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Martes, 14 de Agosto 2018

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La indignación ante el terror

Por: Luis Ernesto Salomón

La indignación ante el terror

La indignación ante el terror

Al saber lo sucedido en Tonalá a la joven estudiante se le endurece el gesto, y se indigna de tal forma, que alzando levemente la voz, dice: “En dónde me manifiesto”. Quería gritar un ¡ya basta! de que los jóvenes en México vivan el horror cotidiano de sortear a la muerte, que se aparece en las esquinas envuelta en bolsas, mientras los demás, atónitos e inmóviles volteamos la mirada a la autoridad en busca de una respuesta que resulta siempre insuficiente. Lo es, porque se vive rodeado del enemigo que se ha vuelto invisible, encubierto, infiltrado. Es una especie de fantasma aparecido como el espejismo de la salida fácil. Con la tentación del lucro inmediato recluta ejércitos de personas dispuestas a saltarse los límites de todo. Y de ahí comienza a esparcirse el miedo que se convierte en terror al revelarse la imagen de la violencia y la muerte esparcida por regiones y ciudades. Con el enemigo dentro la lucha es más dolorosa y produce de vez en vez espasmos que nos indignan de tal forma que queremos decir ya basta.

Sin embargo la medicina para recobrar la confianza es amarga porque implica sanear las partes infectadas por el enemigo seductor que a punta de sensaciones y placeres avanza. Todos sabemos del peligro, pero impávidos queremos que sea la autoridad y los demás quienes se encarguen del tema. El horror desemboca fácilmente en descontento ante la autoridad, que es en principio y al final, la primera responsable de la seguridad de los habitantes. Los hechos ponen a prueba a las instituciones de seguridad y justicia que son claramente insuficientes para enfrentar al enemigo encubierto que la misma sociedad ha tolerado. En momentos como este queda claro que el desafío esencial de México es mejorar sus propias instituciones para restaurar el bien preciado de la confianza. Ese que se ha disuelto en el ácido de la corrosión que produce el fluir de la sangre derramada en tantas partes, y que se ha enterrado en fosas para tratar de ocultar la vergüenza de una lucha fratricida sin sentido. En el fondo los mexicanos nos estamos matando por miles sin una causa social, política o religiosa, simplemente por el dominio criminal de los espacios. El mundo nos mira con sorpresa y observa si seremos capaces de combatir el terrible mal de tener un enemigo encubierto que nos hace matarnos los unos a los otros.

Quizá la mejor forma de rendir homenaje a quienes se han dejado la vida en esta lucha entre hermanos sea marcar un hasta aquí a la convivencia con el enemigo y replantearnos la forma de avanzar hacia el futuro. Gritar en la red virtual o en la calle es una forma de hacerse sentir, expresar las razones y los sentimientos es positivo siempre. Pero habrá que tener cuidado de no sembrar el odio como remedio. La venganza es enemiga de la justicia y odiar multiplica la violencia. Es hora de proteger a nuestros niños y jóvenes de la discordia. Ante la insuficiencia de las instituciones habrá que cerrar los espacios a la tolerancia a la delincuencia, a la infiltración y a la indiferencia que lleva potenciar la impunidad.

México clama justicia en medio del torbellino que mezcla el progreso con la degradación de las comunidades. Ante la pregunta de ¿dónde manifestarse? La respuesta está en el compromiso con cada uno para que podamos expulsar al fantasma funesto de la delincuencia que envenena a la juventud y que nos ha llevado a la lucha fratricida. La indiferencia tolerante a la infección es tarde o temprano un acto suicida.

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