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Domingo, 15 de Julio 2018

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La vida de barrio de la que los “aspiracionales”

Por: Juan Palomar

La vida de barrio de la que los “aspiracionales”

La vida de barrio de la que los “aspiracionales”

Según ciertas estadísticas la clase media jalisciense asciende a 27% de la población. De esta proporción, que asciende a millones, muchos entran a la categoría de “aspiracionales”. Algunas de las provisionales notas de esta caracterización podrían ser: reverencia del coche particular cuanto más nuevo y vistoso mejor, asistencia asidua a los centros comerciales de moda, preferente pertenencia a clubes y gimnasios de más o menos medio pelo, consumismo consuetudinario, apego a vivir en “cotos” rodeados de murallas, provistos de vecinos lo más homogéneos posibles, sometimiento a un gendarme que cuida de la puerta y a una junta de vecinos que con frecuencia recurre a la práctica medieval de exhibir los nombres de los morosos en carteles fijados en el ingreso.

Esta clase apenas si conoce la ciudad. No suele casi nunca ir al centro, a los museos, a los barrios tradicionales, a las fondas populares o las cantinas de tronío. Menos a la llevada de la Virgen de Zapopan. Los niños podrían creer que viven en algún lugar de Tejas: realizan un circuito prácticamente cerrado entre su casa, la escuela, el centro comercial y de regreso. En otras palabras, se pierden de Guadalajara. Esa clase parece aspirar a vivir en La Jolla, en las Taco Towers de San Antonio, aun, por increíble que sea, en McAllen.

Los “aspiracionales” se pierden de Guadalajara… y Guadalajara se pierde de ellos. Son dinámicos y trabajadores, ordenaditos y cumplidores. Podrían ser agentes claves para la revitalización de la ciudad… si estuvieran conscientes de ella, de sus riquezas, necesidades y alternativas. Pero, desde el fondo de los “cotos” es difícil ver todo esto. 

Por lo pronto ¿de qué se pierden los “aspiracionales” tapatíos? De asumir, gozar y padecer a una espléndida ciudad. De tener mayor contacto con su gente y sus costumbres y tradiciones. De asomarse a un mercado –pongamos el Hidalgo, del barrio de los Artesanos– y participar de una instructiva y divertida conversación, de enterarse de las novedades del vecindario, de comentar los problemas comunes y sus soluciones. De comerse una escamocha o tomar un tejuino, de considerar la fruta fresca del día. 

Se pierden de prescindir para la mayoría de las cosas del coche, y así enflacar gratis caminando por un entorno seguro. Se pierden de tener una casa satisfactoria, posiblemente con zaguán, patio y corredor, con un granado y algún guayabo, y muchas macetas. (Esto, a cambio de casitas pintiparadas con jardincitos mínimos y coches que no caben.) Se pierden de tomar las bicicletas públicas y estar en 10 minutos en el Teatro Degollado. Se pierden de la esencial educación cívica, social y cultural que la vida urbana les da a los niños, y a la gente grande.

Si los “aspiracionales” resultan tan inteligentes como algunos supondrían, ¿cuánto tiempo les tomará caer en cuenta que viven vidas radicalmente empobrecidas y que sus hábitos habitacionales, de transporte y de consumo resultan contrarios a su propio provecho y a la salud de toda la ciudad?
Los “aspiracionales”, mientras tanto, se aferran a sus islas habitacionales selladas, a sus coches atascados en embotellamientos cada vez más frecuentes, a sus centros comerciales de pacotilla, a sus clubes más o menos pretensiosos. Los barrios, mientras, prosiguen su vida diversa, divertida, azarosa, humana. Ya preparan las próximas fiestas patronales. Y un cuarto de la población ya ni siquiera sabe qué es eso. 

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