Sábado, 04 de Abril 2020
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El coronavirus en primera persona

Por: José Ignacio Rasso

En este encierro y en estas horas que se parecen una a la otra sin tener claramente rasgos distintos, las manecillas cambian conforme los síntomas desaparecen y el día y la noche marcan los horarios en los que debes tomarte la siguiente medicina. 

No me puedo quejar, lo mío es muy poca cosa comparado con lo que otros están viviendo, lo mío no es nada; lo difícil fue el primer momento en donde te dicen que eres un caso positivo a COVID-19; en ese momento imaginas lo peor, pasan por tu mente todos los mensajes, las noticias, las imágenes... a pesar de saber que estás estadísticamente dentro de los pacientes sanos y con altas probabilidades de salir bien de esta enfermedad. 

De todas formas, te preocupas por haber podido contagiar a tus hijas, a tu esposa o a más personas antes de saber que estabas contagiado; sobre todo, de haber podido contagiar a una persona dentro de la población vulnerable. 

Los hechos fueron así. Regresé de España el 4 de marzo (cabe señalar que en ese momento la OMS todavía no declaraba la pandemia del COVID-19) y, aunque en España estaban en estado de alerta, todo transcurría de forma relativamente normal: la liga de futbol se mantenía operando, las personas trabajaban de forma regular y los turistas caminábamos sin ninguna restricción. “Antes de bajar del avión a todos los pasajeros nos tomaron la temperatura con una pistola de mano, no salí sospechoso y seguí caminando”. 

Los siguientes dos días a mi llegada a México hice mi vida normal, fui al gimnasio, trabajé, etc. Ese mismo fin de semana empecé con síntomas (cuerpo cortado, dolor leve de articulaciones, malestar general, dolor de cabeza y ligero sudor en la noche). 

El lunes fui al doctor y después de revisarme la garganta, la respiración y demás protocolo de una consulta normal, me comentó que se trataba de alguna gripa, que tomara ibuprofeno y otro medicamento para ayudar a los pulmones, pero que descartaba que fuera coronavirus, que dejara de hacer ejercicio, pero que por lo demás estaba bien. 

Tres días después seguí con algunos síntomas y fue cuando decidí ir al Instituto Nacional de Enfermedades Respiratorias (INER) a hacerme la prueba. Al llegar ahí sientes que te estás contagiando de algo, todo mundo tose, no hay distancia entre unos y otros, no hay orden… no parecía un lugar cuidado y organizado, mucho menos preparado para la ya confirmada pandemia. 

Un policía me dio un tapabocas, me hizo escribir mi nombre en una lista con la misma pluma que usaban todas las personas que arribaban al lugar, me puse gel antibacterial y esperé mi turno. 

Cuando me llamaron me recibió un doctor que me preguntó generalidades acerca de mis síntomas y sobre todo quería saber si había viajado a alguno de los países de riesgo; fue ahí cuando me comentó que cumplía con los factores de riesgo y era considerado Prioridad III. 

Después me hizo saber que, dado que estaban las salas saturadas (dos salas) por otros sospechosos, me tenían que mandar al Instituto Nacional de Nutrición. Pasé a dos ventanillas y me dieron mi pase de salida. Volví a firmar con la misma pluma mi salida. Al salir, antes de irme hacia Nutrición, había un reportero y su camarógrafo entrevistando a alguien donde alcancé a escuchar: “no, no estamos preparados”, hice caso omiso y me fui a hacer la prueba. 

Llegué a Nutrición y después de anunciarme me dijeron que esperara. Me pasaron a una sala pequeña y aislada para hacerme otras preguntas en lo que me pasaban a tomarme la prueba. Estuve esperando alrededor de dos horas. Me realizaron la prueba y me dijeron que esperara afuera de la sala a que llegara el doctor, que tuviéramos paciencia porque solo había un médico y estaba muy ocupado. 

