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El riesgo de jugar a la escuelita con Ómicron

Por: Jonathan Lomelí

El riesgo de jugar a la escuelita con Ómicron

El riesgo de jugar a la escuelita con Ómicron

Abordado sobre la variante Ómicron, recién llegada a Jalisco, Enrique Alfaro bromeó ayer: «Ya casi soy epidemiólogo». Su tono bonachón, casi alegre, lo delata: se siente cómodo ante la pandemia que nos ha quitado tanto pero él, políticamente, le debe mucho. 

El ladrillazo que el mandatario lanzó después, cuestionado sobre el riesgo del regreso a clases, pondría con los pelos de punta a cualquier epidemiólogo: «Seguimos creyendo en la Mesa de Salud que la escuela no es un lugar de riesgo, al contrario, nos ayuda a bajar el nivel de riesgo de contagio de los niños. El crecimiento que vimos en estas vacaciones es un elemento más que refuerza esta idea».

La declaración completa suma un despropósito tras otro. Desde cuándo la Mesa de Salud se basa en creencias. Desde cuándo la escuela dota de inmunidad a los niños. Pero sobre todo agravia el argumento tramposo del final. Cuando atribuye al periodo vacacional el aumento de casos positivos del virus en niños, ignora deliberadamente que este crecimiento de contagios se dio con la llegada de Ómicron a Jalisco. 

La amenaza es seria. Según publicaciones en revistas especializadas como The Lancet, una persona infectada con Ómicron puede contagiar entre nueve y diez personas. Con Delta sólo contagia a seis o siete. Y la cepa original del SARS-CoV-2 alcanza a infectar de dos a tres personas.     

En poco menos de dos meses ya puso al mundo de cabeza. A partir de su aparición el 9 de noviembre en África, regresó el fantasma del confinamiento. El aumento de la virulencia y la disminución de las medidas sociales son consecuencia natural de la alta tasa de transmisión del virus. 

En Estados Unidos los casos se han triplicado en las últimas dos semanas para superar los 400 mil diarios, el nivel más alto registrado en la pandemia. Repito: el nivel más alto. Ante ello, varios sistemas escolares de ese país ampliaron sus vacaciones y volvieron a las clases por Internet. 

En Ontario, Canadá, cerraron todas las escuelas ante las cifras récord del virus. Doug Ford, primer ministro provincial, proyectó la saturación de hospitales «en pocas semanas» ante el «tsunami» de contagios. 

En México, una docena de estados pospusieron el regreso a clases este enero. Jalisco lo hizo, correctamente, durante dos semanas.    

El optimismo sobre la baja letalidad y gravedad de Ómicron tiene sus límites. Las tasas de muerte  y hospitalización no se han disparado. Pero un «tsunami» de contagios, según epidemiólogos de verdad, puede comprometer la capacidad hospitalaria. 

Por eso la declaración del gobernador alarma. Demuestra una comodidad riesgosa para determinar el comportamiento del virus. La certidumbre en esta pandemia, hemos aprendido, supera nuestra capacidad lógica. Puede azotar una ciudad con un crecimiento exponencial o ralentizar su propagación en semanas como ocurrió en África. El factor humano, científico y médico lidian con esa volubilidad que a Jalisco ya le costó 17 mil 632 muertos. Lo que menos necesitamos es un político que se siente epidemiólogo. 

El 14 de enero, la Mesa de Salud analizará los escenarios para Jalisco. Que las evidencias y no las creencias, que la razón técnica y no política, guíe sus decisiones. No es momento de jugar a la escuelita con Ómicron. 

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