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Martes, 26 de Marzo 2019

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Los vagabundos

Por: Armando González Escoto

Los vagabundos

Los vagabundos

No debemos confundir vagabundos con migrantes, los migrantes van de paso, los vagabundos suelen quedarse más tiempo, a veces de por vida.

Ser vagabundo puede obedecer a dos factores, una falla de la personalidad, o una libre opción por vivir al margen de la sociedad establecida.

El vagabundo renuncia a tener una casa, posee solamente algunas cosas, las que puede cargar y cuidar viviendo en la calle. Renuncia también a la higiene propia de la ciudadanía y descubre que puede vivir sin cambiarse de ropa hasta que se le cae en pedazos. No es común vagar en familia, el vagabundo es solitario en cuanto a su estado civil, o mejor dicho, su estado civil es ser vagabundo y por ende, sin esposa ni hijos al lado. Tal vez los tuvo, en algún lugar, y por allá mismo los dejó.

Los vagabundos semejan personajes de fotos antiguas, siempre en blanco y negro, un blanco que se ennegrece y un negro que se vuelve pardo, cuando caminan parecen percheros ambulantes cargados de trapos. A veces se asocian entre ellos, y a veces también se pelean con desatada violencia. Se sientan en las banquetas y en los batientes para mirar a la gente que pasa, se acuestan en las bancas de los jardines, o sobre los jardines mismos. No sabemos qué piensan ni porque eligieron ese género de vida. La sociología dirá que son personas improductivas, quienes los tienen de vecinos consideran que además son depredadores del espacio urbano; si es uno, acaba siendo adoptado por el vecindario, si son muchos se vuelven temibles y universalmente repudiados.

Por su situación suelen aliarse a quienes trabajan en la calle, en especial los aparta lugares, cuida coches, o “viene vienes”; por las tardes se les ve fumando marihuana en las esquinas de sus territorios, inhalando tonsol, o bebiendo alcohol en directo hasta quedar tirados sobre las banquetas. Seguramente comen, pero no sabemos cómo le hacen para comprar sus alimentos, lo cierto es que se contentan con muy poco y son por ello una singular muestra de sobrevivencia.

En lo que se refiere al Centro Histórico, los barrios de San Juan de Dios, San Francisco, Belén, San José de Gracia y el parque Morelos son pródigos en vagabundos. Siendo como son personas humanas gozan de todos sus derechos y resulta complejo intentar reintegrarlos a la sociedad trabajadora sin allanar su libertad.

Pero no por eso dejamos de advertir que al crecer su número, como de hecho se ve, crean un ambiente y un escudo de protección para todo tipo de delitos, no necesariamente cometidos por ellos, pero sí bajo su espacio nebuloso. Así desaparecen las tapas de las alcantarillas, de los medidores de agua, las letras y las placas en los pedestales de los monumentos, se arruinan las bancas de los jardines, toda pared se convierte en mingitorio y todo recoveco en escusado, las tiendas sufren de constantes robos, lo mismo que los transeúntes. El Centro de la ciudad acaba siendo en estricto sentido el gran proveedor donde los vagabundos pueden sobrevivir sin trabajar y sin ser molestados, no obstante la cercanía de las instituciones que rigen a la capital y al estado.

armando.gon@univa.mx

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