Sábado, 17 de Abril 2021

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Hace un año

Por: Eugenio Ruiz Orozco

Hace un año

Hace un año

Lo recuerdo con precisión. Un grupo de entrañables amistades, entre las que se encuentran Doña Sandra López Benavides, el Padre José Rosario Ramírez, Miguel Agustín Yáñez, Francisco Padilla, Polo Rodríguez, Gabriel Gallo, Toño Macías, Pepe Jasso y su servidor, teníamos la costumbre de reunirnos cada mes para saludarnos, apapacharnos, compartir los alimentos, temas de actualidad y la buena plática. La última vez que tuvimos ocasión de hacerlo fue el 18 de marzo del año 2020. Desde esa fecha, nuestras vidas han cambiado mucho. No solo no nos hemos vuelto a reunir, sino que ahora nuestra comunicación se volvió esporádica y lejana: la sana distancia se impuso. Conservamos nuestros afectos, pero la oportunidad de reencontrarnos físicamente casi desapareció. Nuestros hábitos de limpieza hoy son distintos -nos lavamos las manos con frecuencia, usamos tapaboca, sanitizantes y geles protectores-, incluso las prácticas cotidianas son diferentes: los niños dejaron de ir a la escuela, la enseñanza dejó de ser presencial, el Zoom se ha posicionado como medio de comunicación interpersonal y los parques públicos, centros deportivos y lugares de convivencia fueron cerrados meses y se mantiene la posibilidad de que las autoridades vuelvan a ordenarlo si se incrementan los casos de la enfermedad y el riesgo de contagio.

Nunca en la historia de la humanidad se habían vivido circunstancias similares. De los registros que existen en la memoria, solo algunos eventos, como el Diluvio Universal narrado por la Biblia y las glaciaciones, comprendieron en su totalidad a nuestro planeta; incluso las epidemias, pandemias y pestes fueron limitadas geográfica y poblacionalmente. Por fortuna, la ciencia ha evolucionado enormidades y hoy día disponemos de vacunas para enfrentar, contener y, esperamos, erradicar al bicho que vino a cambiarnos. Ahora bien, las experiencias actuales nos deben dejar profundas enseñanzas: la primera y más importante, es que cobremos conciencia del valor de la vida pues, lamentablemente, en estos largos meses, todos hemos sufrido la ausencia definitiva de un ser querido, de alguien cercano o conocido. La segunda, la importancia de vivir en sociedad: al margen de valores como la solidaridad, la cooperación, la prudencia y la colaboración, difícilmente podríamos superar retos como los que enfrentamos, y tercera, reconocernos en el amor, entendido como la capacidad de aceptarnos en condiciones de igualdad, género, inteligencia, nivel educativo o condición social.

Sin embargo, debemos estar atentos: la soberbia, la rebeldía, la indiferencia y el desprecio nos pueden llevar a suponer que la crisis ha sido superada. Me explican, quienes de esto saben, que los virus son mutantes y que nuevas cepas se están desarrollando, por tanto, aceptemos que nuestra realidad cambió y, para sobrevivir, dependemos de nuestra corresponsabilidad.

Ayer se inició la primavera. La vida se recubre con los colores de la naturaleza, los aromas de la ilusión y el canto de la esperanza. La humanidad sobrevivirá como en otras épocas y,

por los siglos de los siglos, la raza humana, bendecida por Dios, continuará su marcha por los caminos de este maravilloso planeta llamado Tierra.

eugeruo@hotmail.com

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