitían estudiantes que vinieran de colegios particulares, así que decidí estudiar Derecho, en la Universidad Autónoma, porque pensé que era compatible con la literatura, pero yo seguía diciendo que cuando fuera grande iba a ser escritora. Terminé la carrera, me casé, tuve tres hijos y seguía diciendo que cuando fuera grande iba a ser escritora, hasta que un buen día me di cuenta de que ya era grande y me dije, ahora o nunca. Tuve excelentes maestros, como el doctor Elías Nandino, quien me dijo que la literatura no era un juego, sino una pasión y desde entonces he seguido su consejo.

Por aquel tiempo no había talleres literarios y era muy difícil encontrar quién diera orientación a los que aspirábamos a ser escritores, teníamos que invitar a talleristas de México a que vinieran a dar un taller de unos cuantos días. Y vi la necesidad de tener aquí algo permanente sin depender de la capital. Siempre he odiado el centralismo y he pensado que Guadalajara debe ser autosuficiente. Y bueno, cuando las oportunidades no existen hay que crearlas, así nació la Escuela de Escritores Sogem. Mas yo no podía fundar una escuela de escritores sin tener publicado un libro. El mismo año que empezó la escuela, publiqué mi primer libro, “Juegos de damas”, era 1988.  Mi carrera literaria ha ido a la par con mi trabajo como promotora cultural. A la fecha tengo más de treinta libros publicados, igual que los treinta años que tiene la escuela, y sigo trabajando como cuando tenía treinta años.

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