Tal vez para mi solitario lector no sea fácil entender que debería haber un curso de cómo relacionarse y cómo coquetear, ya que vivimos en un mundo cambiante. Hace mil años, cuando alguna vez fui adolescente -aunque no lo crean, si bien no fui chico, pero puberto sí fui-, los bailes se celebraban principalmente en las casas y los dueños invitaban a quien les pegaba la gana. Por fortuna había siempre familias que hacían el favor de invitarme, pero si se piensa ahora, era terrorífico el ambiente, en cuanto que las chicas se ponían en un amplio círculo y cuando usted quería invitar a alguien a bailar, tenía que partir plaza y entrar a dicho círculo, con el riesgo de que lo mandaran a uno a freír espárragos; eso era terrible.Pero digamos que éramos un mundo bastante ingenuo en muchos sentidos y claro que las mamás de las chicas esperaban que los galanes del momento, entre los que obviamente no estaba yo, entraran a solicitar los favores de su hija y, por supuesto, los que éramos rechazados contábamos con el apoyo de nuestras propias madres, que pasaban a aborrecer a las chicas que nos dijera que no bailaba por cualquier causa, que cualquier causa significaba que ella estaba esperando que la sacara a bailar alguien mejorcito.Entonces sucedían hechos como los que les contaré, que ahora me muero de risa, pero que en su momento me importaron. En uno de los primeros bailes a los que asistí, creía que a las chicas uno tenía que hablarles de usted y mientras bailábamos, la muchacha -que era conocida, pero que no quiero ni recordar su nombre-me dijo “háblame de tú”, y por los nervios yo le entendí “háblame de ti”, y le conté mis experiencias vitales a los 15 años. Nunca volví a preguntar qué había opinado.En otra ocasión, se dio un evento que pudo haberme sucedido, pero sólo me ocurrió a medias, ya que, hace muchos años, un día iba yo manejando por una calle, digamos Américas, digamos esquina casi con Colomos, afuera de un café que se llamaba La Bohème, y me tocó pararme en el alto junto a una camioneta combi, manejada por una mujer rubia espectacular, que al voltearla a ver, sentí que me estaba platicando y haciendo gestos coquetos desde el volante, de tal modo que me asusté porque no es muy usual en la vida que me pase eso. Arrancamos y en la siguiente cuadra ella se estacionó en una licorería y yo rápido pensé que era para darme chance de ligar, entonces me estacioné también y al pararme vi que la hermosa conductora no venía haciéndome señas a mí, sino que venía coqueteando con su bebé, que estaba en una sillita en el asiento del copiloto, lo que no se veía desde mi coche. Y por tanto, me libré de uno de los ridículos más sonoros que recuerdo.@enrigue_zuloaga