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Viernes, 17 de Agosto 2018

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Las pascuas de mi infancia

Por: Paty Blue

Las pascuas de mi infancia

Las pascuas de mi infancia

Instalada plácidamente en mi modalidad de abuela remota, con frecuencia paso mis buenos ratos frente a un dispositivo electrónico para enterarme de las tropelías y dar fe de los avances de los nietos residentes en los dominios de Trump y al amparo de sus disparatadas ocurrencias. Quiero pensar que, al menos, los dos mayorcitos han asimilado ya que su abuela no es un ente plano y medio borroso que solo mueve la boca, ni está siendo justamente personificada por efectos de la mala iluminación y el devastador close up que hace que hasta la bella Araceli Arámbula parezca una plasta informe.

Confío que ambos pequeños tengan el misericordioso tino de informar a su hermano menor –quien solo me ha visto en vivo y a todo color desde su andadera– que la madre de su madre es un ser de bastante carne y hueso, que eventualmente se peina y maquilla para no verse tan feroz, que abraza, consiente y los echa a perder surtiéndoles sus antojos, y que esa señora que asoma hablándole desde el cuadrito de su pantalla es algo así como un emoji malhecho, semejante al que aparece en la credencial del INE o de la membresía de un club de precios, y que de ninguna manera puede representar dignamente a la dama que sostiene un vínculo tan amoroso con sus descendientes.

Saco a colación la escena que se ha vuelto tan común para las abuelas geográficamente distantes porque, justo en la semana que hoy concluye con la resurrección y pone fin a la insufrible ingesta de condumios de vigilia, les contaba yo a los chiquillos que me la pasé de franco asueto por la celebración de la Semana Santa. Por su cara de what?, asumí que nadie a los cinco años sabe lo que es asueto, pero más me sorprendió que ni la más remota idea tuvieran de lo que significa la santa semana (o que la confundieran con un homenaje a Batman), pero que tuvieran tan lúcido conocimiento de que la Pascua es la fiesta anual de los conejos y de buscar huevos decorados para ganarse premios.

Ya ni para qué contarles que yo, a su edad y por haber sido inscrita desde párvulos en un colegio muy católico, ya tenía la clara noción de lo que implicaba la Cuaresma, ya sabía de la abstinencia de ir al cine por más de un mes (a no ser que se tratara de ver Marcelino pan y vino o El manto sagrado), ya había comenzado a padecer el suplicio de sustituir la carne los viernes con sucedáneos tan inmundos como las habas y las tortitas de arroz. Me habría gustado ver sus caritas de pasmo si, contando efectivamente con su tiempo, paciencia y atención, les relatara que durante la también llamada Semana Mayor, en casa no se encendía el radio, ni la televisión, ni mucho menos el tocadiscos, por aquello de la penitencia y el recogimiento que ameritaba la conmemoración de la pasión y muerte del divino Redentor (más what?). Desde entonces quizá no entendí a cabalidad lo que era el pecado, pero supe de la inminencia de expiarlo por medio de la impuesta ocurrencia a interminables oficios religiosos que demandaban el sosiego extremo, compensado al terminar con una empanada tiesa y desabrida que me hizo aborrecer al género de por vida.

También les habría narrado que en las Pascuas de mi infancia no abundaban en las tiendas los roedores orejones de chocolate, no había conejos de peluche con canasta, ni huevos escondidos para cambiar por premios, ni animadas reuniones infantiles para celebrar el motivo. Acepto que soy, textualmente, una abuela remota y distante en tiempo y cultura, qué le vamos  a hacer.

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