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Martes, 17 de Julio 2018

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Martha Cerda

Por: Maya Navarro de Lemus

Martha Cerda

Martha Cerda

Querida Maya:

Antes de hablar de mi nuevo libro, quiero agradecerte en mi nombre, y el de todas las mujeres a las que nos has brindado un espacio en “Mujeres que dejan huella”, tu generosidad y solidaridad. Por ti hemos podido hablar de nuestro trabajo y nuestra trayectoria. Ha sido una labor loable, espero seguir disfrutando de tu columna muchos años más. Abrazos.

Reencuentros

Es el título de mi libro que sale a la luz después de diez años de publicados los últimos: Señuelo y Oficio de vivir. Y lo espero con la misma ilusión que si fuera el primero.

Reencuentros es una antología de minificciones y microficciones con las que intento, como su título lo indica, reencontrarme con los lectores que me han conocido durante los treinta años de mi carrera, pero sobre todo, conmigo misma, creo que ese es el fin de la literatura.

Cito a Octavio Paz:

“Escribimos para ser lo que somos o para ser aquello que no somos. En uno o en otro caso, nos buscamos a nosotros mismos. Y si tenemos la suerte de encontrarnos -señal de creación- descubriremos que somos un desconocido”.

Actualmente está de moda escribir minificciones, se dice que, por su brevedad, es el género del futuro, sin embargo, yo no me he subido recientemente a esa ola. Desde que empecé a escribir he escrito textos breves.

En 1986 obtuve el Premio de Cuento Breve de la Revista El Cuento, que dirigía el querido maestro Edmundo Valadés, gran promotor de este género, por mi cuento “Relevo.”

Entonces el cuento breve era el que medía una cuartilla como máximo. Ejemplos de éstos son los de Juan José Arreola y Julio Torri. Actualmente hay cuento brevísimo, minificción, microficción, más lo que se acumule. 

Se considera microficción al texto que no pasa de media cuartilla, pero los hay de dos o tres renglones. Esto no es novedad, ahí está el célebre cuento El dinosaurio, de Augusto Monterroso. 

Como he dicho, actualmente la minificción está en boga y ha sido estudiada e investigada por diferentes especialistas, uno de los más destacados es el doctor Lauro Zavala.

En mi opinión, el género de la minificción no admite desperdicios, cada palabra forma parte de una intrincada red, que cobra sentido con el punto final.

Dejo al lector que juzgue los textos de Reencuentros. En algunos me he descubierto por primera vez. En otros me he reencontrado, después de muchos años, no sin cierto asombro. 

INVENTARIO

Mi vecino tenía un gato imaginario. Todas las mañanas lo sacaba a la calle, abría la puerta y le gritaba: “Anda, ve a hacer tus necesidades”. El gato se paseaba imaginariamente por el parque y al cabo de un rato regresaba a la casa, donde le esperaba un tazón de leche. Bebía imaginariamente el líquido, se lamía los bigotes, se relamía una mano y luego otra y se echaba a dormir en el tapete de entrada. De vez en cuando perseguía un ratón o se subía a lo alto de un árbol. Mi vecino se iba todo el día, pero cuando volvía a casa el gato ronroneaba y se le pegaba a las piernas imaginariamente. Mi vecino le acariciaba la cabeza y sonreía. El gato lo miraba con cierta ternura imaginaria y mi vecino se sentía acompañado. Me imagino que es negro (el gato), porque algunas personas se asustan cuando imaginan que lo ven pasar.
     
Una vez el gato se perdió y mi vecino estuvo una semana buscándolo; cuanto gato atropellado veía se imaginaba que era el suyo, hasta que imaginó que lo encontraba y todo volvió a ser como antes, por un tiempo, el suficiente para que mi vecino se imaginara que el gato lo había arañado. Lo castigó dejándolo sin leche. Yo me imaginaba al gato maullando de hambre. Entonces le llamé: “Minino, minino”, y me imaginé que vino corriendo a mi casa. Desde ese día mi vecino no me habla porque se imagina que yo me robé su gato.

Lecho conyugal

Territorio de amor en donde naces desnudo junto a mí, para morir los dos sin antifaces.

Reencuentros se presenta el 30 de noviembre, a las 17:30 horas, en el salón Antonio Alatorre de la FIL.

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