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La vida de barrio de la que los “aspiracionales”

La vida de barrio de la que los “aspiracionales”

La vida de barrio de la que los “aspiracionales”

Según ciertas estadísticas la clase media jalisciense asciende a 27% de la población. De esta proporción, que asciende a millones, muchos entran a la categoría de “aspiracionales”. Algunas de las provisionales notas de esta caracterización podrían ser: reverencia del coche particular cuanto más nuevo y vistoso mejor, asistencia asidua a los centros comerciales de moda, preferente pertenencia a clubes y gimnasios de más o menos medio pelo, consumismo consuetudinario, apego a vivir en “cotos” rodeados de murallas, provistos de vecinos lo más homogéneos posibles, sometimiento a un gendarme que cuida de la puerta y a una junta de vecinos que con frecuencia recurre a la práctica medieval de exhibir los nombres de los morosos en carteles fijados en el ingreso.

Esta clase apenas si conoce la ciudad. No suele casi nunca ir al centro, a los museos, a los barrios tradicionales, a las fondas populares o las cantinas de tronío. Menos a la llevada de la Virgen de Zapopan. Los niños podrían creer que viven en algún lugar de Tejas: realizan un circuito prácticamente cerrado entre su casa, la escuela, el centro comercial y de regreso. En otras palabras, se pierden de Guadalajara. Esa clase parece aspirar a vivir en La Jolla, en las Taco Towers de San Antonio, aun, por increíble que sea, en McAllen.

Los “aspiracionales” se pierden de Guadalajara… y Guadalajara se pierde de ellos. Son dinámicos y trabajadores, ordenaditos y cumplidores. Podrían ser agentes claves para la revitalización de la ciudad… si estuvieran conscientes de ella, de sus riquezas, necesidades y alternativas. Pero, desde el fondo de los “cotos” es difícil ver todo esto. 

Por lo pronto ¿de qué se pierden los “aspiracionales” tapatíos? De asumir, gozar y padecer a una espléndida ciudad. De tener mayor contacto con su gente y sus costumbres y tradiciones. De asomarse a un mercado –pongamos el Hidalgo, del barrio de los Artesanos– y participar de una instructiva y divertida conversación, de enterarse de las novedades del vecindario, de comentar los problemas comunes y sus soluciones. De comerse una escamocha o tomar un tejuino, de considerar la fruta fresca del día. 

Se pierden de prescindir para la mayoría de las cosas del coche, y así enflacar gratis caminando por un entorno seguro. Se pierden de tener una casa satisfactoria, posiblemente con zaguán, patio y corredor, con un granado y algún guayabo, y muchas macetas. (Esto, a cambio de casitas pintiparadas con jardincitos mínimos y coches que no caben.) Se pierden de tomar las bicicletas públicas y estar en 10 minutos en el Teatro Degollado. Se pierden de la esencial educación cívica, social y cultural que la vida urbana les da a los niños, y a la gente grande.

Si los “aspiracionales” resultan tan inteligentes como algunos supondrían, ¿cuánto tiempo les tomará caer en cuenta que viven vidas radicalmente empobrecidas y que sus hábitos habitacionales, de transporte y de consumo resultan contrarios a su propio provecho y a la salud de toda la ciudad?
Los “aspiracionales”, mientras tanto, se aferran a sus islas habitacionales selladas, a sus coches atascados en embotellamientos cada vez más frecuentes, a sus centros comerciales de pacotilla, a sus clubes más o menos pretensiosos. Los barrios, mientras, prosiguen su vida diversa, divertida, azarosa, humana. Ya preparan las próximas fiestas patronales. Y un cuarto de la población ya ni siquiera sabe qué es eso. 

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