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Sábado, 17 de Noviembre 2018

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El debate y la democracia a distancia

Por: Jorge O. Navarro

El debate y la democracia a distancia

El debate y la democracia a distancia

El domingo 13 de mayo se realizó el primer debate entre candidatos a la gubernatura de Jalisco. Son siete los contendientes y el ejercicio democrático en el que presentaron sus propuestas y se criticaron mutuamente no cambia las preferencias. Los aspirantes a la gubernatura se pueden ubicar en tres diferentes grupos a mes y medio de distancia de la elección. En el primero sólo hay una persona: Enrique Alfaro Ramírez (MC), el puntero en las encuestas. En un segundo grupo aparecen el candidato del PRI, Miguel Castro y el de Morena, Carlos Lomelí.

Después están los cuatro restantes: Miguel Ángel Martínez (PAN), Salvador Cosío (Partido Verde), Martha Araiza (Nueva Alianza) y Carlos Orozco (PRD).

Antes del debate algunas voces consideraron que el panista podía trepar al segundo grupo y conseguir más votos que el mismo Miguel Castro. Es muy improbable.

Dos preguntas afloran, tenaces, después del encuentro: ¿Quién ganó el debate? y ¿para qué sirve?

Desde este espacio me declaro férreo defensor de esta discusión democrática. Si en México llevamos años admitiendo que nuestras elecciones están en proceso de maduración, una muestra de que avanzamos -aunque lentamente- son nuestros debates oficiales. Empiezo pues por ensayar una respuesta para el segundo cuestionamiento.

El debate es útil. Para muchos puede parecer inservible, pero le permite a los electores conocer a los candidatos. Sí, ya bien entrado el siglo XXI, sofocados como estamos por la preeminencia del internet, las redes sociales y la comunicación hiperveloz, no conocemos a quienes gobiernan y a quienes aspiran a gobernar. Para la mayoría de los ciudadanos el candidato está limitado a ser una imagen en un volante o en un espectacular, un fotograma, el personaje de un meme, un actor (o actriz) en un spot. Nada más.

Es uno de los efectos advertidos por Giovanni Sartori en “Homo videns”, la sociedad teledirigida.

Aunque el equipo de asesores dicte una estrategia, controle y limite a los candidatos, éstos revelan una parte de sí mismos en el debate: su personalidad, su conocimiento (o ignorancia), su habilidad para improvisar, su gesticulación y comunicación no verbal. Encima, quedan expuestos a los ataques y denuncias.

¿El debate en sí mismo determinará el resultado de la elección? La respuesta es un tajante no. Tendría que ocurrir algo extraordinario; un yerro garrafal, una declaración reveladora, una acusación sorpresiva e inesperada. En procesos electorales tan controlados como los actuales, eso no ocurre. Lo más seguro es que el votante no cambiará su intención. Antes, al contrario, buscará las razones para justificar lo que decidió tiempo atrás.

El debate se convierte entonces, por decir lo menos, en una prueba práctica para candidatos. En el extremo caso de que un favorito se equivoque tan tajantemente que sea exhibido y pierda su ventaja en uno de estos eventos, queda probado que no hubiera estado preparado para los rigores del ejercicio de Gobierno.

Las líneas se agotan. Cierto: ¿quién ganó el debate?

Alfaro se sostuvo. Lomelí está sujeto a una intensa crítica. Castro mantendrá el esfuerzo.

El resto esperarán el próximo debate. Así las cosas. 

(jonas@informador.com.mx / @jonaspalestra)
 

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