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Martes, 18 de Diciembre 2018

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La abuelita de Guadalajara

Por: Juan Palomar

La abuelita de Guadalajara

La abuelita de Guadalajara

Es uno de los personajes más entrañables que nos hacen el favor de recorrer Guadalajara. Va subida en su silla de ruedas y perdió, probablemente, la cuenta de sus años, así como puede ser que ya no se acuerde desde cuando recorre en ella extensos tramos de la ciudad. Circula empujada por otra señora de avanzada edad. Forman un convoy inolvidable.

Es ejemplar la dignidad y el señorío con el que estas personas recorren las calles y, pidiendo comedidamente ayuda, se ganan la vida. Es arduo su trabajo: hay demasiada gente mezquina. Sin duda que existirían instituciones de beneficencia que las acogerían. Ellas eligen su libertad y su independencia para procurarse el sustento. Y —¿quién lo sabrá?— hasta pueden disfrutar a ratos los tramos de los barrios por los que circulan. Por ejemplo la avenida Libertad donde a menudo puede vérselas, o en el Paseo Alcalde que progresa. Deben tener también una corte de admiradores que las socorren y que con ellas simpatizan, que aprecian el coraje y la bravura de las dos señoras.

Así, por las frágiles redes de la solidaridad y la compasión, marcha el convoy. Es una estampa ya característica del cada vez más grisáceo e inhumano medio urbano por el que se mueven. Son verdaderos personajes citadinos, son de esos individuos indispensables que le prestan genio y figura a la clara ciudad, de esas personalidades que contribuyen a darle carácter y significado a la vida cotidiana. Sin ellos, como lo fueron Polidor o Padaoda, el General Hilachas, Firulais y tantos otros, la realidad cotidiana sería aún más chata y anodina. Simplemente por eso merecen reconocimiento, respeto y consideraciones.

No faltará la buena conciencia que se irrite ante la celebración de unas “simples limosneras” que deberían de estar, según ella, recluidas en un asilo. Lejos de la vista de los habitantes que se ganan la vida en trabajos diversos, ocultas en algún rincón para que no hagan tan evidente la pobreza y la precariedad en la que tanta gente vive. Afortunadamente el convoy avanza y hace suya la frase de Tennessee Williams: “siempre confié en la caridad de los extraños”.

La doña, de la que por ahora escapa el nombre (y el de su tripulante) podría ser la abuela de tantos, la antecesora que, hace una generación o quince, sufrió penalidades y estrecheces, las soportó y transmitió la vida a sus descendientes. Quizá el convoy ya se cansó, tal vez cada día es menos soportable el esfuerzo, a lo mejor de veras ocupan la ayuda del Ayuntamiento: alguien apropiado había de preguntarles.

Por lo pronto, la doña es la abuelita de Guadalajara, la abuelita de todo mundo, mal que les pese a los pretensiosos y a los despiadados. Y tenemos a la abuela batallando, cansada, necesitada de medicinas, y no sabemos cómo sean las condiciones de su vivienda. Metáfora precisa de la vieja ciudad desastrada e injusta que hemos construido.

Pero, esperanzadamente, podemos por lo pronto pensar que el convoy de la abuela cumple sus trabajos con ánimo y por gusto. Pero habría que preguntarles. Viva la abuelita, y viva su fiel compañera de batallas.

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