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Viernes, 20 de Julio 2018

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Enlistados

Por: Antonio Ortuño

Enlistados

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Hace tiempo que, de manera desarticulada pero, en ocasiones, bastante violenta, se discute en el medio literario sobre lo acertado o no de hacer caso a esos listados o selecciones de autores que, cada vez con mayor frecuencia, dan a conocer algunas instituciones o empresas culturales (ferias, festivales, ministerios) y algunos particulares (reseñistas, comentaristas, editores de prensa).

Todos, me parece, hemos visto o al menos escuchado hablar sobre estos listados. Vaya: los diez (o veinte) mejores narradores menores de tal edad. Los once (o trece) mejores libros del año en curso. Los cinco (o siete) poetas más esperanzadores. Las quince (o diecinueve) escritoras que debes leer para comenzar a quitarte lo asno, etcétera. La mayor parte de las quejas hacia ese tipo de iniciativas provienen de dos frentes. Por un lado, de ciertos críticos, que consideran que las instituciones (o sus colegas de profesión) incurren en un facilismo casi mercadológico para llamar la atención, facilismo que es gemelo de la forma en que los sitios de notitas curiosas de la red ganan clics: es decir, aquel recurso tan usual de “mira cuáles son los ocho secretos de Jennifer López para mantenerse en forma” o “descubre a los doce actores más drogadictos y endeudados de Hollywood”. Porque, al ser síntesis (más o menos arbitrarias) y no análisis, las listas, por sí mismas, no permitan establecer un panorama complejo del terreno que abordan, y solamente nutren un enfoque que se queda en los nombres y rara vez toca lo esencial, es decir, las obras. Meras estrategias de difusión editorial, pues, pensadas para vender libros a los lectores comunes, sí, pero antes que a ellos a los agentes, editores, scouts y demás. Y puro comercio, dicen los puristas, con desprecio. 

El otro frente es más peliagudo, porque está formado, en su mayoría, por esos autores a los que, con justicia o no, nadie les tira un lazo 

El otro frente es más peliagudo, porque está formado, en su mayoría, por esos autores a los que, con justicia o no, nadie les tira un lazo y que no aparecen ni en el padrón electoral. Ellos argumentan (con mayores o menores pruebas, según el caso) que los listados son trucos, componendas o, ya de plano, conspiraciones, a veces bastante complejas, que implican, por ejemplo, alianzas inverosímiles entre personas que en realidad se detestan. Como el escritor es alguien que se juega el ego cada mañana, que pase esto es más o menos lógico, aunque no siempre resulte lo más razonable. 

Sin duda que los listados encierran un problema, pero éste, me parece, es de naturaleza diferente a la que se señala. Y reposa en esto: en que no importan nada o casi nada. No creo que exista un solo crítico o académico que los tome como punto de referencia ineludible. No creo que exista una sola persona que comience a leer, si no lo hacía antes, luego de toparse con un listado. Quizá despierten, sí, la curiosidad de algunos lectores y el interés de algún editor o agente (que tendrá que ser reforzado por las obras, porque si algo no existe en el medio editorial es la caridad), pero poco más. ¿Vale la pena jalarse los pelos por estos modestísimos “beneficios”?

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