Después de más o menos una hora llegó la doctora, me hizo más preguntas para llenar un expediente en la computadora, me preguntaron con quién vivía, mi número de teléfono para darme los resultados y otras preguntas para conformar el expediente. Me dijeron que me avisaban entre cuatro y cinco horas. Salí de estar con la doctora y me dijeron que fuera a pagar. 

Para pagar pasé por la sala de espera donde hay pacientes vulnerables y visitantes de Nutrición sin ninguna guía ni cuidado especial, me dieron un papel para ir a pagar en caja, pagué los $188 pesos y regresé a dar el pase de salida. 

Luego traté de entrar por la puerta que estaba junto a la ventanilla donde me darían mi pase de salida, pero se me negó el acceso, tenía que dar nuevamente toda la vuelta y volver a pasar por la zona de pacientes vulnerables en espera y visitantes. Me dieron mi pase de salida, pasé con una policía para entregarlo (ella sin tapabocas, gel antibacterial, ni nada), me hizo firmar con una pluma que todo visitante usa y me fui. 

Pero antes de salir del hospital en recepción pregunté si me iban a marcar o qué hacer, a lo que la señorita de recepción me contestó: ¿No le dieron una extensión para llamar? Nosotros no sabemos nada. Me fui. 

Al pasar las cinco horas que me habían dicho nadie me marcó, hablé a Nutrición y nadie me supo dar la extensión para pedir resultados, alguien me comentó que quizás si nadie me marcaba era porque estaba sano; no me quedé conforme con esa respuesta, necesitaba saber si estaba sano, si podía contagiar, ¡quería saber el resultado! 

Así se fue la noche, nadie marcó, fue hasta el siguiente día que yo volví a marcar y después de tres intentos donde nadie sabía darme respuesta y donde me dijeron que ellos marcarían, tomé la decisión de inventar que tenía una llamada perdida del Instituto y que probablemente era para darme los resultados, fue entonces que convencí a la persona que estaba del otro lado de la línea y me pasó a la extensión correcta. 

No recuerdo bien si contestaron como Infectología o Epidemiología, el caso es que les comenté que me habían marcado, me preguntaron mi nombre, lo di, y se alcanzaba a oír el paso de las hojas hasta que me dijeron: “sí, aquí tengo su resultado y es positivo”. Volví a preguntar para estar seguro y me lo reconfirmaron. Me preguntaron si me sentía mal; conteste que no, que sentía síntomas, pero no graves, me dijeron que me quedara en casa aislado, colgaron. 

¿Qué hubiera pasado si no hablo y no busco la forma de encontrar mis resultados? ¿Seguiría contagiando? ¿No están interesados en saber si ya contagié a otros? 

Al saber el resultado tomé cuatro acciones que se me hicieron las correctas: ver qué hacer con mi familia, avisar a la escuela de mis hijas, porque esa semana habían estado en contacto conmigo y habían asistido a clases, avisar al gimnasio y hablarle a mi doctor. 

Fui “trending topic” en los chats de la escuela y no necesariamente lo digo como algo bueno, pues las personas a veces estamos acostumbrados a señalar y a buscar culpables; se cerró la escuela una semana antes de lo que dijo la SEP, se cerró el gimnasio al que asistía... y todo por haber avisado. No me arrepiento. 

Fue hasta el 20 de marzo que se comunicaron conmigo, después de 7 días de haberme confirmado positivo de COVID-19.

Vale la pena aclarar que no tenía ni tengo queja con las enfermeras, personal de los hospitales, ni con los doctores, todos me atendieron de buena forma y amables; me parece que el problema es estructural: falta de organización, de preparación y de cantidad de personal. No se habían tomado las medidas para, de forma ordenada, atender esta emergencia. Espero que esto haya cambiado. 

Cada día sigo las “mañaneras” y el reporte de las 7:00 p.m. y cuando escucho “estamos preparados”, “le estamos dando seguimiento a todos los casos”, “hacemos una investigación de contagios en cada caso”, lo único que pienso es: será con los otros casos, porque conmigo no. 

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