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Viernes, 21 de Septiembre 2018

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La hebdomadaria calamidad de Providencia

Por: José M. Murià

La hebdomadaria calamidad de Providencia

La hebdomadaria calamidad de Providencia

Vivir en la otrora paradisíaca tierra que antaño fue ocupada por la hacienda de La Providencia tiene sus bemoles. Pero hay mucho más que lamentar, aparte de la inseguridad tan llevada y traída durante las últimas semanas. De ella no pueden presumir de exclusividad los moradores de estos parajes, pues el reparto de delincuentes por todo el Valle de Atemajac es bastante equitativo, aunque hay algunos lugares que, como sucede en todo, pueden hacer gala de mayores niveles.

De lo que sí puede enorgullecerse es de una altísima producción de decibeles en tantos antros de todas las raleas, que abren y cierran con una celeridad difícil de entender si no es uno mal pensado. 

Pero de un tiempo acá se ha convertido en habitual en dicho barrio una plaga que aparece casi cada fin de semana impidiendo el desarrollo natural de la existencia y sobre todo el ejercicio de un derecho constitucional que es la libre circulación sin más cortapisas que las necesarias para que ésta fluya de la mejor manera posible. 

Ello se presenta inopinadamente y en general sin avisos adecuados previos y sin más bases de que así se les antoja a ciertos organizadores y con la concupiscencia de la Secretaría de Vialidad, a veces, y del H. Ayuntamiento de Guadalajara, en otras ocasiones, o simplemente porque así le da la gana a un grupo de ciudadanos que se sienten superiores a los demás que, por supuesto, tal vez por su modo peculiar de entender la religión no se sienten obligados a pensar en el derecho ajeno. 

Casi cada domingo y también algunos sábados se ofrece un espectáculo que, si no fuera porque a veces hay premura de llegar al destino podría resultar sumamente divertido por lo gracioso, ridículo y hasta patético de sus participantes que salen a trotar por las calles sintiéndose émulos del checo Emil Zátopek o del noruego Paavo Nurmi. 

Se ha dado, incluso, más de una vez el caso de que a un residente se le haya impedido salir de su casa porque frente a ella se despliega una larga fila de cómicas figuras, rara vez atléticas, y con la misma gracia de un elefante bailando el Lago de los Cisnes.

Entendemos que las calles son para que la gente circule y no para que haga gala de sus miserias físicas…

Puede aceptarse y hasta aplaudirse que, una o dos veces al año, se realice una gran carrera, de manera muy bien programada y organizada, como sucede en muchas ciudades y su ciudadanía colabora gustosa y la disfruta, pero lo que sucede ahora es un verdadero abuso que, ¡ojo! ha comenzado a mover a los colonos y ya se empieza a hablar de movilizaciones que, a la brava, impidan el desarrollo de tales eventitos o eventejos… 

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